Parte 8 de 8
En Madrid Javier había llegado a esa frase final de los papeles que le dejara el resero y tuvo la misma duda que Julián, ¿hasta qué punto mantener la historia como esta no era alterarla?
En eso estaba cuando escucho ruidos en la puerta por la que aparecía el resero. Esta se entreabrió un poco, pero no llego a hacerlo del todo. Un fuerte griterío se oyó del otro lado, como de gente peleando y dando órdenes desesperadas…en Ingles, entonces la puerta se cerró apuradamente y la tranca se volvió a oír. Obviamente, quien había querido abrirla desistió de hacerlo. ¿Qué estaría pasando ahora?
Estaba pensando en ello cuando escucho como piedras que golpeaban la puerta ¿Cómo podía ser eso? Una puerta cerrada está cerrada para todo.
Con curiosidad se acerco a la misma y la empujo, estaba hinchada, como se había quejado el resero en su primer visita, por lo que empujo con más fuerza y cedió. Con gran sorpresa, descubrió que, en el apuro, la habían cerrado mal y el pasador había sido corrido pero no había entrado en el hueco del marco, por lo que no trababa nada.
Pasar a través de ella fue una tentación que nadie podría haber resistido, menos él.
Lo que vio lo dejo maravillado, allí, frente a él, la inmensidad del rio de La Plata serbia de telón a intensos combates, y los casacas rojas estaban en innegable retirada!!!
De pronto sintió que le empujaban violentamente y un fuerte dolor le invadió el cuerpo partiendo desde el hombro derecho. Luego el cielo se le nublo y la conciencia lo abandono.
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La mañana de aquel 12 de Agosto amaneció con brisa del este, que no incomodaba pero mantenía la humedad del rio a nivel de suelo.
El campo brillaba con el resplandor del sol sobre las gotas de rocio y de los mosquetes vomitando fuego y muerte. El combate había empezado temprano.
En el convento la alarma cundió e, inmediatamente, comenzaron los preparativos para atender a los heridos.
Salieron a la calle junto con los frailes y las monjas voluntarias, con los elementos de ayuda que contaban para brindar auxilio a quienes lo necesitaran.
Sin darse cuenta se fueron desplazando hacia el bajo, hacia la parte de atrás de fuerte, y de pronto lo vieron, ahí estaba Alonso dirigiendo una carga de infantería contra un puesto Ingles que cedió a poco de combatir.
O sea, que al final si estaban interviniendo en la historia, no se sabía cuán importante era la intervención, pero si la estaban haciendo. Un cruce de miradas entre Julián y Amelia fue suficiente para plantear esto. Los dos sabían de qué se hablaba.
La reunión no pudo durar mucho, las balas zumbaban alrededor y no era seguro permanecer ahí.
Fue cuando se disponían a marcharse que lo vieron. El hombre abrió la puerta mal cerrada y se quedo parado junto a ella, con los ojos abiertos contemplando asombrado lo que veía, aparentemente ignorante del peligro que corría. Y, de pronto, lo vieron caer, alcanzado por un proyectil.
Amelia, que lo había reconocido no pudo menos que dejar escapar un grito de espanto. Julián y Alonso la miraron extrañados.
Al aparecer en los pasillos del ministerio el revuelo era general
De pronto Javier, que volvía en si del atontamiento producido por el golpe, abrió los ojos, dolorido, y aturdido de escuchar los lamentos de Angustias, a la que reconoció inmediatamente