Mira había logrado lo que parecía un milagro: dominar el latín en una sola mañana. Se ponía tan sumamente orgullosa de su hazaña que, desde ese momento, solo le apetecía responder utilizando vocablos de aquella lengua clásica, cuyos sonidos le resultaban exquisitamente embriagadores.
—¿No es maravilloso poder comunicarse en una lengua distinta? —le preguntó a Bryana durante uno de sus descansos matutinos.
—Lo es... supongo.
—¿Cuántos idiomas hablas tú?
—Demasiados, si tenemos en cuenta lo poco que llego a usarlos —respondió Bryana, esquivando dar más detalles.
Su profesora dominaba el arte de la palabra a la perfección, aunque no se prodigaba demasiado fuera de las lecciones programadas. Al menos, no con Mira. Se notaba a la legua que la muchacha era prudente y tal vez algo tímida; dos adjetivos que, desde luego, no encajaban en absoluto con Antía ni con el palpable resentimiento que esta le profesaba. Mira se moría por indagar en ese pasado compartido, pero nunca encontraba el momento idóneo, o quizás le faltaban las palabras exactas para sacar el tema.
—¿Qué ocurre? —inquirió Bryana al percatarse de que su alumna la observaba embelesada, sin siquiera pestañear.
—Nada... Lo... lo siento —se disculpó Mira, sintiendo cómo el rubor comenzaba a teñir sus mejillas.
—¿Estás cansada? ¿Necesitas que hagamos otra pausa?
—¡Qué va, para nada! Estoy muy bien.
Mira estuvo a punto de soltarlo, de escupir la duda que tanto la corroía por dentro, pero acabó reculando por puro instinto. Así que decidió improvisar sobre la marcha:
—Me preguntaba si podríamos empezar ya con el tema de Merlín. Debo entregar un trabajo para la profesora Birdwishtle y me gustaría mantener mi media. Me puso un nueve en el anterior.
—¿En serio? —Bryana arrugó el entrecejo, extrañada—. Curioso. Es bastante llamativo que tu única buena calificación sea precisamente en la clase de Mitos y Leyendas. Si por algo se caracteriza mi tía, es por ser implacable con sus alumnos.
—¿En serio? —repitió Mira, abriendo los ojos como platos.
Supuso que aquello era una excelente noticia: por fin destacaba en algo. Sin embargo, los pensamientos de Bryana iban por un camino muy distinto al de los logros académicos de su alumna. Por primera vez, estaba segura de que su tía flaqueaba en su imparcialidad; se estaba dejando llevar por motivaciones ajenas a la pura profesionalidad, algo totalmente opuesto a los estrictos principios que siempre había promulgado.
—Abre el manual de mitos por la página noventa y dos —ordenó Bryana, recuperando su tono formal antes de iniciar la explicación—. Debes tener en cuenta que, ante todo, hablar de Merlín es hablar del arquetipo de hechicero en su estado más puro. El registro escrito más antiguo sobre él data del año 1136, en el mismo libro que vais a estudiar: Historia Regum Britanniae. Desde entonces, han surgido cientos de versiones, pero solo la que recoge ese texto se considera auténtica.
—¿Auténtica? —preguntó Mira, asombrada—. ¿Auténtica de verdad?
—Sí, Mira. Auténtica en el sentido de que es real, verdadera.
—Pero eso no puede ser... Merlín es un personaje de ficción.
—¿En qué te basas para asegurar eso? Porque yo me baso en los libros de texto para afirmarte que existió. Fue tan real como tú o como yo.
—Es lo que siempre he oído... Lo estudiamos en Literatura —se excusó Mira, encogiéndose bajo la severa mirada de su compañera—. Quiero decir, estudiamos al autor, y la obra estaba catalogada como una novela de fantasía.
—Eso es lo que el mundo exterior quiere que creas. Pero en FareWell no enseñamos lo políticamente correcto, sino la cruda realidad.
—¿Con «ellos» te refieres a los mundanos?
Mira pronunció la última palabra con cautela, temerosa de la reacción de Bryana, ya que Antía siempre se ponía a la defensiva cuando salían a relucir esos temas. Sin embargo, su profesora se limitó a asentir.
—Es increíble... Siempre me ha fascinado la historia de Merlín. Bueno, su vida, quiero decir. Continúa, Bryana.
—Merlín heredó sus poderes de su padre, a quien en aquella época consideraban un demonio —explicó la joven, con un repentino deje de amargura en la voz—. Pero no era cierto. Los demonios no existen, al menos no como los pintan; la realidad es que era un mago extremadamente oscuro. A pesar de ello, Merlín eligió la senda de la luz y usó su poder para el bien.
Mira la escuchaba con la boca abierta. Jamás habría imaginado que recibiría una clase sobre auténtica magia. Cada día se sentía más dichosa de estar en la Academia y más agradecida con el destino por haber cruzado a sus padres con una institución tan asombrosa. Aunque, pensándolo bien, sería mejor no darles demasiados detalles a sus progenitores sobre el plan de estudios o la programación; si se enteraban de lo que de verdad se cocía allí, les daría un síncope y la sacarían ipso facto, lamentándose eternamente por semejante equivocación.
—Merlín me parece alguien increíblemente fuerte por haber sido capaz de renunciar a los instintos de su padre. ¿No crees?
El rostro de Bryana había cambiado por completo desde que empezó a hablar del mítico mago. Algo en su mirada delataba una profunda incomodidad, y Mira no estaba segura de si había metido la pata. Intentando reconducir la conversación a toda costa —y tal vez arrastrarla hacia el terreno que a ella le interesaba—, probó suerte con otra pregunta:
—¿Es verdad que Merlín encerró a su propio padre en una prisión construida con sus manos?
—Más o menos —respondió Bryana, haciendo un esfuerzo visible por salir de su ensimismamiento—. El brujo era demasiado poderoso y solo su propio heredero tenía la fuerza para contenerlo. Y la prisión, como imaginarás, no era una celda cualquiera.
—¿Podía cambiar de forma?
—Era un cambiador, sí. Así se conoce a los magos capaces de mutar su aspecto.
Mira, tan aplicada y maravillada como de costumbre, devoraba cada nuevo concepto y lo anotaba de inmediato en su cuaderno. Bryana, por su parte, contemplaba con silenciosa sorpresa el enorme entusiasmo de su alumna.