Mira Luna y la Academia Farewell

CAPITULO 13

Antía había pasado toda la mañana confinada en las cuatro paredes de su habitación. Quedarse en la Academia durante las vacaciones estaba resultando un auténtico fiasco, pero no le habían dado otra opción. Le tocó obedecer sin rechistar y resignarse ante el sopor que se le venía encima. Sin embargo, que no se quejara en voz alta no significaba que no se asfixiara por el encierro; el cautiverio era algo que detestaba con todas sus fuerzas.

Se levantó de la cama, buscando el consuelo de los rayos de sol que se filtraban por el ventanal. Aquel calor era de las pocas cosas capaces de reconfortarla y relajarla a partes iguales. Se sentó en el alféizar, apoyando la cabeza contra el cristal templado, dejando que el sol le entibiara el cabello.

Fue entonces cuando las vio.

Mira Luna y la estúpida de la Spinster cruzaban los jardines exteriores de la escuela, directas hacia la zona prohibida.

—Pero qué coño hacéis… —murmuró Antía para sí misma, entrecerrando los ojos. ¿Por qué demonios su compañera se metía en semejante lío?

De pronto, se le encogió el estómago al fijarse en su destino: se dirigían hacia el hogar de los Spinster. Antía conocía bien esa casa, aunque hacía años que no ponía un pie allí. Sabía cómo se las gastaba Bryana; su hogar era un santuario infranqueable, una suerte de centro de operaciones familiar donde no se invitaba a cualquiera. Que Mira Luna estuviera allí significaba que era especial. No cabía duda. Lo que se le escapaba a Antía era el porqué. Para ella, Mira era la definición de lo corriente; una chica tan rezagada que hasta había necesitado un tutor particular. Estaba segura de que, si ella misma hubiese mostrado la mitad de esa incompetencia, la habrían pataleado de la Academia sin miramientos.

Un pellizco agudo le atenazó las entrañas. No era solo desconcierto. Era algo más ácido, algo que nacía del estómago y le subía por la garganta. ¿Celos, tal vez? Celos por lo que un día fue su vida y que ahora sabía que no volvería jamás.

En casa de los Spinster, Mira abrió los ojos lentamente. La luz del día la cegó por un instante, borrosa, antes de enfocar el rostro preocupado de Bryana, que la observaba desde arriba. Su mente estaba en blanco; no recordaba nada ni reconocía las paredes que la rodeaban. El pánico tardó un segundo en instalarse, justo cuando el rostro de su compañera cobró nitidez.

—¿Qué… qué ha pasado? —consiguió articular, con la voz pastosa y aturdida.

—¿Estás bien, Mira? Te desmayaste en la cocina. Mi hermano te subió en brazos hasta aquí.

—¿Tu hermano?

Bryana asintió con naturalidad. Instintivamente, Mira se llevó las manos a las mejillas. Las notó ardiendo, un calor abrasador que agradeció en el fondo, ya que serviría para camuflar el vuelco que le dio el corazón. ¿El hermano de Bryana la había cargado como a una princesa de cuento? Esperaba con todas sus fuerzas que hubiese sido Bemus, su Maestre.

—Te presenté a mi madre y caíste redonda —continuó Bryana, buscando sus ojos—. ¿Qué ha ocurrido?

Entonces, las piezas encajaron. Recordó la extraña alucinación en la cocina: imágenes imposibles que desafiaban la lógica, una oleada de calor súbito y, luego, la oscuridad. Explicar aquello con palabras la habría hecho sonar demente, así que optó por encogerse de hombros y esbozar una sonrisa apaciguadora.

—Estoy bien, no te preocupes. Supongo que ha sido por no haber cenado ni desayunado…

—Iré a avisar a mi madre de que estás mejor, se ha quedado preocupadísima. Luego bajaremos a comer algo, lo necesitas.

Bryana salió de la habitación, dejando a Mira a solas con su confusión. Se incorporó en la cama, maravillada por el entorno. El cuarto de su amiga superaba cualquier expectativa: era el refugio de una princesa. La estancia desprendía un romanticismo refinado, coronado por una imponente cama con dosel de seda, decorado con cintas y lazos rosa pastel. Cada mueble parecía rescatado de un cuento de hadas.

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Al deslizar la mirada hacia el escritorio, algo captó su atención: una bola de cristal coronada por una rana dorada con una minúscula corona. El objeto ejercía una atracción magnética sobre ella. Dejándose llevar por el impulso, Mira se levantó y se acercó. Justo cuando la yema de sus dedos estaba a milímetros del metal, una voz profunda la sobresaltó, haciéndole perder el equilibrio.

—Cuidado. No querrás volver a caerte.

Unos brazos firmes la sostuvieron por la cintura. Era Bemus. El contacto provocó que Mira se encendiera como una bombilla; sintió el calor agolpándose en las orejas y el pulso desbocado contra el pecho. Desesperada por ocultar su reacción, se apartó con rapidez, rezando para que la distancia disimulara el rubor de su rostro.

—Gracias —atinó a decir—. Otra vez.

—No hay de qué.

A corta distancia, Bemus Spinster resultaba abrumador. En la Academia era un mito viviente, una figura distante a la que las alumnas idolatraban en secreto por los pasillos. Mira se había contagiado de esa fascinación casi sin darse cuenta, y ahora lo tenía ahí mismo, envuelta en su perfume embriagador y en esa imponente aura que desprendía. Él la observaba con una curiosidad idéntica a la de ella. Mira no podía apartar los ojos de sus labios perfectos, del brillo de su piel y de unas pupilas azules como el océano. ¿Estaré loca por él?, se preguntó, aterrada. Esperaba que no; colgarse de alguien tan inaccesible era una soberana estupidez.

Por suerte, Bryana y su madre cruzaron el umbral en el momento justo en que el ambiente amenazaba con volverse insoportable. Al ver a la mujer, Mira parpadeó varias veces, obligándose a asegurarse de que sus ojos no volvían a engañarla.

—No puede ser… —susurró, estupefacta.

—Hola, Mira Luna —saludó la madre de Bryana con una sonrisa cálida—. Me alegra ver que te has recuperado. Nos diste un buen susto.




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