El aroma de Bemus Spinster todavía embriagaba los sentidos de Mira. Para ella, el recuerdo de haber yacido en sus brazos, como si formara parte de una antigua novela de caballería, se había convertido en el instante más feliz de los últimos ¿días? ¿meses? ¿años?... ni siquiera alcanzaba a calcularlo. En realidad, Mira ni siquiera había estado consciente del todo, pero su mente recreaba la escena con tal lujo de detalles que se descubrió soñando despierta. Al menos hasta que Bryana se plantó frente a ella, agitando una mano ante sus ojos.
—Creía que habías vuelto a perder el sentido... —se excusó Bryana cuando Mira, sorprendida, fijó la mirada en ella—. Tenías los ojos en blanco.
—Discúlpame. Me suele pasar cuando me quedo ensimismada.
Su compañera no quiso indagar más. No eran amigas y sentía que no tenía derecho a inmiscuirse en sus intimidades. Así que se limitó a esbozar una leve sonrisa y a sentarse a su lado.
—Mi madre piensa que sería buena idea dar un paseo para que te despejes —comentó Bryana (aunque, en realidad, la había arrastrado casi a la fuerza)—. Creo que hay un lugar que te encantará ver.
Bryana experimentaba una necesidad constante de buscar la soledad, de alejarse de los bulliciosos pasillos de FareWell y de su numerosa familia; necesitaba tiempo para habitar su propia mente y dar rienda suelta a su inagotable imaginación. Por eso, en una de sus obligadas escapadas, se había topado con el paisaje más hermoso que jamás hubiera visto.
Al principio, al seguir el sendero que serpenteaba detrás de la casa, la vegetación parecía de lo más común: nada fuera de lo ordinario ni digno de mención. Sin embargo, a medida que te adentrabas en la espesura del bosque por el desvío correcto, la magia comenzaba a manifestarse.
Bryana siempre había vivido en perfecta sintonía con la naturaleza; experimentaba una conexión especial, como si extrajera de la tierra una fuerza y un poder que otros eran incapaces de percibir. Su rincón predilecto se ocultaba entre los árboles y matorrales más corrientes, esos en los que nadie repararía. Mira jamás habría imaginado encontrar un edén semejante. Seguía los pasos de su compañera arropada por la paz del silencio y el penetrante aroma a verde. Pero cuando coronaron un gigantesco y viejo cerro, sus ojos se abrieron de par en par, incapaces de asimilar tanta belleza de golpe.
El verde del musgo y el festival de tonos rojos y amarillos de las hojas caídas daban vida a un escenario de fantasía incomparable. Para Mira, una devota de la magia y lo fantástico, aquel era el rincón perfecto en el que pasar una vida entera. Ahora comprendía perfectamente por qué Bryana buscaba refugio allí; resultaba imposible no hacerlo.
El bosque se extendía hasta el borde mismo de una pequeña cascada a la que Mira se asomó, maravillada, solo para descubrir una panorámica aún más espectacular: a sus pies, un lago de aguas cristalinas custodiaba un majestuoso árbol plantado justo en su centro.
—Esto es...
—¿Te ha dejado sin palabras, verdad? —le preguntó su compañera.
—Incluso sin respiración, diría yo.
Mira decidió en una fracción de segundo que habría dado lo que fuera por quedarse en ese lugar para siempre.
—Es, sencillamente, maravilloso. Transmite una paz infinita.
—Ahora entenderás por qué me gusta tanto venir. Es mi jardín secreto —explicó Bryana.
—¿Secreto? ¿Es que no lo conoce nadie más?
La joven negó con la cabeza en silencio.
—Pues te agradezco muchísimo que lo hayas compartido conmigo. Gracias.
Mira continuó explorando cada rincón con la mirada, intentando fotografiar mentalmente hasta el más mínimo detalle para guardarlo con celo en su memoria. No muy lejos de donde se encontraban, distinguió una pared de piedra que exhibía lo que parecían grabados hechos a mano. Se aproximó, como si la roca ejerciera una atracción magnética irresistible sobre ella. Deslizó los dedos con una delicadeza extrema sobre los relieves de la superficie, temiendo que el más leve roce pudiera borrarlos.
—¿Qué es? —quiso saber.
Bryana, que se había acercado sigilosamente, le habló justo a su espalda:
—Oweynagat. Según cuentan las leyendas, muchas criaturas destructivas emergieron de las entrañas de la tierra a través de este umbral. Para evitar que volviera a ocurrir, la puerta fue sellada con una poderosa... magia.
Bryana captó el brillo que encendió los ojos de Mira al oír la palabra «magia». Si de ella hubiera dependido, habría asegurado que su pupila ya estaba lista para conocer toda la verdad; sin embargo, esa decisión le correspondía a su tía. Aun así, el tiempo que compartían a solas resultaría crucial para el veredicto final.
—Es increíble... —murmuró Mira, debatiéndose entre el asombro y la emoción—. No puedo creer que esté aquí. En realidad, me cuesta asimilar todo lo que me está pasando en los últimos meses.
—¿Y eso es algo bueno? —indagó su compañera.
—Es maravilloso —Mira se apartó de la puerta y, por primera vez, se sentó en una roca cercana donde Bryana la esperaba—. No sabría cómo explicarlo, pero siento que por fin estoy en casa. Y esa es una sensación completamente nueva para mí.
—¿No eras feliz antes?
A Mira la tomó por sorpresa no ser capaz de responder con presteza. Se percató de que nadie se lo había preguntado jamás y ni siquiera ella lo tenía claro. ¿Había sido feliz? Era innegable que sus necesidades básicas siempre habían estado cubiertas, pero ¿bastaba eso para afirmarlo?
Siempre había sido una muchacha solitaria, con gustos considerados extravagantes en un vecindario tradicional que no tardó en colgarle la etiqueta de "niña rarita". Nunca le habían pasado desapercibidos los murmullos maliciosos que la escoltaban al pasar. ¿Andar con la cabeza en las nubes y sumergida en libros de mitos? Para su madre, todo eso no habrían sido más que sandeces, una pérdida de tiempo absurda sobre la que era mejor callar si no se quería pasar por loca. Su progenitora tampoco había hecho gran cosa por ayudarla a encajar; Mira siempre había percibido una sombra de constante decepción en sus ojos cada vez que la miraba. De nada habían servido las matrículas de honor ni los premios nacionales; ser un hacha en ciencias no había sido suficiente para ganarse la aceptación materna, ni para arrancarle un destello de orgullo.