Si algo sabían todos en los círculos más oscuros, era que la paciencia no figuraba entre las virtudes de Abaddon. Por ese mismo motivo, Elijah sentía que los nervios le devoraban el estómago. Estaba inquieto, incapaz de quedarse quieto; era la segunda vez consecutiva que regresaba con las manos vacías. Había sido testigo de cómo sacrificaban a otros por fallos muchísimo menores. Quemados vivos, nada menos.
Sin embargo, intentaba convencerse de que él no era un peón cualquiera; él era importante para la causa. Al menos, llevaba veinte minutos repitiéndose aquello como un mantra para autoconvencerse de que todo saldría bien. En el fondo, la culpa no era suya, aunque indirectamente le salpicara: la responsable era Antía. La muchacha no había logrado un solo avance a pesar de sus continuas presiones. Él había sido muy específico sobre el terrible destino que les aguardaba si fracasaban en una misión de tal envergadura, pero ella no hacía más que escudarse en evasivas.
—No he podido hacer nada, lo prometo. La chica no está lista —había repetido Antía incesantemente durante su último encuentro.
—¿Pero cómo que no está lista? —la había acorralado él—. Lleva un trimestre entero en la Academia. Vives con ella, compartes su espacio... ¿Qué más necesitas, Antía? Confié en ti. Me aseguraste que serías capaz de...
—¡Y lo soy! —le interrumpió la joven, con los ojos encendidos—. No me subestimes, Elijah. Hice exactamente todo lo que me pediste. Le susurré al oído a la profesora Birdwishtle y la convencí para que le asignara un tutor a Mira... pero esa estúpida vieja eligió a tu querida hermana.
—Debiste de cometer algún error.
—Lo hice todo perfecto —se defendió Antía, exasperada—. Practiqué durante meses, estaba más que preparada. Y tú lo sabes perfectamente.
Elijah Spinster, que hasta ese momento se había mantenido de espaldas, se dio la vuelta lentamente. Tenía el ceño fruncido y mantenía los brazos cruzados tras la espalda. Sostuvo la mirada de Antía durante unos segundos que a ella se le antojaron eternos, hasta que por fin habló con una tranquilidad que resultaba verdaderamente inquietante:
—Yo solo sé una cosa: si no obtenemos algún avance pronto, el que sea, estamos muertos. Ambos.
Antía comprendía perfectamente la gravedad de sus palabras. Sintió cómo se le erizaba cada vello de la nuca mientras un escalofrío gélido le recorría la espina dorsal. Muertos. Si no cumplía con su parte del trato, ese sería su fin. El de los dos. Y la culpa recaería sobre sus hombros.
A veces ni siquiera recordaba bien por qué se había metido en semejante laberinto. ¡Ah, sí! Por rabia, por rencor, por pura venganza. Aunque a veces dudaba de contra quién iba dirigida realmente. Por un lado, la devoraba el ansia de entrar en FareWell y el deseo de pisotear a todos aquellos que la habían rechazado en su día sin darle una sola explicación. Clasistas de mierda, se repetía una y otra vez. Por otro lado, ansiaba demostrarles que ella valía mucho más que cualquiera de sus alumnos perfectos. No habría mejor vendetta. Pero quizás, y solo quizás, esta vez había llegado demasiado lejos.
Un hombre alto y corpulento, ataviado con un impecable traje oscuro y una camisa de un blanco nuclear, interrumpió sus pensamientos para avisar a Elijah de que ya podía pasar. Era su turno. El hombre que había entrado justo antes que él no había vuelto a salir, un detalle macabro que terminó de desmoronar la templanza del muchacho. De hecho, Elijah necesitó un leve empujón físico por parte del guardia para reunir el valor de cruzar el umbral del despacho donde lo aguardaban.
—Elijah Spinster —recitó con voz pausada el hombre que lo esperaba—. ¿Cómo está tu padre?
El individuo permanecía de espaldas, contemplando el horizonte a través de un ventanal panorámico desde el que se dominaba casi toda la ciudad. Aquel lugar quedaba lejos de los dominios de FareWell, muy lejos en realidad; un aislamiento perfecto para tejer sus planes con absoluta impunidad. Elijah había odiado esa escuela desde que tenía uso de razón, y Antía compartía ese mismo desprecio, pero si existía alguien capaz de repudiar la institución con una fuerza sobrehumana, ese era Abaddon.
—No estoy seguro, señor —respondió Elijah, midiendo cada palabra con extrema cautela—. Ya sabe que no tengo demasiada comunicación con él.
—Pues es un grave error. Yo voy a necesitar justamente lo contrario.
—Lo lamento, señor...
—No te disculpes. Odio las disculpas —le interrumpió el hombre, sin dignarse aún a darle la cara—. Te noto nervioso. Te tiemblan las manos. ¿A qué se debe?
Elijah habría jurado que un sudor frío le corría la espalda. ¿Nervioso? Estaba aterrorizado. Ni siquiera tenía la certeza de si saldría con vida de esa habitación, y las sutiles salpicaduras oscuras que manchaban las pulcras paredes blancas no ayudaban a calmar su paranoia. Las palabras se le atascaron en la garganta, pero sabía que debía articular una respuesta rápida si no quería agotar la escasa paciencia de su interlocutor. No hizo falta; el hombre, adivinando su tormento como si le leyera el pensamiento, habló por él:
—Estoy siendo demasiado compasivo contigo, Elijah. Ambos lo sabemos. Al igual que sabes que me haces falta; eres una pieza demasiado importante para la causa. De lo contrario, ya te habría eliminado.
Abaddon se dio la vuelta por fin, dejando su rostro al descubierto ante los ojos horrorizados de Elijah. Sus ojos, de un azul brillante y tan profundo como el mismísimo océano, transmitían una paz y una templanza que contrastaban de forma perversa con la crueldad de su portador. El hombre dibujó una media sonrisa que hizo que a Elijah se le helara la sangre. Algo en él, en su postura y en su mirada, resultaba abiertamente diabólico. Las oscuras leyendas que Elijah había escuchado a lo largo de su vida se quedaban cortas ante la realidad.
—Necesito a la chica, Elijah. ¿Por qué no tengo a la chica aún? —preguntó, con el tono caprichoso de un niño que reclama su juguete favorito.