
CAPITULO 17
—¿Sabes lo peligroso que es lo que hiciste? ¿Te has parado a pensarlo siquiera?
—Bryana, lo siento mucho —se lamento Mira, con la voz quebrada—. Mis intenciones eran buenas... Necesitaba comprobarlo con mis propios ojos. Toda la vida he adorado la magia.
—Esto no es un juego, Mira. No es uno de esos trucos de mundanos que te regalan por Navidad.
—¿De mun... qué?
—Pero lo peor de todo es que me has desobedecido —sentenció la joven, implacable—. Y tendré que informar de ello.
—¡Bryana, espera!
Pero Bryana ya había cruzado el umbral, cerrando la puerta tras de sí y dejando a Mira totalmente abatida.
La lealtad era la principal virtud para los Spinster, un pilar sumamente valorado también entre los pasillos de Fleming. Por eso, a Bryana la inundaba una profunda decepción; estaba demasiado furiosa como para atender a razones en ese momento. En cuanto Bemus le había sugerido la inesperada visita de su alumna, no había perdido un solo segundo en ir a buscarla para pedirle cuentas.
Sin embargo, a medida que sus pasos la alejaban de la habitación, una fría lucidez comenzó a abrirse paso en su mente. Si lo analizaba con frialdad, lo ocurrido podía considerarse un auténtico golpe de suerte. Preparada o no, Mira Luna por fin había visto la luz. Ahora el camino de las tutorías sería considerablemente más sencillo. A pesar de la revelación, Bryana sabía que debía seguir encarnando a la perfección su papel de tutora severa y decepcionada.
—Antía —pronunció Bryana al cruzarse con ella en el recodo del pasillo.
—Bryana...
Antía lo había oído todo. Había estado esperando el estallido de ese encuentro desde que, un par de días atrás, interceptara el conjuro de Mira junto al umbral de piedra. Menos mal que se había mantenido al acecho; de lo contrario, las consecuencias de aquel despertar habrían sido irreversibles. En su momento, se sintió tentada de dejarla actuar; de haberlo hecho, las culpas habrían recaído directamente sobre esa perfecta sabelotodo de Bryana Spinster. Aborrecía a esa farsante que tanto predicaba una lealtad que luego no aplicaba. Pero la misión estaba por encima de cualquier rencor personal.
Antía se sobresaltó al entrar en su dormitorio y encontrarse de bruces con una silueta familiar.
—¿Qué haces aquí?
—Me has llamado... ¿recuerdas?
—Pero si eso ha sido hace apenas un segundo... —susurró ella, consultando la pantalla de su teléfono—. Tienes que enseñarme a hacer eso.
—¿Y bien?
—Es ella, Elijah. Mira Luna casi abre la puerta de Oweynagat.
—¿Espera, cómo que la ha abierto? —inquirió él, con una mezcla de alarma y codicia en la mirada.
—Quiero decir que lo habría conseguido de no haber intervenido yo para frenar el hechizo.
Un júbilo incontenible se apoderó de Elijah. Aquello eran noticias extraordinarias. Si Mira Luna había estado a punto de activar el umbral, no cabía la menor duda de que era la elegida. Sin embargo, debían moverse con pies de plomo; si los Spinster lograban absorberle el seso con sus discursos, todo se echaría a perder. Necesitaban atraerla a su bando por voluntad propia, y aquello no iba a ser una tarea sencilla.
Por fin saboreaba un triunfo personal. Uno pequeño, pero el tablero ya estaba dispuesto. Elijah vislumbró el camino hacia el poder absoluto que tanto ansiaba; la oportunidad perfecta para demostrarle a su padre que no lo necesitaba en absoluto para convertirse en alguien importante. Pronto, el monopolio de los Spinster se desmoronaría para dar comienzo a una nueva era: la era del cambio.
De la mano de Abaddon, conquistaría cada uno de sus sueños. Sería el director de la Academia FareWell, desbancando a ese estúpido adonis que tenía por hermano; un tipo tan portentoso, tan bien esculpido y tan asquerosamente perfecto que le revolvía el estómago.
—Tengo que informar a Abaddon de inmediato.
—Espera, Elijah... ¿Qué se supone que debo hacer ahora?
Elijah se aproximó a la muchacha, clavando sus imponentes ojos claros en los de ella. Antía sintió un estremecimiento que le recorrió hasta el último poro de la piel. Quizás fuera por esa mirada por lo que acataba cada una de sus órdenes; quizás por eso se había entregado a la causa sin importarle los peligros del sendero. Cuando Elijah la tocaba con sus manos suaves, el mundo de Antía se detenía por completo.
El joven la besó en el cuello con extrema lentitud, trazando una línea cálida que ascendió hasta el lóbulo de su oreja derecha, mientras ella se abandonaba a su tacto.
—Necesito que te ganes la confianza de Mira Luna. Deja a un lado la actitud de niña estirada y malcriada, y conviértete en la mujer que necesito a mi lado.
Aquellas palabras reverberaron en el interior de Antía, haciéndola temblar sin remedio. Elijah se distanció, le acarició la mejilla con una sutil sonrisa y abandonó la estancia. Antía permaneció inmóvil durante lo que pareció una eternidad, plenamente consciente de lo perdidamente enamorada que estaba de su profesor.
Su devoción venía de lejos; había sido así toda la vida. En la época en que Bryana y ella eran amigas inseparables, Antía ya lo perseguía con la mirada en su antigua escuela solo para deleitarse con su presencia. Buscaba cualquier pretexto absurdo para visitar la vieja residencia de los Spinster y estar cerca de él, pero Elijah, sumido en su propia adolescencia, ni siquiera reparaba en su existencia.
Y así habían continuado las cosas hasta que, un año atrás, sus caminos volvieron a cruzarse de la forma más fortuita en el vecindario...
Antía regresaba a casa de la escuela un viernes cualquiera, caminando con la mirada perdida y ajena a su entorno. Le importaban bien poco aquellos mundanos descerebrados con los que se veía obligada a convivir; ella no pertenecía a ese entorno. Su lugar estaba en FareWell, al lado de Bryana. Desde que se fundó aquella maldita Academia para la formación de jóvenes brujas y hechiceros, ambas habían planeado ingresar juntas, compartir habitación y todas esas ingenuidades propias de unas niñas de diez años. Sin embargo, Bryana no había vacilado ni un instante al marcharse sin ella. Y Antía no se lo perdonaba.