Mira Luna y la Academia Farewell

CAPITULO 18

—Magnus, ¿puedo pasar?

El muchacho se volvió, sobresaltado. Reconoció la voz de inmediato, pero su mente se resistió a aceptarla; tenía que ser un error. ¿Cuántos años hacían ya desde la última vez que aquel hombre había pisado su casa? En una fracción de segundo, la niñez y la adolescencia pasaron ante sus ojos como los fotogramas de una película en blanco y negro. Un metraje demasiado antiguo. Demasiado lejano.

—Bartos —dijo al fin—. ¿A qué debo este placer?

—¿Acaso un viejo amigo no puede hacer una visita?

Magnus esbozó una sonrisa amarga. Detectó la ironía en la voz de aquel hombre que ahora le parecía un completo extraño. El tiempo no solo devora las épocas y los momentos; también erosiona los sentimientos y las relaciones que parecían inquebrantables. Lo observó con detenimiento, analizando cada gesto y la pulcritud de su indumentaria. Todo en él le resultaba tan ajeno que rozaba lo irreal. El hombre que tenía delante no era el Bartos que recordaba. Era un desconocido.

—¿Vienes en calidad de amigo o de director? —preguntó Magnus, acortando la distancia entre ambos.

—De las dos cosas, supongo.

Magnus se dirigió hacia la vitrina que presidía el centro de la estancia. Sacó un par de vasos de cristal y los rellenó con el mejor whisky que poseía; una visita de ese calibre no merecía menos. Le tendió uno a Bartos, quien lo observaba con una sutil melancolía. Magnus se preguntó qué pasaría por la mente de su antiguo amigo en ese instante. ¿Le recordaría de la misma manera?

Bartos pareció leerle el pensamiento.

—Aún me resulta extraño el rumbo que tomaron nuestras vidas. Es caprichosa, ¿no crees?

—¿Lo dices porque ahora eres el director de FireWell?

—Lo digo porque deberías haber sido tú —repuso Bartos. El hombre aguardó unos segundos, esperando una réplica que no llegó—. Al fin y al cabo, todo esto fue obra tuya. Tu visión.

—Cada uno está donde debe estar —sentenció Magnus con voz plana—. Mi misión es igual de importante.

—Y por eso mismo estoy aquí —aclaró Bartos de inmediato.

Magnus lo miró al fin con el ceño fruncido. Lo había sospechado desde que escuchó sus pasos al otro lado de la puerta. Bartos Spinter no aparecía por cortesía. Era triste, pero era la cruda realidad: no quedaba nada de la amistad incondicional que alguna vez los había unido. Sus encuentros se habían convertido en un acto de deber. Aunque Magnus intentaba no perderse en el laberinto de sus propios recuerdos cada vez que lo miraba, Bartos se encargó de devolverlo a la realidad de un plumazo.

—Magnus... hemos encontrado a la chica. A la hija de Noha.

La mirada de Magnus se ensombreció al escuchar aquel nombre, un eco que no se había pronunciado en años. Una nueva escena asaltó su mente de forma fugaz, violenta. Se vio a sí mismo quince años atrás. Intentaba detener a la mujer que lo acompañaba, implorándole que no lo hiciera, pero ella se negaba a entrar en razón. Testaruda, como siempre. Así la recordaría siempre, con el cariño y el dolor que aún le profesaba.

—Noha, por favor. No lo hagas.

Ella lo miraba con una mezcla de ternura y profunda tristeza, mientras las lágrimas surcaban sus mejillas. Se palpaba en el aire el nudo en su estómago, la amargura de tener que elegir.

—Lo siento, Magnus… Espero que puedas perdonarme algún día.

Él la sujetó por la muñeca, incapaz de aceptar que se marchara así.

—Pero te quiero, Noha. Te quiero con toda mi alma.

Ella acarició su mejilla con la dulzura y el deleite de quien sabe que es la última vez. Le dolía, le desgarraba el pecho, pero no tenía otra alternativa.

—Yo también te quiero, Magnus. Siempre te querré.

El muchacho la vio alejarse, completamente vencido por la pena y el desconcierto. Nada de aquello entraba en sus planes y se descubrió sin recursos para reaccionar. Estaba roto.

—¿De verdad vas a dejarme así? ¿Vas a dejar a tu familia?

Noha detuvo el paso, clavando la vista en sus propios pies. Se había preparado mentalmente para ese momento durante meses, pero ninguna de las veces que lo había ensayado en su cabeza le sirvió de nada. No existía una explicación capaz de consolar a Magnus ni de reparar un corazón destrozado. Ni el de él, ni el suyo. Solo quedaba la verdad. Y ya no podía ocultarla.

—Estoy embarazada —dijo, sin volverse.

No quería ver la reacción del chico; el simple hecho de imaginarla ya era insoportable. Magnus no contestó. El único sonido en la habitación era su respiración acelerada. Sentía cómo los engranajes de su mente se ralentizaban, aturdidos, intentando procesar una noticia que consideraba imposible.

—Vale… —le oyó murmurar—. Vale… Esto no lo esperaba… Yo… No lo vi.

Noha se giró y, por puro instinto, acortó la distancia que los separaba.

—Lo siento, Magnus. Espero que algún día me perdones.

Él la vio marchar por la puerta, paralizado, incapaz de detenerla. Las palabras que le inundaban la mente se quedaron atrapadas en su garganta. Quería decirle que no importaba, que podían solucionarlo juntos, que el embarazo no cambiaba lo que sentía. Pero no dijo nada. Solo la contempló hasta que su silueta se desvaneció en la distancia. Se dejó caer contra la pared, sollozando con la cabeza hundida entre las rodillas. Se sentía completamente desvalido. Le dolía el alma como nunca imaginó que se pudiera doler. Su vida acababa de perder el sentido; su futuro se había desmoronado.

Lo que más le hería, incluso ahora, lo que seguía sin poder asimilar, era cómo no había sido capaz de preverlo. Él, que podía predecir el futuro de los demás, había sido ciego ante su propio final. Una maldición que lo atormentaría para siempre.

—¿Magnus? ¿Me estás escuchando? —insistió Bartos, interrumpiendo la mirada perdida de su amigo.

—¿Decías algo?

—Te necesitamos, Magnus —dijo Bartos, sentándose frente a él y forzando el contacto visual—. Necesitamos que nos guíes. El hecho de que nos revelaras su paradero fue crucial para llegar hasta ella. Ahora que está bajo nuestra custodia, te necesitamos al frente.




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