Aquella noche, Mira tuvo un sueño muy inquietante.
Apareció en un callejón oscuro y empedrado que nunca antes había visto. No fue capaz de reconocer ninguna de las tiendas que flanqueaban las aceras, ni las casas unifamiliares de dos plantas que permanecían totalmente a oscuras. Miró a su alrededor, intentando averiguar cuál de los caminos que se presentaban ante ella debía escoger, y decidió seguir de frente, recorriendo la hilera de fachadas que se extendía hasta donde su vista no lograba alcanzar. No había ni un alma en la calle. Debía de ser muy tarde, altas horas de la madrugada, pues no se oía ni un solo ruido a su alrededor.
De pronto, Mira distinguió a dos personas que cruzaban hacia una de las casas que se alzaba frente a ella: un hombre y una mujer. No pudo ver sus rostros desde su posición pero, sin saber por qué, se descubrió a sí misma siguiéndolos. Desobedeció a su propia razón, que le insistía en que se quedara donde estaba. Su curiosidad siempre había sido insaciable; eso era lo que le repetía su padre una y otra vez.
Se asomó a una de las ventanas del piso de abajo. La pareja se mantenía de espaldas, contemplando algo que se encontraba frente a ellos. Mira no lograba ver qué era. Esto debe de ser un sueño, se dijo, no puede ser de otra manera. Estoy soñando. Nada de esto es real.
Y si nada era real, si de verdad se trataba de un sueño, aquellas personas no podían verla. Eso significaba que no había peligro en acercarse a ellas y descubrir qué miraban con tanto interés. Sentía la necesidad imperiosa de hacerlo.
Un bebé, abrigado con una toquilla blanca, dormía en una cunita de madera, ajeno a los ojos que lo observaban. La pareja lo contemplaba embobada. Ahora que estaba más cerca, Mira sí podía verlos: eran jóvenes, de veintitantos años. La mujer vestía de manera elegante; él, un poco más austero.
—Es perfecta —susurró la mujer.
—Supongo que lo es.
Ella se volvió hacia el hombre, contrariada por sus palabras. Su gesto cambió por completo, volviéndose más duro, y la sonrisa desapareció de sus labios.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada... Cielo, es solo que sigue pareciéndome demasiado fácil. ¿No te has preguntado por qué nos han citado aquí? ¿Por qué de madrugada?
La mujer resopló, perdiendo la paciencia. Él siempre lo hacía.
—No. No me lo pregunto porque yo no me hago tantas preguntas como tú. Te he repetido que un socio me puso en contacto con ellos. Esta es su forma de trabajar, y ya está.
El hombre asintió, aunque su rostro seguía siendo el reflejo de la duda. Aquello no le gustaba; no le había gustado desde el principio, pero su mujer era demasiado insistente y no se atrevía a decirle que no. Además, aquella carita... Aquella pequeña niña ya le había robado el corazón, y apenas llevaba diez minutos mirándola.
—¿Algún problema?
Una anciana surgió de entre las sombras repentinamente, haciendo que Mira retrocediera un paso por el susto. La muchacha se quedó petrificada; habría jurado que la anciana la estaba mirando directamente a ella pero, un segundo después, la mujer se unió al matrimonio sin más.
—Ningún problema —contestó la joven madre, forzando una sonrisa—. Estamos muy agradecidos de que haya podido recibirnos, y de que todo haya salido según lo previsto.
La anciana clavó sus ojos en el hombre. Lo miró fijamente durante unos segundos que a él se le antojaron eternos. Después, desvió la mirada hacia la mujer y le devolvió la sonrisa.
—Pueden estar tranquilos. Les aseguro que, en un futuro, no tendrán ningún problema. Este bebé nos fue entregado por su madre voluntariamente, no les quepa la menor duda. Lo que ocurre es que aborrecemos los tediosos y absurdos trámites que nos son impuestos, y por eso seguimos nuestra propia vía. Creo que coincidiremos en eso.
—Por supuesto —se apresuró a contestar ella.
—A partir de este momento, esta niña es suya. En esta carpeta que les entrego llevan toda la documentación necesaria; a todos los efectos, ha sido adoptada con todas las de la ley. Solo les recordaré una cosa: nunca deben contarle la verdad. Jamás le hablarán sobre la adopción, y mucho menos sobre esta casa. ¿Lo han entendido?
El hombre tragó saliva con dificultad antes de responder. Aquella extraña y pesada sensación no le había abandonado desde que puso un pie en el inmueble. Sin embargo, miró a su mujer y no le quedó más remedio que asentir. Ella estaba tan feliz y tan ilusionada que jamás habría sido capaz de interponerse.
Mira seguía observándolo todo desde la esquina, sin comprender por qué soñaba con personas a las que no conocía de nada. Pero la mente podía ser caprichosa y comportarse de forma inexplicable —sobre todo la suya—, así que decidió no darle mayor importancia. A pesar de ello, toda la escena la atraía de una forma incomprensible.
Cuando la pareja pasó junto a ella con el bebé en brazos, Mira habría jurado oler la mezcla de sus perfumes con el aroma denso del miedo y la inseguridad. Creyó notar, de forma muy vívida, la brisa que dejan los cuerpos al pasar a una distancia corta. Los siguió de cerca para saber más de aquellos desconocidos y de esa criatura que comenzaba una nueva vida, ajena a todo lo que sucedía.
La pareja se adentró en la calle opuesta por la que la joven había llegado, desapareciendo en la penumbra. Mira se apresuró para no perderlos, pero en cuanto cruzó el inicio del camino, todo a su alrededor cambió súbitamente.
Ya no estaba en el callejón. Había aparecido, sin darse cuenta, en un lugar boscoso donde no había más luz que la emitida por la luna y las estrellas. Le costó ubicarse, pero al fin pudo descubrir la estructura que se alzaba frente a ella: la puerta que tantos problemas le había traído hasta el momento.
—Genial, hasta en sueños me atormentas —exclamó.
Se acercó a ella, como había hecho la primera vez, y palpó la superficie lentamente con un cuidado desmesurado. Aquella estructura, Oweynagat, la fascinaba. Sentía una atracción sin igual hacia ella y, a pesar de todo lo que había oído en la academia, no le tenía miedo.