Mira Luna y la Academia Farewell

CAPITULO 21

Aunque las clases y los horarios seguían siendo exactamente los mismos, a Mira le costaba un abismo volver a habituarse a la rutina tras las vacaciones de Navidad. Apenas lograba conciliar el sueño por las noches, y ese insomnio prolongado empezaba a pasarle factura. Estaba sentada en la sala común, con la cabeza prácticamente sepultada entre las páginas de su tratado de botánica, cuando Antía Woods se sentó frente a ella, dejando caer sobre la mesa un bollo y un zumo de piña.

—Me gustan tus nuevas técnicas de estudio.

Mira se sobresaltó tanto que perdió el equilibrio y golpeó la frente contra la madera, dejando escapar un alarido de dolor.

—Eso te va a dejar un chichón. Toma.

Antía le tendió un trozo de hielo envuelto ante el absoluto desconcierto de Mira, quien habría jurado que aquel bloque acababa de materializarse allí mismo por arte de magia. Lo aceptó sin rechistar; la frente ya había comenzado a palpitarle de una manera amenazadoramente dolorosa.

—Gracias —murmuró Mira, presionando el frío contra su piel.

—¿Y la empollona? Pensé que vendría contigo.

—Estará en la biblioteca.

—Cómo no... Tiene lógica —respondió Antía con la boca llena—. ¿Y a ti qué te pasa? Tienes una cara horrible. ¿No duermes bien?

Mira se encogió de hombros, esquivando la mirada. Antía Woods era la última persona en el mundo a la que confiaría sus tormentos nocturnos, así que prefirió dejar pasar el comentario.

—Te escucho levantarte todas las noches —insistió su compañera, entornando los ojos.

—Eso significa que tú tampoco puedes dormir.

Antía se quedó callada, escrutándola fijamente. Aquella novata había aprendido demasiado en los últimos meses. Empezaba a notar que la chiquilla tímida y remilgada que había puesto un pie en FareWell se estaba esfumando, cediendo el terreno a una sabelotodo un tanto engreída. Era evidente que las tutorías personalizadas con Bryana Spinster estaban dando sus frutos.

—Deberíamos ponernos en marcha hacia el invernadero —sentenció Antía, rompiendo el silencio—. No querrás llegar tarde a tu examen de botánica.

Ambas alumnas se encaminaron juntas hacia el jardín trasero, donde se alzaba la majestuosa estructura de cristal que albergaba las clases de la profesora Berrycloth. Mira se arrepentía cada día más de haber escogido aquella asignatura como optativa. Lo había hecho únicamente por compartir aula con sus compañeras, pero la materia se le resistía de forma alarmante. Era incapaz de memorizar los nombres científicos de las especies porque, sencillamente, el latín se le daba fatal.

Ya le habían advertido que, si no dominaba la lengua clásica, jamás podría optar a los cursos avanzados de la academia y seguiría estancada como una elemental por el resto de sus días en FareWell. A Mira le resultaba exasperante que se le otorgara tanta relevancia a una lengua muerta y en desuso.

—Buenos días, chicas —saludó Mafalda, saliendo a su encuentro en el sendero—. ¿Cómo lleváis el examen?

—Fatal —se quejó Mira de inmediato—. No he conseguido retener ni una sola palabra en la cabeza.

—Pero Mira, si el examen es práctico —repuso Mafalda, ladeando la cabeza.

—¿Qué?

Mira sintió cómo un vuelco en el estómago le llevaba los jugos gástricos hasta la garganta. Si ya se consideraba poco preparada para una prueba teórica, la perspectiva de una evaluación práctica la aterrorizaba aún más. Se había prometido a sí misma —y a la subdirectora Birdwhistle— que subiría sus calificaciones para demostrar su valía, pero estaba empezando el trimestre con muy mal pie.

—Chica, es que no sé dónde tienes la cabeza últimamente —comentó Antía con una pizca de sorna—. Me la he encontrado medio dormida en la sala común.

—No te preocupes, Mira. La profesora Berrycloth es muy comprensiva —intervino Mafalda con tono dulce—. Podemos explicarle tus problemas para dormir y seguro que lo entenderá.

—¡Cállate! —le siseó Mira.

Que Mafalda era tan brillante como bocazas era algo que Mira ya había comprobado a su pesar. No pasó por alto cómo la postura de Antía se tensaba, alerta, como una hiena que olfatea una presa herida. Pero Mira no pensaba soltar prenda sobre su pesadilla, ni sobre cómo se había despertado con los brazos y las piernas cubiertos de arañazos. Mucho menos admitiría que ahora dejaba la luz de su mesita encendida durante toda la noche.

Malhumorada, Mira entró en el invernadero seguida de una Mafalda compungida, que sabía que había metido la pata pero no lograba comprender en qué. Su deslumbrante inteligencia se limitaba a los libros; en el terreno de las relaciones sociales, sus capacidades eran prácticamente nulas. Mira era, en realidad, su primera amiga de verdad. La primera chica que la trataba con amabilidad y no la insultaba, y Mafalda estaba dispuesta a lo que fuera por no perderla.

Cuando Antía se disponía a seguir los pasos de sus compañeras, una voz la llamó desde el recoveco de un pasillo exterior. Era Elijah Spinter. ¿Qué demonios hacía aquel descerebrado arriesgándose a exponerla de esa manera a la vista de todos?

Antía acudió a su encuentro hecha una furia, pero antes de que pudiera articular palabra, Elijah la rodeó con el brazo. El mundo alrededor de Antía se distorsionó en un parpadeo, y en menos de un minuto aparecieron en el interior del despacho del profesor.

—¿Te has vuelto loco? —protestó Antía, zafándose de su agarre—. ¿Cómo se te ocurre presentarte en una de mis clases? O peor aún, ¿cómo te atreves a usar la translocación en público, en pleno campus de los elementales? Si el director Spinster te descubre...

—No me hables de mi padre —zanjó el muchacho, con una frialdad cortante—. Ya he tenido suficiente de él por hoy. Además, tú y yo tenemos asuntos más urgentes que tratar.

La chica se cruzó de brazos y se dejó caer en una silla de madera. Las constantes exigencias de Elijah empezaban a rebasar su paciencia; el joven se había vuelto inflexible y ella no lograba conseguir ningún avance significativo con Mira Luna. Por esa misma razón llevaba semanas rehuyéndolo por todo el campus, asegurándose de permanecer siempre rodeada de gente para evitar sus visitas clandestinas. Una estrategia que, a la luz de los últimos acontecimientos, había resultado inútil.




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