Mira Luna y la Academia Farewell

Capítulo 25

Las clases de Defensa se impartían en una suerte de mazmorra abovedada en la parte más baja de la Academia donde también se podían encontrar, entre otras, las aulas de Pociones, Hechicería y Conjuros.

Todas ellas se situaban bien alejadas del resto de la escuela, seguramente por prevención ante lo que pudiera pasar. No era raro que, en más de una ocasión, algún alumno despistado causara una explosión con un conjuro mal formulado, una avalancha de lava babosa con una poción mal medida o, incluso, provocara un incendio en la clase de Defensa. A pesar de lo que pudiera parecer, la seguridad estaba minuciosamente medida en FareWell y ningún alumno debía sentirse inseguro.

Ninguno excepto Mira. Ella se sentía como a quien envían directa a la boca del lobo, al precipicio o «a cazar dragones», como se solía decir por allí. Mira no había podido evitar compartir sus temores con Mafalda, para quien, lejos de suponer una preocupación, poder cursar asignaturas de Preferente era todo un lujo al que no se podía renunciar. Mafalda había crecido rodeada de magia y, gracias a su personalidad autodidacta, poseía conocimientos muy avanzados para alguien de su edad. Sin embargo, Mira Luna era una auténtica novata que jamás había practicado la magia más allá de los conjuros inofensivos que podían encontrarse en los libros mundanos. Hechizos que, por otro lado, casi nunca resultaban efectivos; de hecho, la mayoría ni siquiera existían. Habían nacido en las entrañas de alguna redacción de mala muerte dedicada a la publicación de ejemplares relacionados con la santería y las artes oscuras, o, al menos, con lo que creían saber sobre ellas. Si Mira había aprendido algo en los meses que llevaba en FareWell, era que nada, absolutamente nada de lo que pensaba sobre la magia era cierto. Sin embargo, todo lo que descubría sobre ella le resultaba fascinante y nuevo a la vez.

—Puedes hacerlo, Mira. No debes tener miedo —la tranquilizaba Mafalda momentos antes de su primera clase de Defensa—. Si no confiaran en ti, jamás te enviarían a esa aula.

—No, Mafalda. No se trata de confianza, sino de prisa. Quieren que aprenda en unos meses lo que no he aprendido en toda una vida.

Mira deambulaba, nerviosa, de un lado a otro de la sala común que, en ese momento, se encontraba totalmente desierta. El fuego de la chimenea creaba una cálida brisa que invitaba a acurrucarte en las butacas más próximas. Hacía meses que habían dejado la Navidad atrás y, sin embargo, el frío había vuelto a hacer acto de presencia. El tiempo se había vuelto turbio, de la misma manera que Mira percibía sus días: grises, fríos y desalentadores. Impredecibles, podría haberse dicho.

—Admítelo, Mafalda —insistió Mira—. Están convencidos de que mi padre vendrá a por mí de nuevo y necesitan que sepa defenderme.

—¿Crees que tu padre te haría daño? —preguntó Mafalda, ensimismada.

—¿Y por qué no? Es un demonio.

—Pero es tu padre.

—Un padre al que no he visto jamás. Que no puede albergar ningún tipo de sentimiento hacia mí.

—¿Entonces por qué te busca? ¿Por qué ahora?

—Hay demasiadas preguntas que no puedo contestarte, Mafalda. Nadie es sincero conmigo. Pero te aseguro que, tarde o temprano, averiguaré toda la verdad. Si es que sigo viva después de todo.

El profesor Dagger era un hombre frío y rudo, con cara de muy pocos amigos. Entró en el aula sin siquiera dirigir una mirada a sus alumnos y, aun de espaldas, ordenó que abrieran los libros por la página cincuenta y cuatro. Parecía malhumorado, aunque Mira no habría podido adivinar si era el estado habitual del profesor Dagger o si se debía a algún motivo de peso. Pero, casi como si el hombre hubiera leído sus pensamientos —y, de hecho, bien podría haber sido así—, se volvió y ofreció a la clase la explicación que todos estaban esperando.

—Como habréis podido observar, la página cincuenta y cuatro nada tiene que ver con la unidad que nos tocaba preparar esta semana. El motivo es que contamos con una nueva alumna entre nosotros, por culpa de la cual nos tendremos que retrasar.

Toda la clase miró instintivamente a Mira Luna, quien se encogió en su asiento, muerta de vergüenza. Había optado por uno de los últimos pupitres que quedaban libres para intentar pasar desapercibida, pero, lejos de conseguirlo, se convirtió en el centro de todas las miradas curiosas.

—Mira Luna es una Elemental —prosiguió el profesor Dagger, arrancando un murmullo generalizado entre los alumnos—. Busco comprender por qué motivos que desconozco la han colado en mis clases, causando una aparatosa desorganización en mi planificación.

No hacía falta escuchar ni una sola palabra más de boca del profesor para saber que ella era la única causante de su malhumor. Mira se sintió mucho más pequeña y fuera de lugar. Habría deseado levantarse y salir corriendo de allí, pero ni siquiera tenía el valor necesario. Así que optó por quedarse inmóvil para ver si de ese modo acababan por olvidar su presencia. Su compañera de pupitre, una chica de color y ojos verdes, tremendamente atractiva, abrió el libro de Mira por la página cincuenta y cuatro mientras le dedicaba una mirada cargada de compasión y empatía. Pero Mira estaba demasiado aturdida para mostrar agradecimiento, así que ni siquiera se inmutó.

—El contrahechizo. Sí, lo sé, algo demasiado elemental para esta clase, pero os recuerdo que contamos con una intrusa —comenzó el profesor, lanzando una mirada oscura hacia el lugar que ocupaba Mira—. El contrahechizo, como todos menos uno sabéis, contrarresta el lanzamiento de hechizos de un enemigo y, además, impide que ningún encantamiento sea lanzado durante un generoso periodo de tiempo que dependerá, como algunos sabréis, de las habilidades de cada mago. De él podría depender que vivamos o muramos durante un enfrentamiento, otorgándonos unos valiosísimos segundos que pueden ser decisivos.

El profesor Dagger utilizaba un tono de voz que erizaba la piel de Mira Luna. El hombre caminaba de un lado a otro de la tarima que presidía el aula con las manos a la espalda, mirando fijamente el suelo de piedra. Cada palabra que pronunciaba parecía guardar un mensaje oculto para Mira: «Corre, niña, corre ahora que puedes, porque cuando esto empiece no habrá vuelta atrás». Mira Luna podía sentir cómo un sudor frío chorreaba por su espalda. Las manos, temblorosas, también le sudaban, y habría jurado que su corazón estaba a punto de sufrir un infarto. Su compañera la miraba tan preocupada que Mira sintió la necesidad de fingir algo de compostura para evitar que la atención de la chica siguiera clavada en ella.




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