
—Quinientas palabras, Bryana, ¿te lo puedes creer? —protestó Mira, malhumorada, mientras recorría uno de los pasillos de la biblioteca en busca de los ejemplares que necesitaba para su trabajo—. No ha tenido ninguna compasión hacia mi persona. Por lo visto, es el único que no se ha enterado de que me están obligando a dar clases avanzadas.
Mira levantó tanto la voz, sin ser consciente de ello, que algunos estudiantes cercanos le dedicaron unas cuantas miradas curiosas. Bryana intentó que bajara el tono a la vez que la instaba a tranquilizarse, dirigiéndola hacia una mesa que se encontraba vacía.
—El profesor Dagger es un imbécil. Ya te irás dando cuenta con el tiempo —sentenció Bryana—. Es un ególatra que piensa que no cualquiera es digno de asistir a sus clases. A las personas así no se las puede hacer entrar en razón. Simplemente se las ignora. En cuanto centre su atención en otro asunto, se olvidará de ti. Piénsalo de este modo: esta semana eres el centro de atención; la semana que viene habrás pasado de moda.
—¿Tú crees? —preguntó Mira, implorando con la mirada.
Bryana no estaba para nada segura de que Mira fuera a pasar desapercibida alguna vez. Era la hija del demonio más peligroso de todos los tiempos. Era la posible causante de que el mundo mágico, tal y como lo conocían, llegara a su fin. Mira era, sin duda, un mar de dudas y especulaciones del que era muy difícil, por no decir imposible, salir. Así que no, Bryana no creía en absoluto lo que estaba diciendo, pero era la única manera de tranquilizar a Mira Luna y conseguir que se callara antes de llamar aún más la atención.
Que Luna se había convertido en alguien tan «especial» era algo que la familia Spinter conocía de sobra. Se lo habían hecho saber, sin lugar a dudas, al Consejo y a parte del profesorado de FareWell, pero el resto de los estudiantes no sabían absolutamente nada. Y debía seguir siendo así. En primer lugar, por el bien común. Hacer cundir el pánico entre el alumnado habría sido catastrófico para el buen funcionamiento de la Academia, y absurdo al mismo tiempo, dado que difundir esa información no serviría de nada. Edward, el padre de Bryana y director de la Academia, había sido muy explícito al hablar de la necesidad de que la historia de Mira Luna quedara reducida a un pequeño círculo exclusivo. Había insistido en que el éxito del plan que habían elaborado dependía casi en su totalidad de mantener el anonimato de la muchacha. Al fin y al cabo, nunca se sabe de qué parte podría ponerse un mago ni de lo que alguien sería capaz por banales promesas.
—¿Qué tal si comenzamos con tu trabajo y nos calmamos un poco? —propuso Bryana, deshaciéndose de sus pensamientos.
—Vale, supongo que será lo mejor. Con todo, quinientas palabras son demasiadas; no puedo tenerte aquí toda la noche.
—No te preocupes, me he comprometido a ayudarte y así lo haré. Aunque debo admitir que no sé demasiado sobre historia de la magia arcana más allá de lo más común.
—¿Por qué crees que Dagger se molestó tanto conmigo al preguntarle por Necromancia? —preguntó Mira, recordando el incidente por el que había sido castigada.
Bryana miró a ambos lados antes de acercarse un poco más a Mira para lograr algo de privacidad.
—La Necromancia está totalmente prohibida para los magos. Es un arte que solo aquellos que practican magia oscura se atreven a llevar a cabo. Sobra decir que la magia oscura está totalmente fuera de la ley y es gravemente perseguida. Pero hay magos, como tu... —Bryana reprimió la palabra «padre» justo a tiempo—. Como Abaddon, que consiguen que nadie los encuentre jamás.
—¿Puedes hablarme de él? ¿De Abaddon?
Bryana se revolvió, nerviosa, en su silla. Aquel era un tema que hubiera preferido no tratar jamás pero que, por otro lado, intuía que terminaría por salir.
—No sé demasiado sobre él, Mira, y esa es la verdad, pero no me importa contarte lo que sé. Abaddon fue estudiante de FareWell, o de lo que esta Academia era antes de reinventarse, en una época en la que los mundanos y los magos convivían en paz y en armonía, sin tener que ocultarse unos de otros. Era compañero de mis padres, y también de tu madre y de Birdwhistle. En realidad, él, Dagger, mi padre y Magnus eran inseparables. Muy buenos amigos. Crecieron juntos. Según me cuenta mi padre, un día todo empezó a cambiar. Los mundanos comenzaron a vernos como una amenaza y, digamos, nos desterraron de sus vidas. A nosotros y a todo lo que tenía que ver con la magia.
—¿Por qué hicieron eso? —preguntó Mira, confundida.
—Porque le dábamos miedo, supongo. Porque el ser humano no puede evitar temer aquello que desconoce o lo que se escapa a su control. Así que nos alejaron de sus vidas, reduciéndonos a sus condiciones. Nos permitían seguir viviendo en sociedad siempre y cuando no utilizáramos nuestros poderes. Usaron toda la información que, inocentemente, les habíamos proporcionado sobre el mundo mágico para monitorizarnos y controlarnos. De esa manera se aseguraban de que no usáramos la magia nunca más. Y si lo hacíamos, éramos castigados incluso con la muerte. La Academia de entonces se cerró y los estudiantes fueron repartidos en institutos mundanos, donde se les obligaba a llevar pulseras inhibidoras de magia con localización GPS.
Mira Luna quedó horrorizada ante lo que le narraba Bryana. Se imaginaba a sus nuevos compañeros y amigos tratados como presos en libertad condicional o como animales controlados en una reserva natural. ¿Era así como la veían los demás? Como a un animal salvaje al que hay que controlar cueste lo que cueste. Recordaba a su madre —o a quien creía que lo era— mirándola con desprecio y decepción cada vez que Mira hablaba sobre la magia. Cuando su padre, en una de las primeras Navidades que Mira podía recordar, le regaló un juego de magia, su madre entró en cólera. Mira había cogido aquella caja entre sus manos como si fuera el mayor tesoro que hubiera visto jamás, pero su madre se la arrebató diciendo que era una pérdida de tiempo y un juego para ignorantes.