—¿Crees que podemos fiarnos de Magnus, hermano?
—¿Y qué otra alternativa nos queda? Estará bajo supervisión todo el tiempo.
—¿Y él lo sabe? —preguntó Cynthia Minse.
Bartos se encogió de hombros. Se había reunido con su esposa y con su hermana, Birdwhistle, para intentar calmar los ánimos de ambas. Como director de FareWell, tenía relación directa con el Consejo y estaba informado de casi todo. Él había sido el pionero en el caso de Mira Luna; bueno, en realidad había sido gracias a una predicción de Magnus, pero a ojos del Consejo el mérito era suyo.
Le preocupaba el futuro de Mira, al fin y al cabo era la hija de su hermana, y por descontado le inquietaba el porvenir del mundo mágico, un lugar donde debía haber cabida para sus propios hijos. Sin embargo, ningún Spinster actuaba de forma desinteresada. Lo que él ansiaba, más que ninguna otra cosa, era ocupar un asiento en el Consejo. Sus días en FareWell habían sido fructíferos, un auténtico sueño cumplido, pero después de tantos años y logros necesitaba nuevos incentivos. Algo que le otorgara más poder. A su juicio, era lo mínimo tras una vida de dedicación a Centralia.
—Magnus lo sabe todo, querida —contestó taciturno—. ¿Pero qué otra cosa podría hacer más que cooperar?
—Debe ser muy duro para él… —añadió Cynthia, comprensiva.
—Es duro para todos. No olvides que era nuestra hermana. Pero son tiempos de hacer sacrificios. Por el bien común.
—¿Tendrá que proyectarse? —preguntó Birdwhistle con preocupación.
—Desconozco los métodos que decidirá tomar, pero lo más lógico es que sí.
Ambas mujeres ahogaron una mueca de horror. Proyectarse hacia un pasado tan oscuro podía suponer que el mago no regresara jamás, por no hablar de la tortura que significaría revivir los últimos días de Noha. Birdwhistle no se atrevió a mostrar su desaprobación. Conocía ese brillo de ambición en los ojos de su hermano; cuando se le metía algo en la cabeza, era imposible llevarle la contraria. Había sido así desde críos: fuerte y firme. Dos cualidades que lo habían hecho merecedor del puesto de director. Ella lo había aceptado al ser nombrada subdirectora, pero ahora, tantos años después, sentía que llevaba toda una vida preparándose para sustituirlo. Solo esperaba que cumpliese su palabra. Se lo debía por años de complicidad, silencio y por haberle secundado en decisiones que, en el fondo, ella desaprobaba.
—¿Y si se niega? —preguntó Cynthia al fin, tras darle mil vueltas a la cabeza.
—Ya sabes cuál es el castigo por oponerse a una orden del Consejo —contestó él, desprovisto de cualquier atisbo de emoción.
—Magnus es un mago ejemplar —intervino Birdwhistle molesta—. No suelo contradecirte, hermano, pero no permitiré que se le trates como a un cualquiera. Siempre ha estado a disposición del Consejo, incluso por encima de sus propios intereses. No merece este trato.
Bartos no contestó. Miró a su hermana fijamente mientras formaba un puente con los dedos sobre su nariz. Era una mirada fría y calculadora que cortaba el aliento. Birdwhistle no lograba recordar en qué momento había cambiado tanto.
—Bartos, no lo permitiré —repitió ella.
—Suerte, entonces, de que no dependa de ti.
Él se levantó de la silla, dispuesto a abandonar el comedor donde tomaban el té, pero la voz de su esposa lo detuvo en seco.
—Yo tampoco lo permitiré —dijo de manera clara y contundente—. No sé en qué te has convertido, Bartos, pero tengo claro que no eres el hombre con el que me casé. El hombre que yo conocía jamás habría dejado a un amigo en la estocada.
Él prosiguió su camino sin darse la vuelta. No quería que vieran que aquellas palabras habían hecho mella en su armadura. Toda roca tiene un punto de inflexión en el que se resquebraja, y para Bartos, ese punto era su esposa. Decepcionarla a ella dolía más que decepcionar al mismísimo Consejo. Las circunstancias lo habían ido puliendo a su antojo a lo largo de los años, pero su eterna devoción hacia Cynthia Minse permanecía intacta. Por eso no se giró: sabía lo que vería en sus ojos, algo que llevaba tiempo temiendo afrontar.
Fue una suerte que no saliera por la puerta de la cocina. De haberlo hecho, habría descubierto a Bemus escuchando a hurtadillas. Para el joven, en esa casa nadie decía la verdad desde hacía tiempo. Sus padres se mostraban esquivos y su tía Birdwhistle actuaba de forma extraña a todas horas.
Bemus Spinster cruzó el umbral de la cocina a toda prisa en busca de Bryana. Con total seguridad la encontraría en la biblioteca de los Superiores; ella no hacía otra cosa que estudiar, a pesar de que su imagen de animadora sugiriera lo contrario.
Alyson Spinster lo vio salir desbocado. Odiaba que la excluyeran de los planes y que cuchichearan a sus espaldas. ¡Ella, que era la mismísima Prefecta de Fleming! La envidia la corroía, aunque prefería llamarlo rabia por no ser invitada a sus juegos de espías. Sus hermanos siempre habían tenido una conexión especial, mientras que ella quedaba relegada a un segundo plano. Ahora entendía perfectamente por qué Elijah había preferido hacer su propia vida lejos de la sombra de los Spinster.
Decidió seguir a su hermano hasta la academia. Bemus entró en el campus de los Superiores directo hacia Bryana, quien ocupaba la misma mesa de siempre junto a la novata. A Alyson le parecía increíble que alguien tan ineficiente como Mira Luna captara tanta atención solo por ser hija de quien era. Ni siquiera se creía esa historia; Mira no tenía nada de maga por donde se la mirase. Convencida de que el Consejo había cometido un error garrafal, se dispuso a demostrarlo.
—Bullarum —susurró oculta entre las sombras.
Los vasos de refresco que descansaban sobre la mesa comenzaron a burbujear hasta estallar en una bocanada de líquido que lo salpicó todo. Mira y Bryana soltaron un alarido mientras intentaban salvar las hojas esparcidas que empezaban a empaparse.