Abaddon no vivía en una cueva oculta en el bosque, como a los contadores de leyendas les gustaba inventar. De los miles de rumores que corrían de boca en boca, solo uno era real: era un monstruo empeñado en reducir a cenizas el mundo conocido.
Aunque, si alguien hubiera tenido la audacia de preguntarle antes de morir, él habría señalado a los verdaderos monstruos: los mundanos. Sucios traidores que no merecían más castigo que la ejecución. Le resultaba inconcebible que el estúpido Consejo hubiera permitido su acceso a la Academia y, peor aún, que les hubieran enseñado magia. Por eso, ellos también debían arder. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Lejos de los mitos, el mago oscuro habitaba una imponente mansión, un bastión de valor incalculable e imposible de rastrear. Conjuros antiguos y complejos envolvían sus terrenos, garantizando una fortaleza impenetrable. Si el destino jugaba en su contra y alguien lograba quebrar sus defensas, un ejército de fieles guardaespaldas aguardaba para dar la vida por él. La ironía no se le escapaba: el ser más temido de la historia dependía de escudos humanos.
Desde aquel opulento aislamiento, Abaddon controlaba el mercado negro del continente: contrabando de reliquias bélicas, plantas arcanas y esencias místicas proscritas por la ley.
Para él, el Consejo era un tumor que devoraba los órganos de un sistema moribundo. El colapso total era inminente, lo que le obligaba a acelerar sus planes. El único problema era que la necesitaba a ella. Para un hombre devorado por la soberbia, cuyo mayor pavor era la dependencia, verse atado a otra persona resultaba asfixiante. Pero la lógica era fría. Había revisado los textos prohibidos una y otra vez: ningún escenario terminaba en victoria sin Mira Luna.
Mentiría si dijera que nunca había pensado en ella. Lo hizo durante años, sobre todo al principio. Con el tiempo la imagen se emborronó y el dolor menguó, pero devorar el poder de Oweynagat aceleró el olvido. Al absorber su magia, cualquier rastro de debilidad humana se evaporó. Fue un estado sublime, perfecto, hasta que chocó contra los límites de su nuevo don. Le resultó exasperante interrogar a tantos hechiceros —y bastante tedioso tener que ejecutarlos después— para aceptar que no le mentían. Hubiera despedazado con sus propias manos a la vieja bruja que lo engañó, pero la muerte se le había adelantado. No pasaba un día sin que maldijera su tumba por ello.
—Señor, Magnus ha sido reclutado por el Consejo.
La interrupción de su lacayo lo arrancó del pasado. Abaddon exhaló despacio; era su único método para recuperar la compostura antes de que la habitación terminara teñida de sangre. Inspiró profundamente, saboreando el aire como si fuera un narcótico de lujo.
—Magnus nunca ha sido un miembro del Consejo. Es su propiedad —sentenció Abaddon. Su voz era grave, un susurro espeso que evocaba la noche más cerrada—. ¿Está bajo vigilancia?
—Sí, señor. Se encuentra en los laboratorios principales de Centralia. Nuestros infiltrados no le quitan el ojo de encima.
—Excelente. Necesito cada una de sus visiones. Debemos estar listos para… intervenir.
Magnus era un vidente excepcional y un maestro de la proyección, dones raros que habrían intimidado a cualquiera, pero no a él. Abaddon llevaba meses ensayando el asalto mental. Para lograrlo, había cazado y ejecutado a un experto en oclumancia; absorber sus habilidades era el único camino y no sentía el menor remordimiento. Ahora el vidente era solo el primer peón a derribar.
—¿Hay noticias de Elijah?
—Ninguna, señor.
Abaddon soltó una risa seca, desprovista de humor, y clavó la mirada en el sirviente.
«Tan inútil como su padre», pensó con desprecio. «Al final, todo depende de mí».
Agarró el extraño artefacto similar a un teléfono móvil que descansaba en su escritorio. Intentó contactar con Elijah, pero la línea permaneció muerta. La furia arañó las paredes de su mente. Un enlace psíquico era inviable desde fuera de FareWell; ni siquiera su inmenso poder salvaba esa distancia. De momento. Cuando completara la transición, las leyes de la física y de la magia se arrodillarían ante él. Sería el inicio de su "Nueva Era": un mundo purificado donde su voluntad lo gobernaría todo.
—Señor, la canalizadora espera. Es hora de la sesión.
El mago contuvo un nuevo arranque de ira.
—No necesito más práctica. Estoy listo.
—Disculpe mi audacia, milord —titubeó el sirviente, encogiéndose—, pero el consejero insistió en que…
—¿¡Quién demonios gobierna este lugar!? —rugió, haciendo temblar los cristales.
Contó mentalmente. Uno, dos, tres… La calma regresó a la fuerza. Matar asesores se había vuelto un lujo estúpido ahora que escaseaban; el actual era el décimo en dos años y le convenía mantenerlo entero un poco más.
—Que entre —ordenó con desgana.
Una mujer esbelta de tez oscura cruzó el umbral. Mantuvo la vista clavada en el suelo; nadie miraba a Abaddon a la cara. El mito decía que sus ojos de demonio devoraban el alma con un pestañeo. Ella hizo una reverencia y se arrodilló a sus pies, apoyando las palmas en los muslos.
—¿Preparado, mi señor?
—Siempre lo estoy.
Abaddon se irguió, relajando los hombros. Dejaría que su mente hiciera el trabajo sucio.
—¿Hacia dónde quiere proyectarse?
—Haremos una pequeña visita de cortesía —siseó Abaddon, dibujando una sonrisa cruel—. A mi hija.