Mira Luna y la Academia Farewell

CAPITULO 30: LA SALA DE LOS ESPEJOS

La Sala de los Espejos, como la conocían en FareWell, era una habitación abovedada de techos altos y frías paredes de piedra cubiertas, en su mayoría, por grandes espejos que hacían honor a su nombre. A pesar de encontrarse completamente vacía, Mira no pudo evitar sentirse arropada nada más atravesar sus puertas. Era un lugar acogedor, sin que existiera una explicación lógica para ello.

Esto le había ocurrido más veces a lo largo de su vida. Había ciertos lugares que, sin ser especiales, la hacían sentir bien. En paz. A salvo. Nunca supo explicar por qué. Uno de esos sitios era la colina a la que subía cada noche para preparar su locura de rituales o, simplemente, para contemplar las estrellas con tranquilidad. Otro era el laboratorio de su antigua escuela, donde siempre había tenido la sensación de controlar la situación. En pocos lugares más se había sentido a gusto.

Ahora entendía por qué. La mujer de la panadería a la que solía ir a comprar, la que le regalaba bollos suizos, solía decir que pertenecemos a donde nos sentimos en casa. Mira nunca se había sentido en casa. Sin embargo, el primer día que pisó FareWell comprendió que aquellas palabras eran ciertas, y supo que, con el tiempo, haría de este lugar su verdadero hogar. Ahora, liberada de toda presión y tras haber aceptado la realidad, comenzaba a experimentar una paz interior que jamás había conocido. Eso debía de significar algo.

Cuando se asomó a uno de los cristales, no pudo evitar sonreír, complacida por la imagen que le devolvía. El reflejo que contemplaba era muy distinto al que recordaba: una chica fuerte, bien erguida y con la cabeza alta. Nada quedaba de esa muchacha encorvada y despeinada que era al llegar. Ahora era una maga, nada menos. Aún no había hecho magia, pero estaba trabajando en ello… Algún día sería, al fin, todo lo que siempre había soñado.

—¿Te gusta?

Bemus Spinter la contemplaba con curiosidad. Le seguía fascinando el entusiasmo con el que la chica lo vivía todo. En muchas ocasiones llegaba a despertarle cierta ternura fraternal, como la que hubiera podido sentir por Bryana o Alyson. Aunque sus hermanas eran brujas bastante formadas, Mira necesitaba una protección mayor. La observó mientras se miraba en cada uno de los espejos, como si su imagen pudiera cambiar de un cristal a otro. No dejaba de sonreír y de dar vueltas, saltando de un reflejo al siguiente.

—Solo son espejos, Mira.

—¿Son espejos mágicos?

—¿Mágicos? No te comprendo… ¿Qué poder podría tener un espejo?

—Podrían reflejar un futuro perfecto —explicó ella, dejándose atrapar por una de sus ensoñaciones—. O mostrarte a la persona que te gustaría ser…

Bemus soltó una pequeña carcajada ante la ocurrencia. Con las manos en los bolsillos, siguió a su compañera con la mirada, sin perder detalle de cada uno de sus movimientos.

—Mi hermana me había hablado de tu afición por los libros fantásticos. ¿Encuentras muchas similitudes con nuestro mundo?

Mira le dedicó una sonrisa cómplice. Era la primera vez que se ponía cómoda hablando con él, sin los nervios que siempre solía provocarle. Sin duda, aquella habitación era, de algún modo, poderosa.

—La realidad ha superado a la ficción —contestó—. Pero no has respondido a mi pregunta sobre la habitación…

—Es una estancia especial, sí, pero no tiene ningún tipo de poder. No se convierte en nada ni oculta secretos o artefactos mágicos. No es una Sala de los Menesteres.

La referencia a Harry Potter, el mejor libro de fantasía de todos los tiempos para ella, hizo que a Mira se le acelerara el pulso. Saber que Bemus compartía su afición podría hacer surgir lazos de amistad entre ambos. Estaba absorta en sus pensamientos cuando reparó en que el muchacho la miraba arqueando una ceja. La estudiaba con detenimiento y, sin embargo, esta vez no se sintió juzgada. Era la primera vez. Allí no era el bicho raro, la loca de la hechicería y los conjuros. Ahora estaba entre iguales.

—¿Para qué sirve esta sala entonces? ¿Por qué está vacía? —preguntó tras carraspear para aclarar su voz.

—Está vacía porque así podemos darle el uso que queramos. Petitionem Revelare.

Bemus pronunció las palabras mágicas, varita en mano, con un ágil juego de muñeca. Acto seguido, la estancia se transformó en un campo de tiro con arco. Mira contempló absorta el cambio; el único espejo que quedaba en la habitación era el del fondo. Bemus repitió la operación y las dianas de papel junto a los bultos de heno fueron sustituidos por gigantescos muñecos de entrenamiento, semejantes a los que se utilizan en las artes marciales.

—Estos serán hoy tus enemigos.

—Vaya… no sé si podré con ellos —contestó Mira con falsa condescendencia.

Bemus sonrió de lado.

—Tendrás suerte si consigues acertar a uno solo.

—Tonterías…

Mira se había provisto de una máscara de modestia que la ayudaba a creer que podría con todo. Había pensado mucho en ello. Las palabras de Antía Woods le habían martilleado la cabeza sin parar: ella podía con todo. Al fin y al cabo, era la hija de alguien poderoso, y eso la diferenciaba de los demás. Solo era cuestión de intentarlo y de tener un buen mentor. No necesitaba más. Por eso contemplaba los muñecos divertida, imaginando cómo los hacía trizas. Aunque, en el fondo, deseaba más. Quería acción; quería luchar contra un mago de verdad. Empezaba a cansarse de que la trataran como a una cría inútil.

Bemus le tendió una varita que sacó de su túnica.

—Es de aprendiz. Con ella podrás iniciarte, pero después necesitarás la tuya propia.

Mira contempló el objeto en su mano con fascinación. El brillo de sus ojos delataba su ilusión. Era, con total probabilidad, la primera varita real con la que se topaba, y con ella cumple un sueño. En realidad, no había dejado de sentir que vivía en uno desde que llegó a FareWell. Lejos quedaban los días en los que no encajaba en ninguna parte. Palpó cada centímetro de la madera con sumo cuidado, como si pudiera romperla. Una vibración eléctrica recorrió su cuerpo de punta a punta, como si una conexión invisible se hubiera activado.




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