Mira Luna y la Academia Farewell

CAPITULO 31: El día de Alain Fleming

El día de Alain Fleming era el más festejado en FareWell. En Centralia, las calles desbordaban banderas azules y amarillas, pero en la Academia, Mira Luna solo sentía ganas de esconderse.

—Estamos ridículas —protestó frente al espejo, tirando de la tela—. ¿Andar en leotardos? Esto es un abrigo, no una túnica.

—Te equivocas en todo, Mira. Es una túnica —le corrigió Mafalda, ajustándose el cuello—. Y yo creo que estamos encantadoras.

—Encantador es un crío de ocho años. Nosotras parecemos bufones —sentenció Antía desde el umbral.

El traje de gala no encajaba con su estilo. El pomposo pañuelo y los leotardos amarillos contrastaban con su habitual seriedad, y la coleta tirante no la favorecía. Mafalda, con delicadeza, se acercó y le soltó la melena dorada. Antía se tensó ante el contacto, esquivando la mirada, pero al verse en el reflejo su expresión se suavizó. Con el pelo suelto el desastre era menor.

—Llegaremos tarde a la foto —advirtió Mafalda mirando su reloj.

Fuera, Alysson Spinster, la prefecta de Fleming, organizaba el grupo con mano de hierro. Al ver llegar a las tres rezagadas, avanzó hacia ellas con el ceño fruncido.

—Tarde, como siempre. ¿Cómo os atrevéis en un día así?

—Ha sido culpa mía, Alysson —intercedió Mira.

—Prefecta Spinster, gracias —la cortó tajante—. No dudaba de tu culpa. Id a la última fila, atrás del todo.

Alysson la empujó al fondo para hacerla pasar desapercibida. Mira notaba una inquina profunda en la prefecta, un rechazo que iba más allá de una simple antipatía escolar. Pero el plan de Alysson fracasó cuando el fotógrafo la señaló con el dedo.

—Tú eres Mira Luna, la chica protegida de Centralia, ¿verdad? —preguntó el hombre, atrayéndola al frente—. Colócate aquí, en primera fila. La prensa querrá ver tu cara.

Alysson se tragó la rabia. El Consejo había intentado mantener el caso de Mira bajo riguroso secreto, pero bastaba revelar un misterio a la persona equivocada para que se convirtiera en el chisme de la ciudad.

Al terminar la sesión, el trío caminó hacia las aulas. Un grupo de chicas Leónidas se cruzó con ellas, dedicándole a Mira una mirada cargada de hostilidad.

—Ya tienes club de fans —ironizó Antía.

Mira arrugó la frente, abrumada. ¿Haber llegado a FareWell había sido una buena idea? Semanas atrás lo creía con fervor; ahora, el peso de las miradas la hacía dudar. Mientras Mafalda y Mira cruzaban el umbral del aula de los elementales, Antía se paró en seco. Una sombra conocida la esperaba al final del pasillo. Elijah.

—Vosotras tres, a clas... —Alysson iba a dar la orden, pero se detuvo al ver a dónde miraba Antía. Su hermano Elijah aguardaba en el ala este. Sabiendo que no debía entrometerse, la prefecta fingió marcharse, pero se ocultó tras una columna para vigilar el lenguaje corporal de ambos.

Antía ni se percató de la presencia de Alysson. Estaba demasiado ocupada conteniendo la furia.

—¿Cómo se te ocurre hablar con la prensa? —le siseó a Elijah—. Abaddon se va a enterar. Todo el mundo sabe ya lo de Mira Luna.

—¿Me estás diciendo qué debo hacer? —La voz de Elijah sonó tan cortante como el hielo de un glaciar.

Antía dio un paso atrás. Conocía esa mirada; la había visto en su antiguo barrio, cuando él se presentó como su salvador antes de arrastrarla a sus hilos. Elijah leyó el miedo en sus ojos y, con una rapidez pasmosa, transformó su frialdad en una calidez fingida. Le acarició la mejilla con suavidad de terciopelo, un gesto que a Antía le erizó la piel de puro asco.

—¿Acaso no te fías de mí, querida? —preguntó él, entornando sus cristalinos ojos azules con fingida ternura.

Antía no pudo articular palabra. Solo asintió, atrapada en su red.

—Tengo un plan perfecto —susurró él—. Pero necesito que cumplas tu parte. Mira Luna debe ir al desfile de Centralia.

—¡No piensa ir! —protestó ella—. Detesta estas fiestas. Y yo tampoco iré.

—Irás. Y te asegurarás de que ella vaya a tu lado —la interrumpió, apretándole sutilmente la mandíbula—. Si sabes lo que te conviene, Woods. Ahora, lárgate a clase.

Antía huyó hacia el aula con el corazón desbocado. Alysson, decidida a no ser descubierta, se dio la vuelta para marcharse, pero una silueta se materializó frente a ella bloqueándole el paso. Era su hermano.

—¿A qué tanta prisa, hermanita? ¿Qué haces en el ala de los elementales?

—Soy la prefecta de Fleming. Es mi obligación —respondió Alysson, tragando saliva pero manteniendo la espalda recta—. La pregunta es qué haces tú aquí. Tú enseñas a los Preferentes.

Elijah sonrió. Era esa sonrisa desquiciada e ida que siempre lo había caracterizado. La misma que usaba cuando su propia familia lo echó a la calle como a un perro años atrás, una deuda que Alysson sabía que él aún no había olvidado.

Ella dio un paso atrás, instintivamente. En esa mirada azul, en apariencia inofensiva, distinguió un destello de pura crueldad que le heló la sangre. Alysson sintió un miedo legítimo hacia su propio hermano; a él, sin embargo, verla temblar solo le causó una profunda simpatía.




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