Mira se despertó en una sala oscura y fría. Le llevó demasiado tiempo ser consciente de la realidad; se sentó en la cama y observó a su alrededor, confundida. ¿Dónde estaba?
—¿Bemus?
La oscuridad le devolvió un eco prolongado. Aunque no podía ver nada, sí que podía sentir la profunda soledad de aquella estancia. Intuía, por la corriente de aire que llegaba hasta ella, que estaba completamente vacía. ¿Pero habría alguien más en algún rincón escondido? Sintió el miedo trepar por su columna vertebral y respiró hondo para intentar equilibrar sus emociones. Entonces recordó algo: era una bruja. No era de las mejores, pero había aprendido cosas. Cosas que podían ayudarla después de todo.
Se concentró.
—Et erit lux —susurró.
Un haz de luz creció en la palma de su mano. Mira se maravilló ante la reacción de sus palabras; todavía le costaba asimilar la nueva realidad en la que se había sumido. Dejó las celebraciones para luego, pues no era el momento, y se levantó lentamente para inspeccionar la habitación. Parecía una suerte de mazmorra antigua de piedra oscura. No había ventanas, ni muebles, ni cadenas, ni rastro alguno de otra persona. Tan solo quedaba una puerta —un arco de piedra, más bien— al fondo de la estancia. Mira no lo pensó dos veces; no quería arrepentirse. Se dirigió hacia la salida con el haz de luz sobre su mano, intentando averiguar dónde estaba y si tenía compañía.
La siguiente sala no era muy distinta. Se encontraba totalmente vacía: nada de muebles, nada de ventanas y nada de vida humana. Tan solo algunas ratas correteaban a sus anchas sin nadie que las molestara. De pronto, el pie de Mira se topó con algo frío, rígido y duro. Alumbró hacia el suelo y descubrió una cadena oxidada. La siguió lentamente y con precaución, en busca del principio de aquella secuencia de eslabones metálicos.
No esperaba encontrar nada parecido al final del rastro: un cuerpo huesudo y menudo, encadenado por una pierna. Una maraña de pelo blanco le salía de la cabeza. Estaba semidesnudo; tan solo llevaba un pañal de tela amarrado a la cintura. El hombre se mantuvo de espaldas a pesar de oír los pasos de Mira acercándose. Era extraño. Debía de llevar encadenado muchísimo tiempo a juzgar por su apariencia. Mira no sabía si sentir miedo o lástima.
—¿Hola? —preguntó—. ¿Está usted bien?
No obtuvo ninguna respuesta del anciano. Ni siquiera se apreció un mínimo movimiento por parte de aquel cuerpo inerte. Ella levantó el brazo despacio, acercando sus dedos con mucha precaución. El simple hecho de tocarle era peligroso; el hombre podía revolverse en cualquier momento. A saber qué poder ocultaba en aquel amasijo de huesos. Después de todo, si estaba encadenado, debía de ser por algo.
Sus dedos estaban a tan solo unos centímetros de la espalda, a punto de rozar una piel que, a corta distancia, se veía pálida y azulada. Cerca, tan cerca que podía notar el extraño calor que desprendía. Unos centímetros más. Solo un poco más…
El hombre se dio la vuelta de golpe. Dejó a la vista unos ojos blancos y saltones, junto a una boca de dientes negros donde faltaban más de la mitad. Mira retrocedió de un brinco. Aquel rostro era el de la mismísima muerte.
—Magnus…
¿Magnus? ¿Dónde había escuchado ese nombre antes? No podía recordarlo; al menos, no bajo tanta presión, pero ya lo pensaría más tarde.
—¿Quién es usted?
—Magnus… —repitió el hombre.
En realidad, era la única palabra que el extraño individuo pronunciaba sin cesar, pero Mira estaba segura de que no era su propio nombre. Fuera quien fuera Magnus, no estaba en aquella habitación. Siguió estrujándose la mente, recorriendo cada recóndito lugar de su cerebro en busca de aquel término que no terminaba de evocar. Una palabra de dos sílabas: Magnus.
—Magnus… —insistía el prisionero.
—No soy Magnus. No sé quién es Magnus, no consigo recordarlo. Mi nombre es Mira. Mira Luna, señor.
Su nombre pareció causar una fuerte reacción en el hombre, que abrió los ojos con asombro. Comenzó a ponerse nervioso; daba pequeños saltos en el sitio mientras emitía unos extraños gemidos. Parecía que se hubiera olvidado de hablar. Las palabras no conseguían salir al exterior, quedando atrapadas en su garganta. El hombrecillo luchaba contra sí mismo para convertir los ruidos en algo entendible; Mira podía notar su batalla interior, pero todos sus esfuerzos eran en vano. El prisionero estaba tan frustrado que tiró de las cadenas con fuerza, haciendo que ella se sobresaltase.
—Voy a intentar soltarle, déjeme que…
El hombre protestó enérgico a la vez que escondía las cadenas tras su espalda. Era como si no quisiese que lo liberaran, o eso fue lo que Mira interpretó por su reacción.
—¿No quiere que lo libere?
El anciano negó con la cabeza.
—¿Pero por qué?
Mira cada vez entendía menos. No sabía dónde estaba y muchísimo menos cómo había llegado hasta allí. No sabía quién era aquel hombre tan extraño, ni quién lo tenía prisionero, ni por qué. Y luego estaba ese nombre, Magnus, que se repetía una y otra vez en su cabeza, causándole una gran irritabilidad.
Si hubiera dedicado más tiempo a entrenar, podría haberse defendido mejor. Ahora era cuando se daba cuenta de que, en realidad, no había aprendido nada: demasiada teoría inservible y poca magia. No entendía la metodología de FareWell, ni por qué no dedicaban más tiempo a preparar a los jóvenes magos para situaciones como esta. Seguramente se debía a lo que Bemus le había contado: el mundo mágico había vivido demasiado tranquilo. No se imaginaba al director Bartos Spenscer reconociendo que los pilares de su congregación pudieran tambalearse de forma tan brusca, ni quería imaginar la cara de la profesora Birdwhistle si la viera ahora mismo en esa situación.
Comenzó a sopesar la idea de que pudiera estar soñando. Sí, quizás era eso: un simple sueño, como muchos de los que había tenido hasta el momento. Pero parecía tan real… Y no podía olvidarse de las marcas con las que había despertado en las ocasiones anteriores; marcas que nadie podría hacerse en un simple sueño. Cabía la posibilidad de que se hubiera autolesionado sin ser consciente, ya que había leído sobre ello. Un dos por ciento de la población mundial se autolesionaba durante un sueño violentó. Es un porcentaje muy bajo, es cierto, pero no tan bajo como la posibilidad de ser una maga. Si se comparaba con eso, todo era posible. También había leído que la violencia durante un sueño podía ir desde un simple golpe hasta caerse por una ventana, lo que vendría a entenderse como sonambulismo en alguno de sus grados. Había intentado convencerse a sí misma de que esto era lo que le estaba sucediendo. De momento, no había tenido demasiado éxito; sobre todo cuando pensaba en la figura de Abaddon junto a ella. Demasiado real. Demasiado terrorífico para ser una simple invención de su mente. ¿Y todo lo que Abaddon le había dicho? ¿Cómo podía su mente inventarse un discurso así? Era demasiado improbable.