Era casi medianoche. Adrien descansaba tranquilo en su habitación cuando, de repente, Marinette apareció en la mansión. Él se sorprendió por completo; no entendía qué hacía ella ahí a esas horas y sin haberle avisado antes. Al verlo, Marinette solo se le quedó mirando. No sabía cómo explicarle la verdad, ni si tendría el valor de hacerlo.
—Marinette, ¿pasa algo? —preguntó Adrien, rompiendo el silencio.
Ella quería decírselo, pero el miedo a su reacción la paralizaba. Tras quedarse un momento callada, pensando qué hacer, solo pudo decir con desesperación:
—Yo... yo te amo, Adrien —dijo, tartamudeando.
De inmediato, Marinette rompió a llorar. Al ver a su novia en ese estado, Adrien no lo pensó dos veces y la abrazó con fuerza, aunque no tenía la menor idea de la razón de su llanto.
Poco después, Marinette se apartó. Esta vez estaba decidida. Tenía que contarle toda la verdad: que su padre, a quien todo el mundo consideraba un héroe, era en realidad el verdadero villano detrás de todo el caos de París
—Marinette, me preocupa mucho verte así —le dijo Adrien, mirándola a los ojos—. Por favor, dime qué sucede. Quiero ayudarte.
—Es que no sé si puedas... —respondió ella, con la voz quebrada—. Te juro que todo lo que hice fue para protegerte. No quiero que sufras, mi amor.
Adrien se sintió aún más confundido, pero la gravedad de sus palabras le dejó claro que había algo muy profundo que la estaba atormentando.
—Marinette, estás mal. Por favor, dime qué pasa.
Ella empezó a temblar. Lo miró en silencio durante unos segundos antes de intentar hablar otra vez.
—Adrien, yo... yo... —Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas. Apretó los puños y, clavándole la mirada, exclamó—: ¡ADRIEN, TÚ-!
La puerta se abrió de golpe, interrumpiéndola.
—Marinette, ¿qué haces aquí? —preguntó Nathalie, entrando a la habitación.
—¡Nathalie! —dijo Adrien, sorprendido.
—Nathalie, por favor... —suplicó Marinette.
Nathalie ya intuía perfectamente a qué había ido Marinette a la casa. Asustada por lo que pudiera pasar, intervino a toda prisa con un tono falsamente calmado:
—Marinette, te ves muy angustiada. Te acompaño a la cocina para darte un vaso de agua.
—Yo las acompaño —se ofreció Adrien de inmediato.
—NO... —lo cortó Nathalie, para luego suavizar la voz—. Digo, no es necesario, Adrien. Yo la voy a acompañar, ella va a estar bien. ¿Verdad, Marinette?
Marinette hizo un esfuerzo enorme por calmarse y no derrumbarse ahí mismo. Se quedó en silencio, miró primero a Nathalie y luego se giró hacia Adrien.
—Sí... Estaré mejor cuando vuelva.
Nathalie miró al chico antes de salir.
—No te preocupes, ya volvemos.
En cuanto la puerta se cerró y se aseguró de que estaba solo, Plagg salió de su escondite.
—¿Qué crees que le pase a Marinette? —preguntó Adrien, angustiado—. ¿Crees que sea algo grave?
Plagg, que también sabía la verdad y sospechaba exactamente qué estaba pasando, se puso nervioso. Intentando disimular lo mejor posible, contestó:
—Ah... No creo que sea algo grave. Ya sabes cómo es ella.
En la cocina:
Nathalie llevó a Marinette rápidamente hacia la cocina, cerrando la puerta detrás de ellas. En cuanto estuvieron a solas, la confrontó de inmediato.
—¡Tienes suerte de que aparecí antes de que cometieras una estupidez! —le reclamó, con voz contenida pero furiosa—. ¿Pero qué ibas a hacer?
—¡Nathalie, ya! —estalló Marinette, al límite —. ¡Ya basta! ¡Ya no puedo más, ¿es que no lo entiendes?!
—¡Marinette, cállate! Nos pueden oír —la cortó Nathalie, mirando de reojo hacia la puerta.
Marinette bajó el tono, aunque la desesperación en su voz seguía intacta:
—Es que creo que ya ni siquiera me importa. Sería mejor así, terminaría con esto de una vez por todas.
Nathalie respiró hondo, intentando mantener la calma, pero le siguió hablando de manera firme y directa:
—Exacto. Marinette, ¿de verdad quieres sacrificar tu relación? Yo soy testigo de cómo ustedes intentaron vivir su amor mientras Gabriel no los dejaba. Ahora, después de todo lo que han pasado para estar juntos, ¿quieres echarlo todo a la basura?
—Yo no entiendo cómo puedes... cómo puedes seguir actuando de manera tan normal —dijo Marinette, mirándola con incredulidad.
—Marinette, ¿no te das cuenta de que si abres la boca puedes ocasionar que lo akumaticen? La muerte de su padre fue muy dura para él; todavía tiene que ir a terapias. ¿Qué crees que pasará cuando se entere del monstruo que fue en realidad?
De pronto, el tono de Marinette cambió. Se volvió frío, seco, directo:
—¿Por qué no piensas en mí? Tú estás acostumbrada a mantener secretos, a creer que el fin justifica los medios. Pero yo no. Esto me está matando. No voy a poder disimular por mucho tiempo; tarde o temprano se va a dar cuenta. ¡Ya se está dando cuenta!
—Por eso mismo te tienes que calmar.
—Ya lo intenté —replicó Marinette, y la voz se le volvió a quebrar—. Todos estos días lo he estado intentando y la culpa no me deja en paz. Ni siquiera puedo dormir tranquila porque hasta en mis sueños aparece Gabriel. Y créeme que he intentado olvidarlo, no creas que no. He tratado de no pensar. Pero en todos lados me recuerdan lo "buena gente" que fue Gabriel Agreste, el "héroe" que salvó a París.
—¿Ya se te olvidó de quién fue esa magnífica idea? —le recordó Nathalie con dureza—. Porque yo recuerdo muy bien ese día: fuiste tú la que quiso inventar esa historia.
—Lo sé. Una parte de mí no se arrepiente, pero la otra sí. La otra hubiera preferido decir toda la verdad.
—Marinette...
—¡No! ¿Por qué tuvo que pasar esto? —la interrumpió, tapándose la cara—. ¿Cómo llegué a este punto? ¿Cómo es que las cosas se volvieron tan difíciles? Gabriel ya está muerto, se sacrificó antes de pedir su deseo. Se supone que debería sentir pena por él, pero además de eso siento rabia, siento rencor. Nada de esto hubiera pasado si él no hubiera decidido encontrar esos malditos Miraculous, si no hubiera decidido ser un supervillano. El Maestro Fu jamás habría tenido que darme el Miraculous de la mariquita. Yo igual habría conocido a Adrien... pero sería feliz.
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Editado: 19.05.2026