El departamento seguía igual de caótico.
Las botellas vacías aún decoraban el suelo, la ropa seguía esparcida como si el tiempo nunca hubiera avanzado, y el aire aún cargaba ese denso aroma a alcohol mezclado con resignación.
Pero algo era distinto.
Sobre la mesa, descansaba un ramo de flores violetas, recién comprado.
El mismo tono exacto que, en una conversación lejana, Miranda había mencionado como su color favorito. Él lo recordaba. No porque ella lo hubiera enfatizado, sino porque él había escuchado. Y eso ya decía todo.
En el baño, la escena era otra.
Ryan estaba inclinado sobre el lavamanos, con una máquina de afeitar antigua en una mano y unas tijeras oxidadas en la otra.
El zumbido de la máquina rompía el silencio mientras recortaba su barba con precisión, dejando caer pequeños mechones oscuros en el lavabo. Cada corte era una pequeña declaración: ya no más lo mismo.
Después de afeitarse, se metió bajo la ducha. El agua golpeaba su espalda como si lo despojara de los días anteriores, de las excusas, del abandono.
Salió, se secó con rapidez y se vistió con una camisa blanca, recién planchada, que sacó del fondo de su armario. Encima, una chaqueta negra. Clásica. Sencilla. Elegante a su manera.
Se perfumó.
Pasó el peine con lentitud por su cabello.
Luego abrió el congelador y sacó un par de cubitos de hielo. Se los pasó por el rostro, combatiendo el rastro de cansancio en sus ojos, borrando las marcas de las noches sin descanso.
Y, por primera vez en mucho tiempo, se miró al espejo y se sintió bien con lo que veía.
No era perfecto. Pero era diferente.
Más claro, más decidido.
Sus dedos tomaron el ramo de flores con cuidado.
Se giró para ver su reflejo completo una última vez. El caos detrás de él seguía presente, pero por primera vez, no parecía pertenecerle.
Ese hombre frente al espejo no era el mismo de ayer.
Con una sonrisa leve, se dirigió a la puerta, la abrió y salió. Cerró con llave.
No tenía coche, pero no le importaba.
Cada paso que diera sería parte del cambio. Parte del momento.
Mientras caminaba con sus zapatos negros brillantes golpeando el pavimento, Ryan Bennett llevaba consigo más que un ramo de flores.
Llevaba esperanza.
Y una sola pregunta palpitando en su pecho:
¿Qué dirá Miranda… cuando me vea así?
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El cielo estaba limpio como una hoja en blanco.
Ni una sola nube lo cruzaba, y el sol de la tarde bañaba las calles con un calor suave, reconfortante. La luz proyectaba sombras largas sobre la acera, como si el día supiera que algo importante estaba por suceder.
Ryan Bennett caminaba con pasos firmes, aunque su interior era un torbellino de nervios.
La brisa le acariciaba el rostro.
El ramo de flores violetas descansaba en una de sus manos, bien envuelto. La otra se alzaba de vez en cuando para alisar su cabello o limpiar el sudor invisible de la frente. Cada paso lo acercaba más a la esquina. Y tras esa esquina… la casa de Miranda.
Respiró profundo.
El aire era fresco, limpio. El tipo de aire que acompaña los nuevos comienzos.
Doblando la esquina, su corazón empezó a acelerarse.
Allí estaba, la casa de Miranda.
El jardín seguía tan impecable como siempre. La puerta blanca, entreabierta. El césped brillaba bajo el sol de la tarde. Pero no era eso lo que lo detuvo.
Fue lo que vio junto a la puerta, Miranda y Ethan,
sentados juntos en los escalones de la entrada.
Hablando. Riendo.
Ella lo empujó suavemente del hombro y él fingió perder el equilibrio, soltando una carcajada que se perdió en el aire como una bofetada invisible.
Ryan se detuvo en seco.
Como si su cuerpo no pudiera avanzar ni un paso más.
Sus ojos se quedaron clavados en aquella imagen que parecía sacada de otro universo.
El ramo temblaba en su mano.
Se dio un paso atrás, instintivamente, ocultándose tras uno de los coches estacionados en la vereda.
Desde allí, observó en silencio. Invisible. Silencioso.
Un espectador de algo que, hasta hacía unos minutos, le pertenecía a sus pensamientos. A sus ilusiones.
Miranda se inclinó para mostrarle algo en su celular. Otra risa. Otro momento compartido.
Genuino.
Ryan tragó saliva. El mundo se volvió borroso por un instante.
—¿Qué hace él aquí? —susurró para sí mismo.
¿Ethan no debería estar en el trabajo? No en su tiempo libre. No con ella.
Apretó el ramo con fuerza. Los tallos crujieron levemente bajo la presión de su mano.
Toda la preparación. Todo el esfuerzo, para esto,
no podía hacerlo. No ahora.
No quería interrumpir algo que parecía tan... natural.
Y de pronto, todo se sintió como una herida abierta.
Giró sobre sus talones con un silencio ensayado.
Comenzó a caminar de regreso por la vereda vacía, cada paso más pesado que el anterior.
No miró atrás, no quiso, no pudo.
El ramo de flores resbaló de su mano. Cayó al suelo con suavidad, como si incluso las flores entendieran que ya no eran necesarias.
Ryan siguió caminando, más solo que antes, más perdido que nunca.
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El vapor se deslizaba por las paredes del baño, formando una niebla densa y espesa que empañaba el espejo. El único sonido era el del agua cayendo con suavidad sobre el rostro de Miranda. Sus ojos estaban cerrados. La cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Los hilos de agua recorrían sus mejillas, sus labios, su cuello… Como si quisieran llevárselo todo, incluso los restos del miedo que había sentido por la mañana.
Respiró hondo.
Quizás —se decía a sí misma— todo había sido una exageración. Un malentendido. Un susto pasajero. No tenía sentido arruinar un buen día con pensamientos irracionales.
Cerró la llave de la ducha. El agua se detuvo con un último goteo.
Se envolvió con una toalla blanca y abrió apenas la puerta del baño. Una ráfaga de vapor escapó al pasillo. Luego tomó otra toalla, más pequeña, y empezó a secarse el cabello frente al espejo. Su piel, aún húmeda, brillaba con una delicadeza cálida bajo la luz amarilla del foco. El aroma del shampoo, dulce y floral, parecía llenar el cuarto. Había algo hipnótico en ese momento… casi sagrado.