Miranda Hayes: No Estoy Sola

Capítulo 2

El repiqueteo de teclados, el murmullo de voces y el inconfundible aroma a café barato llenaban la comisaría. Ethan Parker estaba en su escritorio, hojeando informes de incidentes menores con el ceño ligeramente fruncido. Sus ojos escaneaban los papeles con concentración, pero en el fondo sabía que nada de aquello le acercaría a lo que realmente quería: ser un policía de verdad, alguien digno de confianza y respeto.

A sus veinticinco años, aún lo veían como un novato. Lo sabían sus compañeros, lo sabían sus superiores y, en el fondo, lo sabía él mismo. Pero en lugar de frustrarse, Ethan aceptaba el reto. Sabía que el camino para ser un gran oficial estaba pavimentado con casos aburridos y tareas insignificantes.

Mientras hojeaba un informe sobre un altercado menor en un supermercado, sintió la presencia de alguien a su lado. Levantó la mirada y vio a su compañero, Matt Reynolds, apoyado con desparpajo en su escritorio, sosteniendo un café humeante.

—¿Algo interesante en esos papeles, Parker? —preguntó Reynolds con una media sonrisa. Luego lo observó con más detalle y añadió, burlón—: Te ves mejor que la semana pasada. No me digas que tu suerte en el amor ha cambiado.

Ethan le lanzó una mirada fugaz y volvió a sus documentos, sabiendo perfectamente a dónde iba la conversación.

—Si te refieres a Miranda Hayes… —dijo sin apartar la vista de los informes—. Solo somos viejos amigos.

Reynolds soltó una carcajada sarcástica.

—Oh, claro. Porque una estrella de cine siempre elige como mejor amigo a un policía novato. Vamos, Parker, ni siquiera tú puedes creerte eso. Mejor concéntrate en ascender antes de soñar con cosas imposibles.

Ethan apretó la mandíbula, pero mantuvo su tono sereno.

—Ya te dije que no pasa nada. Solo amigos.

—Sí, sí, lo que digas… —Reynolds le dio un golpecito en el hombro antes de alejarse con su café, sin creer ni una palabra.

Ethan dejó escapar un suspiro y se dejó caer contra el respaldo de su silla giratoria, pasándose una mano por la cara. No le importaban las bromas de sus compañeros, pero sí lo frustraba la forma en que lo subestimaban. «Algún día —pensó— voy a demostrarles lo que valgo».

Por un momento cerró los ojos, y en la oscuridad de su mente apareció una imagen. Una sonrisa. Radiante, genuina, capaz de iluminar cualquier lugar en el que estuviera. Miranda. Solo pensar en ella lograba calmarlo.

Pero el momento se rompió cuando el teléfono de la oficina sonó, su estridente timbre perforó el ambiente. Un oficial superior lo atendió, e Ethan, por inercia, alzó la mirada.

—Tenemos una llamada desde West Hollywood —anunció el oficial con voz firme—. Un residente reporta a un hombre sospechoso merodeando su vecindario. Insiste en preguntar por una dirección y se niega a marcharse. ¿Alguien disponible?

Ethan desvió la vista con indiferencia. Solo otro caso aburrido de los que les asignaban a los novatos.

—Parker está libre —dijo Reynolds de repente, con un tono claramente provocador.

El oficial superior, un hombre de mirada severa y cejas gruesas, giró la cabeza hacia él y caminó lentamente hasta su escritorio.

—¿Está ocupado, Parker? —preguntó con voz calmada pero firme.

Ethan se enderezó en su silla.

—No, señor.

—Bien. Tome el caso. Le tomará cinco minutos si es astuto. Dudo que sea complicado.

—Entendido —respondió Ethan sin dudar.

El oficial asintió y volvió al teléfono.

—Espere en casa con calma, el oficial Parker está en camino.

Ethan se levantó, ajustando su cinturón y revisando su equipo. No era el tipo de caso que le daría reconocimiento, pero al menos era trabajo. No tenía miedo ni ansiedad, solo determinación. Se subió a la patrulla, encendió el motor y aceleró rumbo a West Hollywood.

Mientras tanto, el aroma a café recién hecho flotaba en el aire, envolviendo la cafetería en una calidez reconfortante. Desde la calle, el olor escapaba por la puerta entreabierta, mezclándose con el bullicio lejano de la ciudad.

Sentados frente a frente en una mesa junto a la ventana, Miranda Hayes y Ryan Bennett compartían una taza de café. La luz del sol se filtraba a través de los ventanales, iluminando el rostro impecable de Miranda, resaltando su piel radiante y esa elegancia natural que la hacía destacar sin esfuerzo.

Ryan, en cambio, no lucía tan bien. Sus ojos enrojecidos y las sombras bajo ellos hablaban de otra noche de excesos. Intentaba disimularlo, pero Miranda lo notó al instante. Revolvió su café con calma, observándolo con una mezcla de diversión y preocupación.

—Así que… otra noche de fiesta, ¿eh? —dijo ella, arqueando una ceja con una sonrisa ligera.

Ryan se encogió de hombros y tomó un sorbo de su café. Un leve rastro de alcohol aún impregnaba su aliento, algo que no pasó desapercibido para Miranda.

—No es mi culpa que las mejores fiestas siempre me encuentren —bromeó, con su clásica actitud despreocupada.

Miranda rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. Su risa era suave, natural, de esas que iluminan un lugar sin esfuerzo. Y para Ryan, esa sonrisa lo era todo.

Ella suspiró y llevó la taza a sus labios, dándose un momento antes de hablar. Conocía a Ryan desde hacía años. Sabía que era un buen tipo, con un gran sentido del humor y un corazón más noble de lo que él mismo admitía. Pero su debilidad por la fiesta y el alcohol lo mantenían atrapado en un ciclo que ella no podía ignorar.

—Deberías intentar quedarte más en casa y… no sé, ver una película en lugar de beber con extraños —sugirió con tono relajado, pero con una preocupación real en su mirada.

Ryan apoyó los codos en la mesa y la miró directamente.

—Lo haría si tuviera a alguien con quien verla —dijo; su voz tenía una insinuación apenas disimulada.

El aire entre ellos cambió sutilmente. Miranda sintió el peso de esas palabras, pero decidió ignorarlo. Sonrió con ligereza y desvió la mirada a su café.




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