Mis días con Kate

Capítulo 07

A la semana siguiente Kate encontró maneras elegantes para evadirme. Un:

«Estoy ocupada» o «Disculpa, debo hacer estos deberes»

Después del cuarto intento entendí que necesitaba de la soledad para calmar sus nervios y me aparté. Las partidas de póker y los juegos de fútbol perdieron su encanto de a poco y debo confesar lo que eso me sorprendió. Supongo que me hacía falta Kate, más aún así continúe restringiendo mis acercamientos, al menos eso hice hasta el jueves de esa semana.

El profesor Stephen nos hizo entrega de nuestros cuentos corregidos. Yo saqué un siete sobre diez, la nota más alta después de la de Kate. Si ella sintió algún tipo de emoción cuando Stephen le entregó su crítica lo disimuló muy bien. Ella sacó un nueve sobre diez, sí, una excelente nota, pero estamos hablando de Kate Flint; la niña que no dejó a su mejor amiga leer sus cuentos sino hasta un año después de conocerla, la niña que lloró cuando Stephen Parker le pidió una crítica de un cuento inédito de su autoría. Así que no podía siquiera adivinar qué estaba sintiendo con el nueve sobre su trabajo, pero sí pude ver claramente lo que sintió al final de la clase.

Luego de la última campana el aula se llenó del ruido de cremalleras de mochilas, risas y de las suelas de los zapatos de los alumnos que se marchaban.

—Señorita Flint, acérquese un momento.

Quedé ligeramente elevado en mi asiento, me senté de nuevo fingiendo revisar algo en mi mochila, Kate caminó hacia el escritorio con su mochila meciéndose en su espalda, y yo no había notado a Alina sentada al final del salón. No pude escuchar con claridad la conversación entre el profesor y Kate, pero puede captar en el aire las palabras: «Supe que» «cuento» «¿podrías?» Seguidas por un asentimiento de Kate y una rápida retirada.

Fue entonces cuando me fijé en Alina, que caminó hacia el profesor y le habló con una sonrisa, luego se fue. La seguí por el pasillo dispuesto a preguntarle qué había pasado en el aula cuando nos topamos con Kate. Tenía los brazos cruzados sobre la pared y la cara enterrada entre ellos. Alina se detuvo a su lado, yo atrás de ella, solo entonces me vio pero no me dijo nada.

—¿Kate?

Dio un respingo y se giró a vernos. Tenía la cara completamente roja, las manos en dos puños y las mejillas empapadas de lágrimas. ¿Eran de alegría, tristeza o rabia? Pronto lo descubrimos.

—¿Quién de ustedes fue? —Fruncí el ceño, Alina se apartó el flequillo de la frente—. ¿Quién de ustedes...?

—¡Fui yo! ¿Bien?

¿Nunca se han sentido que están de sobra? Yo sí. Las amigas se miraron directo a los ojos y no sabría explicar qué pensaban, solo supe que vi un montón de sentimientos emanar de la una hacia la otra. Rabia, arrepentimiento, desilusión, cariño.

—No tenías ningún derecho a hacer eso, Alina.

—¿Qué no lo tenía? Si no lo hacía yo tú jamás lo hubieras hecho. Kate, esta es tu oportunidad, no puedes dejarla ir así —Dos más dos, nunca un ejercicio fue tan sencillo y tampoco fue difícil saber quién tenía razón.

—Alina tiene razón, Kate. Si Stephen te recomienda a alguna editorial

—¡Cállense! ¡Y váyanse al diablo los dos! —La escritora nos dirigió una pequeña ración de odio a ambos y se marchó.

—No la entiendo, Julian. Tiene esta espectacular oportunidad y...

—¿Por que lo hiciste? —Me miró meditando su respuesta, se encogió de hombros y comenzando a caminar contestó.

—No lo sé, la extraño. Pensé que, bueno ya sabes cómo es, ella jamás le hubiera dicho al profesor Stephen que escribe, así que pensé que si yo la ayudaba y a Stephen le gustaba su historia, pues quizás podríamos volver a ser amigas.

—Entiendo, pero lamento que no haya sido una buena idea. Verás, Kate pasó días horribles por la critica que Stephen le pidió de su cuento.

—Por eso faltó tantos días, ¿eh? —Asentí.

—No puedo creerlo, si yo tuviera la mitad de su talento. Julian, tienes que hablar con ella. No puede perder semejante oportunidad por su inseguridad.

—Haré lo que pueda, pero ya sabes cómo es.

—Sí, lo sé —Caminamos en silencio hasta la salida del instituto, solo entonces se giró a verme y me soltó esto:

—¿Sabes? Tú y Kate harían linda pareja. Deberías considerar decirle lo que sientes, porque créeme, ella jamás se va a dar cuenta —Me guiñó un ojo y se fue.

Ese fue el mejor consejo que me dieron hasta el momento. Pero no corrí a su casa a gritarle desde la calle que la amaba, no. Decidí hacer algo mucho mejor. Había esperado un año, no podía simplemente ir y decirle: «Ey Kate, me gustas, ¿te gustaría salir conmigo?» Una estrategia de ese tipo me habría costado un buen insulto.

Pasaría el fin de semana y un día más antes de que moviera mis piezas. Fue un martes por la tarde. En el instituto habría sido imposible. No solo porque Kate había adoptado la ley de hielo para con Alina y conmigo, sino porque sería muy poco personal. Ya podía imaginar que la escritora estaba teniendo una semana difícil. Si no la pasó nada bien cuando tuvo que escribir la crítica, entonces que tenía que escribir un cuento para Stephen de seguro no la estaba pasando mejor.

Así que el martes por la tarde me puse vaqueros negros, una playera blanca con un dibujo en negro de una calavera y compré una bolsita de gomitas dulces en forma de animalitos en la tienda. La señora Flint me recibió con su amabilidad de siempre y me invitó a subir. La puerta de la habitación de Kate estaba abierta, ella estaba sentada frente a su escritorio, tenía una lapicera que acaba en una pluma blanca y que se movía al compás que Kate le marcaba. Sobre la cama había un gatito negro hecho un ovillo.

—¿Interrumpo? —Kate se giró en su silla y me vio entornando los ojos.

—¿Qué quieres?

—Vaya, pero cuanta amabilidad —Entré y señalé al minino—. No sabía que tenías un gato.

—No tenía, lo recogí en la esquina. Lo dejaron en una caja junto con otro blanco.




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