La vida escolar no cambió mucho las semanas siguientes. Clases, recesos, noviazgos y rupturas nuevas. Deberes y exámenes reprobados. Alina llegó cierto día con el cabello recortado a la altura de los hombros y en otra ocasión Cristian se encontró solo en los recesos. Lisa lo había cambiado por uno de los chicos de quinto curso. Una semana después Cristian volvía a ser el de siempre, regresó a los partidos de fútbol y las manos de póker. Nunca nos habló de su relación con Lisa, nadie le preguntó tampoco.
Kate escribía todo el tiempo, parecía que sus manos no tenían descanso nunca. Desde el día que me prometió salir conmigo si a Stephen le gustaba su historia no habíamos vuelto a hablar. No quería presionarla y sentía que el momento decisivo para ambos llegaría cuando Stephen tuviera el cuento de Kate en sus manos. Sin darme cuenta había convertido la futura respuesta de Stephen en algo importante para los dos. Confiaba ciegamente en el talento de Kate, pero nuestro profesor de literatura era un escritor reconocido. ¿Y si no le gustaba la historia de Kate? Solo quedaba esperar.
Cierto día, al pasar por el salón de profesores, vi a Emilio hablando con el profesor Stephen. No alcancé a escuchar de qué hablaban, pero parecía como si el profesor lo estuviese felicitando. Más tarde ese día intercepté a Emilio en los lavados y le pregunté, esto fue lo que me contestó:
—¿Recuerdas que tardé en entregarle mi cuento? —Asentí—. Bueno, me dijo que valió la pena la espera después de todo. Le gustó muchísimo mi cuento y hasta me ofreció enviarlo a una revista. ¿Puedes creerlo?
No, no podía creerlo. Emilio nunca se había caracterizado por ser bueno en algo, no se diga en literatura. Él era perezoso por naturaleza, y dudaba mucho que hubiera escrito algo que ameritara semejante halago de un escritor como Stephen. Aunque por otro lado se me ocorrió una opción que me inquietaba. El profesor también había halagado mi cuento, ¿y si después de todo solo era condescendiente? Si Kate llegaba a percibir lo mismo que yo se desilusionaría y de inmediato tomaría cualquier halago de Stephen como una condescendencia. Me abstuve de contar lo de Emilio.
Las lluvias azotaron la ciudad por un largo periodo. En esos días, luego de clase, solía quedarme encerrado en mi casa. Veía televisión, leía historietas y comía como si el mundo fuera a acabarse de un momento a otro. En uno de esos días de absoluta vagancia, mientras la lluvia repiqueteaba en la ventana de mi habitación tuve uno de esos momentos en los que te crees capaz de ver el futuro. Me vi en una cita con Kate, ella sonreía y comía de un enorme algodón de azúcar, la visión se nubló y al segundo siguiente estábamos metidos en un lago hasta la cintura, el agua era tan clara que veía el fondo verdoso del lago. Se nubló de nuevo y aparecimos en una casa de dos plantas, con azulejos blancos en el suelo y paredes azul rey. Y así seguí imaginando hasta que el sueño se abrió paso y ennegreció mi consciencia.
Cuando me desperté la lluvia se había detenido y mi madre me llamaba desde la planta baja, supe entonces que eso era lo que me había arrancado de las garras del sueño. Bajé las escaleras en medio de un bostezo y quedé más que pasmado al adivinar la figura de Alina sentada al sofá rojo de la sala.
—Oh, míralo ahí. De seguro estaba dormido, ¿lo estabas?
No esperó respuesta, se levantó y se dirigió a la cocina mascullando algo sobre mi holgazanería. Me froté la cara con ambos manos consciente del rostro que debía lucir en ese instante y me senté donde en otrora estuviese mi madre. Alina llevaba vaqueros ceñidos y una chaqueta de cuero marrón sobre una blusa blanca, su cabello ahora corto hasta los hombros caía en rizos hechos.
—¿Y bien? ¿Qué haces aquí?
—De donde vengo primero se saluda —Largué un bostezo bien intencionado y enarqué una ceja.
—Sí, en gente que se agrada, creo que no es un secreto que lo único que nos unía era Kate y bueno, tú la cambiaste por Lisa.
—Siempre me pareciste tan imbécil —Rodeó los ojos—. Como sea, estoy aquí por ella, precisamente.
—¡¿Le pasó algo?!
—No... aun no.
Siguió uno de esos silencios incómodos que anteceden a muchos pleitos, tragué saliva y la miré con desconfianza. Alina nunca me había agradado, eso no era ningún secreto, pero con el tiempo había llegado a soportarla e incluso a entenderla. Hija única, más alta que el resto de sus compañeros, no muy buena estudiante pero sí carismática. ¿Por qué seguía siendo invisible en la comunidad adolescente? Quizás por sí sola no podía brillar, pero entonces sí lo hacía y era evidente en su forma de comportarse últimamente, en el brillo febril de su mirada, que no iba a permitir regresar al banquillo de los renegados.
—Dime qué quieres Alina —Se metió un par de rizos por detrás de la oreja y dijo.
—Pasa esto Julian, hay un chico en el instituto, de quinto curso que... bueno, la cosa es que él está interesado en Kate —Lo admito, jamás lo vi venir. ¿Alguien más interesado en Kate? Eso no podía ser o al menos eso era lo que yo quería creer.
—Pues que triste por él.
—¿Por qué? —Me recosté sobre el respaldar del sofá como si fuera lo más obvio del mundo.
—Kate jamás saldría con un imbécil de quinto curso.
—No sabes quién es.
—¿Y qué? Sea quien sea, Kate es demasiado lista para salir con alguno de esos idiotas —Sonrió de una forma que no me gustó en lo absoluto—. A todas estas, no sé para qué vienes a mi casa a contarme todo eso.