Mis días con Kate

Capítulo 09

El idiota de quinto curso se llamaba Lewis, cabello negro bien recortado, un poco robusto pero bastante alto, piel clara y cara de imbécil. Lo vi en los recesos con Alina y Lisa, cuchicheaban por las bancas y casi podía oír la voz de Alina contándole todo lo que sabía sobre Kate:

«Le gusta el color de las moras maduras y ese olor, es admiradora del profesor Stephen Parker, quien es un importante escritor, le gusta las películas de fantasía y quiere ser escritora».

Pero había cosas que Alina no sabía, no sabía que en su habitación había un gatito negro sin nombre y que Kate me hizo una promesa.

Un viernes de mediados de año escolar estaba jugando fútbol con los muchachos; Cristian estaba en la portería de mi equipo y Emilio, que jugaba en el equipo contrario, le hizo un gol bastante bueno, aunque debo resaltar que nadie estaba realmente atento a lo que pasaba en nuestro pequeño partido. Cristian no era el mismo desde que Lisa terminó con él, parecía un sonámbulo la mayor parte del tiempo y en los partidos eso no cambiaba. La pelota entró por su derecha mientras él se movía con pesadez hacia el otro lado. No sabría decir qué hacia el resto del equipo, pues yo tampoco estaba concentrado en el juego.

En las bancas, Kate llevaba alrededor de diez minutos sentada, lápiz y libreta en mano, me había hecho un gesto de saludo con la mano cuando llegó y luego se sumergió en su escrito. Minutos después Lewis se había sentado a su lado, no tan lejos como me habría gustado y en cinco minutos logró entablar una conversación con Kate. Al principio la vi un tanto indiferente, típico en ella y un alivio para mí, pero luego vi fluir las cosas entre ellos. Ella comenzó a reír con timidez y él a sentirse más seguro. Hablaba más, gesticulaba con energía y sonreía como un idiota.

—¡Julian!

Una milésima de segundo luego de que alguno de los muchachos gritara mi nombre vino el impacto. El balón de futbol me golpeó de lleno en la cara; vi a la escritora levantarse al instante y correr por las grades, alcancé a atisbar a mis amigos cerrándose a mi alrededor antes de dejarme caer al suelo. Cabe destacar que el impacto, a pesar de haber sido dolorosamente fuerte, no ameritaba un desmayo o una caída, pero si mal no recuerdo: en la guerra y en el amor todo se vale, ¿no?

Cerré los ojos y me agarré la cara golpeada con ambas manos, unos segundos después me llegó el aroma de las moras y una voz suave y temblorosa.

—¿Julian? ¿Estás bien?

Sobre mí se cernían varios rostros, el de la escritora ocupaba el ochenta por ciento de mi visión, Cristian, Emilio y Jack el resto. Asentí y la dejé ayudarme a incorporarme. Kate estaba arrodillada a mi lado, me apretaba una mano y con la otra me sostenía la espalda, al alzar la mirada vi a Lewis mirándome desde atrás de Jack con ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Entonces se dio uno de esos momentos en los que las palabras sobraban y las miradas decían más de lo que deberían. Nunca habíamos cruzado palabra, nunca nos habíamos visto más que dos segundos por los pasillos del instituto, pero ambos sabíamos quiénes éramos y lo que queríamos; queríamos a la escritora que me apretaba la mano izquierda y queríamos que el otro perdiera esa guerra. Así que me di por satisfecho: primera batalla ganada.

Mientras nos alejábamos del lugar del suceso —por llamarle de una forma— hacia los lavados, pude escuchar las burlas de Lewis, algo parecido a esto:

«¿Lo derribo un balón de fut? Que blandengue».

No me importaron sus comentarios, Kate me abrazaba a mí, no a él y ese era el objetivo.

Kate se quedó en el pasillo mientras yo entraba al lavado a echarme agua en la cara. Cuando me vi al espejo, supe que después de todo sí había sido un buen golpe. Tenía toda la mitad de la cara roja y se adivinaban en la piel las formas geométricas del balón. Salí del lavado con un paño mojado presionado contra la piel golpeada. Kate leía la libreta que le vi cuando se sentó en las gradas. Era el momento para otra jugada.

—¿Ese es el cuento para Stephen? —Asintió mientras me quitaba el paño del rostro con delicadeza, hizo cara de dolor.

—¿Cómo fue que no viste venir ese balón?

Me presionó el paño en la piel. «Bueno, básicamente no podía quitar la vista del idiota que te coqueteaba y al que le reías sus bromas». ¿Habría sido una buena respuesta? No lo sé, pues lo que en verdad hice fue encogerme de hombros y luego la campana sonó. Mientras nos encaminábamos a nuestra aula recordé el cuento de Stephen y de que aún no hacia mi jugada.

—¿Cuándo le vas a dar el cuento al profesor Stephen? —Apretó la libreta contra su pecho.

—Cuando lo acabe, aún le faltan muchas cosas.

—¿Puedo leer lo que tienes hasta ahora? —Me miró entornando los ojos.

—Sabes que no me gusta que lean las historia que aún no están terminadas —Me quité el paño de la cara, lo doblé y lo presioné de nuevo contra mi piel.

—Solo quería asegurarme de que no me hicieras trampa.

Llegamos al aula, ninguno agregó nada más pero la pieza ya se había movido. «Veamos como superas eso Lewis» y lo más irónico de todo fue que el imbécil de Lewis sí lo superó. Fue una semana después del balonazo a mi cara y lejos de mi vista.




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