Una semana luego de que me dejaran marcadas las viñetas geométricas del balón de fútbol en la mitad de la cara; Kate y Alina hicieron las paces. Lo supe en uno de los recesos; las dos hablaban en uno de los bancos y parecían contentas. Lisa se les unió y si Kate sintió algo de molestia por ello no lo demostró. Ese día al terminarse las clases, Kate y yo tomamos el mismo bus, fue entonces cuando supe lo que había pasado a mis espaldas.
Cuatro días antes Kate había salido de su casa para comprar leche en la panadería de su barrio, la casa de Alina le quedaba en el camino y al pasar por allí la vio sentada en la banqueta de enfrente en compañía de Lewis. Él la había hecho detenerse para saludarla y una cosa llevó a la otra. Alina los presentó formalmente, Lewis hizo comentarios graciosos, la invitaron a pasar y todo estaba hecho. Lewis logró hacer que hicieran las paces y se anotó una buena jugada. Así que; Julian: 01. Lewis: 01.
Casi podía escuchar en mi cabeza a un locutor emocionado narrando las batallas mientras Kate se bajaba del bus en su parada:
«Allá va el objetivo de esta sangrienta guerra señores, la joven Kate Flint, la escritora que ignora más cosas de las que cree. Mientras tanto Julian y Lewis se preparan para un combate a muerte»
Bueno, ya aclaré que mi imaginación no era tan genial como la de Kate, como fuera, el punto era que esa vocecita me recordaba que no podía perder esa guerra. Conocía a Kate desde hacía más de un año y me gustó al momento en que la vi, me enamoré de ella poco a poco y no pensaba permitir que un idiota de quinto curso se creyera más listo que yo.
Al día siguiente caí en la cuenta de algo en lo que nunca había pensado. Era una idea de esas que no se te suelen pasar por la cabeza sino hasta que tienes treinta años, fumas, estás casado y tienes un trabajo del carajo. A la hora del receso, Kate y Alina estaban juntas, Lisa revoloteaba entorno a ellas y canturreaba cualquier cantidad de tonterías. Alina sonreía, sus mejillas estaban encendidas y no cabía en sí de gozo. Pero Kate era otra historia, a veces esbozaba una sonrisa forzada y muy pocas palabras era las que pronunciaba. Kate no estaba a gusto allí y eso me molestó. Alina debería notarlo o si lo notaba era evidente que prefería ignorarlo.
En ocasiones nos condenamos a nosotros mismos por alguien querido. Ir a una reunión familiar en la que sabes que te dormirás apenas te sientes en el sofá marrón de la abuela, la película melosa que le gusta a tu novia o el show de chistes malos que tu amigo adora. ¿Quién dice que era correcto soportar lo que no nos agrada? ¿Quién dice que no lo era? El punto era que había sacrificios de sacrificios. Una cosa era el suplicio de la telenovela rosa de la tarde y otra soportar que te critiquen con 'dulzura'. Porque eso era lo que Lisa hacia con todo el mundo, ¿por qué iba a ser Kate la excepción? Pero el verdadero problema de eso era Alina. ¿De verdad podía alguien estar tan ciego? Yo esperaba que no.
Después de cavilar las probabilidades que tenía de ir hasta ellas y sacar a Kate de ahí sin que me costara la vida, decidí que en realidad no había mucho que yo pudiera hacer. Había batallas que debíamos enfrentar solos y esa era de Kate. Además era justo decir que la escritora la libró como toda una guerrera aunque le costara una vida, o en ese caso: una amistad. Kate podía ser una chica tímida, insegura y muy fiel a sus amigos, pero si había algo que respetaba más que nada en el mundo, eso era a ella misma.
Así fue como me enteré del resultado de su propia batalla: fue una tarde de fin de semana, con el gato de Kate más grandecito correteando por el colchón de la cama, una bolsa de papas fritas a medio terminar y una Kate melancólica.
—La extraño mucho, Julian, no pienses que no, pero en verdad no soporto a Lisa. Se cree una Diosa con el poder de criticar a todo el mundo. Lo que me molesta es que Alina ha cambiado muchísimo, te lo juro, parece otra —El colchón se hundió bajo su peso y el gato corrió hacia ella, se acurrucó en su regazo para recibir las caricias de Kate. Ella suspiró y luego agregó—. Lo peor de todo es que las dos están empeñadas en que salga con Lewis —gruñó.
—¿No te gusta? —Me lanzó una mirada fugaz, pero en ella vi más palabras de las que alcancé a entender, aunque estoy seguro de que la frase: «Eres un idiota» estaba bien presente. A pesar de su mirada solo se limitó a sacudir la cabeza. Por lo tanto concluí que el marcador volvía a cambiar: Julian: 02. Lewis: ¿01?
Ese día comimos papas fritas hasta saciarnos, tomamos coca-cola y vimos That's 70 show en el sofá de cuero negro de la sala de su casa. El gatito negro de Kate pasó de ser: «el gatito» para llamarse Fez. Sí, como el personaje de Wilmer Valderrama en la serie cómica. Me adjudico la idea. Aquella tarde antes de irme, mientras el Sol se ocultaba y la Luna tomaba su lugar, mientras Kate apoyaba la cabeza en el marco de la puerta que sostenía abierta, dijo:
—Julian, ya tengo listo el cuento para Stephen.
Escuché la campana de una bicicleta, el bocinazo de un auto a lo lejos y me llegó el aroma de pastel de chocolate que la señora Flint horneaba. Kate me sonrió y yo lo hice a la vez. Luego me incliné, la besé la mejilla y le susurré al oído.
—Ve pensando en el lugar al que quieres que te lleve, escritora.
Y me retiré. Julian: 03. Lewis: ... ¿Sigue en pie? No lo creo.