Mis días con Kate

Capítulo 12

Retomar las clases rutinarias a la semana siguiente fue tan aburrido como lo era siempre volver a las clases después de un fin de semana particularmente largo y divertido. Con la añadidura de que los exámenes finales comenzaban a acercarse y los profesores parecían felices de recordárnoslo cada tres segundos. Esa semana fue una de las más ajetreadas del año, cuando no estaba resolviendo ejercicios, estaba repasando anotaciones que había tomado empezando el año, o finalizando trabajos que debía entregar al día siguiente.

Mis juegos, tanto electrónicos, como el póker y el fútbol estaban abandonados. Solo tenía tiempo para estudiar, dormir, comer; estudiar, dormir, comer y así se repetía el círculo día tras día.

Una tarde estaba en medio de una tarea de química bastante engorrosa. En el momento en que frotaba la goma de borrar contra la hoja de mi libreta por décima segunda vez, mi madre entró a mi habitación.

—Necesito que te veas decente —La miré.

—Yo siempre me veo decente, madre.

—Permíteme no estar de acuerdo. Mira la pinta que traes.

No hacía falta mirarme, sabía perfectamente cómo se encontraba mi aspecto. Tenía el cabello alborotado a causa de mis constantes jalones aquella tarde. Mi playera roja tenía una mancha de café y mis bermudas las había sacado del cesto de ropa sucia. Pero estaba en mi casa, ¿para que necesitaba verme bien?

—Quiero que te pongas decente, Julian. Tu tía y tu prima Mary llegan hoy en la noche —Salió de mí habitación. El lápiz en mi mano cayó sobre mis libretas y textos mientras yo salía persiguiéndola.

—¿Mi tía y mi prima? ¿Para qué vienen?

—Mi hermana tuvo problemas con su esposo. Me pidió el favor de permitirle quedarse aquí por unos días.

—¿Qué? —Habíamos llegado al pie de la escalera, mi madre se giró.

—Lo que oíste, ahora haz el favor de lavarte y ponerte algo apropiado.

—¿De verdad les vas a permitir quedarse? —Mi madre se dirigió hacia la cocina, la seguí.

—Por supuesto, son mi hermana y mi sobrina.

—Eso no le impidió a ella no ayudarte cuando tú lo necesitaste.

Hacía un par de años, mi padre nos abandonó por una mujer más joven. Nunca nos pasó dinero, nunca nos visitó de nuevo y de hecho nunca supimos qué fue de él. En aquella época mi madre y yo nos vimos en una situación muy difícil. Mi madre acudió a su hermana por un poco de ayuda y la respuesta de ella fue un no rotundo y un portazo en la cara. Así que no veía el porqué teníamos que ayudar nosotros a un persona que de muy buena gana nos dio la espalda cuando le necesitamos. Mi madre había sacado un racimo de uvas de la heladera. Las lavó y luego de masticar una dijo mirándome seria.

—No fue tu tía la que no quiso ayudarnos, fue su esposo. Lo sé, ya he hablado con Elizabeth y está muy arrepentida. Me lloró y me suplicó, no puedo abandonar a mi sangre así porque si. Además, a ti y a mí no nos fue tan mal, ¿no?

—Nos hubiera ido mejor con su ayuda.

—¿Estás seguro de eso? —De acuerdo, quizás estaba exagerando, pero simplemente no podía evitar sentir algo de molestia—. Vamos hijo, la pequeña Mary no había nacido cuando eso pasó. Dime, ¿tiene ella la culpa de lo que ocurrió en el pasado?

—Está bien mamá, ya entendí tu punto. Iré a ponerme decente —finalicé con una pose teatral y me fui.

La tía Elizabeth y la pequeña Mary llegaron en efecto un poco después del anochecer. Venían cargadas con dos maletas grades y un gato blanco. Nunca había visto a Mary antes y cuando mi madre me dijo que tenía siete años, me imaginé a un pequeño demonio hiperactivo correteando todo el día por la casa. Pero lo cierto era que Mary no era así. Era una niña muy bien portada, hablaba solo cuando alguien se dirigía a ella y no soltaba a su gato por nada.

Mi madre hizo de cena un pollo asado que sirvió con pan, jugo de fresas y ensalada de remolacha y repollo. La pequeña Mary se lo comió todo sin chistar, mi tía Elizabeth se veía un tanto ausente y solo respondía con monosílabos.

Llegada la noche tuve que ceder mi habitación a las recién llegadas, no contábamos más que con dos habitaciones. Por lo que me tocó conformarme con la poca comodidad que podía brindarme nuestro sofá rojo. Mientras acomodaba las mantas y la almohada, vi a Mary venir con su gato blanco a cuestas. Se detuvo en la cabecera del sofá y me miró. El ronroneo del gato y el sonido de las sabanas era lo único que se escuchaba, tanto mi madre como mi tía se habían dormido ya.

—¿No tienes sueño, Mary? —dije mientras me sentaba en el sofá, la niña sacudió la cabeza—. Conozco a alguien que tiene un gato, el suyo es negro y se llama Fez —La niña me miró, vi el entusiasmo brillar en su mirada.

—¿Crees que el Sr. Stephen pueda jugar con él? —Alcé ambas cejas.

—¿El Sr. Stephen? —La niña sonrió, se me acercó y dejó al gato a mi lado en el sofá.

—Él es el Sr. Stephen —El gato bostezó, alargué la mano, lo rasqué tras las orejas y me imaginé diciéndole a Kate el nombre del gato. «¿Qué te parece, Kate? El gato se llama como tu escritor favorito»—. Está muy solo, me gustaría que tuviera un amigo.

—Lamentablemente no sé si ahora el Sr. Stephen pueda jugar con Fez.




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