Dos días después la escritora me abría la puerta de su casa y nos recibía a Mary, el Sr. Stephen y a mí. Mi prima estaba encantada de presumir a su enorme gato blanco y Kate lo tomó entre sus brazos con gracia. Kate nos hizo pasar y nos ofreció asiento en el sofá de cuero negro, luego lanzó un grito hacia las escaleras y a los cinco minutos su hermanito llegó corriendo con Fez entre los brazos. Mary estaba encantada con el gato de Kate y su hermano. Los niños se agradaron de inmediato y no perdieron tiempo en comenzar a jugar. Los gatos por otro lado, tan solo se olisquearon las narices y luego no se determinaron más.
Kate ofreció galletas con chispas de chocolates, y mientras comíamos y los niños jugaban, me soltó lo siguiente:
—¿Recuerdas Invierno rojo? —Tenía la mirada fija en los niños que intentaban hacer que el Sr. Stephen bailara y una galleta entre las manos. Le dije que sí—. Se lo entregué a Stephen.
—¿Y? —Fue lo único que atiné a decir, ella le dio un mordisco a la galleta. Conocía bien esa táctica, era la misma que yo usaba cuando necesitaba ganar tiempo.
—Se lo di un par de días después de que hablaras con él sobre venenos dulces o algo así. Aun no me ha dicho nada, supongo que no lo ha leído todavía, es un hombre ocupado —En su tono de voz no había indicio de algún sentimiento. No pude adivinar expectativa, miedo, incertidumbre, nada. Era solo una chica que le contaba a su mejor amigo una anécdota cotidiana, solo que no lo era, no era algo cotidiano en lo absoluto.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión? La última vez que hablamos estaba negada a entregárselo. —Recordé la última vez que hablamos, lo que le había dicho. Ella me miró y luego se encogió de hombros.
—No sé. No quiero que me recuerden como la chica que no cumple sus promesas, creo —Asentí con una sonrisa involuntaria, ella se movió nerviosa—. ¿Quieres coca-cola? Te traigo una —No esperó mi respuesta, se levantó y se dirigió a la cocina. Me incliné hacia Mary y le dije.
—Estaré en la cocina, pórtense bien.
—Sí, primo.
Contestó ella sin dejar de rascarle la panza al Sr. Stephen y retomando de inmediato lo que le decía al hermanito de Kate, la razón por la que siempre dormía, que según ella, era porque en sus sueños los paisajes eran de chocolate. Cuando entré en la cocina Kate estaba frente al refrigerador abierto, sostenía una lata de coca-cola en la mano derecha y se mordía una uña de su mano libre.
—En todo este tiempo de conocerte nunca te había visto hacer eso —Dió un respingo—. ¿Te asusté?
—Solo un poco —contestó cerrando el refrigerador y tendiéndome la lata.
—Gracias —Cuando la abrí la lata soltó una ligera protesta y luego le di un trago. Kate dijo.
—¿Puedo preguntarte algo? —Asentí, ella se mordisqueó el interior de la mejilla y luego de un largo silencio dijo—. Si al profesor Stephen no le gusta mi cuento... ¿Aun saldrías en esa cita conmigo?
Sentía la coca-cola recorriéndome la garganta y agradecí por ello, de no ser por ese líquido refrescante estaba seguro de que habría votado humo por las orejas. Aquella pregunta eran tan simple, tan sencilla y tan inesperada que no supe qué responder. Me quedé allí, de pie frente a ella, con cara de idiota y la mente en blanco. Kate me desvió la mirada, se enrolló un mechón de cabello en el dedo índice y se apresuró a decir.
—No importa, olvídalo, fue una pregunta tonta.
—No —dejé la lata en la encimera de la cocina—. Pensé que habías dejado la negatividad a un lado, estoy seguro que al profesor le va a en...
—No fue eso lo que te pregunté —El mechón que había enrollado le caía en un rizo a un costado de su rostro. Era verdad, estaba evadiendo su pregunta. Soltó una risita nerviosa—. Pero no tienes que contestarla, disculpa —Dió dos pasos hacia la sala, y algún impulso sin raciocinio me hizo detenerla, la tomé por el brazo cuando pasaba a mi lado.
Aún sigo recordando ese momento, es la imagen más vivida que tengo en la biblioteca de mi memoria. Fue como la escena de una cursi película de hollywood, con una secuencia en cámara lenta, con alguna emotiva canción de Coldplay de fondo y el sol entrando por la ventana.
Aunque en realidad no fue así. Fue lo más simple del mundo, pero a veces esas cosas lo eran, y ahí era donde residía su magia. Mientras más sencillo era, más maravilloso se volvía su recuerdo.
Porque así es como recuerdo nuestro primer beso; sus labios sabían a galletas de chocolate y los míos a coca-cola, sus manos las recuerdo delicadas sobre mi nuca mientras yo la aferraba por la cintura. ¡Y la danza de nuestras bocas! De todas las cosas que vivimos aquellos años, ese es sin duda el primer recuerdo que me viene a la mente cuando me preguntan por mis años de instituto.
Nos separamos en el momento preciso para recuperar el aliento, sus ojos se encontraron con los míos y Mary dijo.
—Quiero ir al baño —Kate se giró de golpe, Mary estaba en la entrada de la cocina.
—Yo la llevo, ven —dije caminando hacia ella y dándole un empujoncito por la espalda, mientras salíamos de la cocina, Mary susurró no lo suficientemente bajo.
—¿Es tu novia? No me dijiste que lo fuera
—Silencio.
—¿Por qué no me dijiste...?