Mis días con Kate

Capítulo 14

Una semana después el aula que contenía a todos los estudiantes de cuarto curso del instituto McAllister estallaba en algarabía. El último profesor que faltaba por evaluarnos lo había hecho un día antes y todos habíamos aprobado. El final de curso estaba muy cerca. Kate y yo manteníamos una conversación sobre mi prima Mary, que la noche anterior había interrumpido una llamada telefónica que mantenía con Kate.

—Yo creo que le importas mucho.

—Eso no le da derecho a ser tan impertinente.

—A mi no me importa. Además, ya respondimos a la pregunta que siempre nos hace —Era cierto. La respuesta a si Kate era mi novia ya se había respondido un montón de veces con un montón de síes. En ese momento Emilio se acercó y se sentó frente a Kate.

—Ey —nos saludó, se tronó los dedos y luego dijo—. Kate, creo que nunca me disculpé por lo del cuento.

—Ya eso no importa —Él la miró.

—Igual discúlpame. Si yo hubiera sabido que era tuyo, no la habría entregado, en serio —Ella sonrió.

—Te creo, ya no te preocupes.

—Gracias. No he podido dormir, ¿sabes? El profesor Stephen me dijo que plagiar a un escritor es como auto maldecirse —Noté como Kate contenía una carcajada.

—No te preocupes, eso es solo cuando no te arrepientes ni pides disculpas.

—¿Entonces... ya estoy bien? —Kate asintió, Emilio soltó un suspiro de alivio, se disculpó una vez más y luego se fue.

—¿Auto maldecirse? —inquirí cuando Emilio se unió a una partida de póker con Jack. Kate me miró risueña.

—Una vez leí una entrevista que le hicieron al profesor Stephen. Le preguntaron qué era lo que más odiaba de su oficio, él dijo que nada de la escritura podía odiarse, excepto tal vez una cosa...

—El plagio.

—Eso, una vez le robaron un cuento, ¿sabes? Cuando no era muy conocido. Desde entonces odia a todo aquel que plagie —Asentí, un segundo después Alina se nos acercó, parecía que aquel era el día de interrumpir a los nuevos novios del salón.

Alina llevaba un mechón rosa en el cabello. La falda del uniforme tres dedos más corta que de costumbre y un collar con dije de corazón que descansaba en su pecho. Se paró a un lado de Kate.

—Ey, supe que Stephen amó tu cuento.

—Sí, solo que antes pensó que no era mío —dijo Kate con naturalidad, Alina lo pasó por alto.

—Oye... eh... sabes que en una semana se acaba el curso —comentó Alina luego de un silencio. Jugueteaba con una de las pulseras que adornaba su muñeca—. Y las fiestas que hace el instituto siempre son mega aburridas, así que Lisa y yo estuvimos hablando y pensamos que nosotros deberíamos hacer una aparte. Así que, pues te estoy invitando —finalizó con una sonrisa tímida. Kate parecía desconfiada.

—Gracias, pero no voy a ir a la casa de Lisa, no lo tomes a mal, es que...

—No. La vamos a hacer en mi casa —se apresuró a decir Alina. Kate me miró antes de dirigirse a su vieja amiga.

—¿Tu mamá sabe de esto? —Alina ignoró la pregunta.

—Va a ser a las siete de la noche el último viernes de clases, por si te animas a ir. Me gustaría que fueras Kate, necesito que hablemos. Tú también puedes ir —agregó mirándome con una ligera molestia—. Supongo que ahora a donde ella vaya irás tu, así que

—¡Vaya Alina! Tu amabilidad me abruma —Me revoleó los ojos.

—Espero que vayas, Kate —Fue lo último que dijo antes de regresar con Lisa. Kate me miró.

—¿Desde cuándo se hablan así ustedes dos? —Me encogí de hombros y evadí la pregunta.

—¿Vas a ir? —Apoyó el mentón en la mano.

—No sé, ¿tu qué piensas? ¿Debería?

—Me pareció como si Alina quisiera hacer las paces. Por otro lado no se disculpó por lo del cuento que le dio a Emilio, así que no sé. —Miró más allá de mí, considerando qué debía hacer—. Piénsalo en la semana y me avisas, ¿de acuerdo? —Me sonrió.

—Bien.

Cuando las clases acabaron le pedí a Kate que no fuéramos aun a nuestras casas. Así que en vez de tomar el bus, caminamos. Llegamos a una plaza y nos sentamos en las bancas. Los pájaros cantaban y revoloteaban por las copas de los arboles. A unos cuantos metros un artista callejero tocaba una guitarra y cantaba alguna vieja canción de Elvis Presley. Kate se cruzó de brazos, sonrió y dijo.

—¿Adivina qué me dijo el profesor Stephen ayer? —La miré, se veía radiante aquel día. Mejillas rosadas, un tenue brillo en los labios del que no me había percatado, el cabello suelto y esa sonrisa suya que siempre me desarmaba. Sacudí la cabeza—. Me dijo que podía enviar Invierno rojo a una revista con una recomendación suya, dijo que no la rechazarían ni en mil años.

—¿Cuándo la va a enviar? —pregunté de inmediato, ella me miró como si estuviese conteniendo una carcajada.

—Das por sentado que acepté.

—¿Y quién rechazaría semejante oferta?

—Y estas en lo correcto no la rechacé, pero no quiero que Invierno rojo sea publicado. Tengo una historia mejor. La escribí en un día, mañana debo dársela al profesor Stephen, pero antes —Se enderezó, abrió su mochila, revolvió el interior y me extendió un manuscrito—. Quisiera que mi fan número uno lo leyera primero —Tomé el manuscrito.




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