Mis días con Kate

Capítulo 15

Te Regalo Palabras

Las copas de los árboles tenían un color verde brillante con ligeras salpicaduras naranjas. El otoño se acercaba y con él los temores de Georgina. Ella era una simple chica que trabajaba en una cafetería que preparaba cenas ligeras y disfrutaba de ver ¿Quién quiere ser millonario?

En muchos aspectos, Georgina era la ciudadana promedio. Pagaba sus impuestos, esperaba la luz roja para cruzar la calle, acompañaba su café con galletas saladas y le gustaba observar a las mujeres como le decían que debería de observar a los hombres.

Era en ese punto en el que Georgina sabía que dejaba de parecerse al ciudadano promedio. Después de todo, y a pesar de vivir en pleno siglo XXI, los prejuicios y el rechazo seguían tan vigentes como la marca de ropa Ralph Lauren.

Cada día Georgina se levantaba a las cinco de la mañana, dedicaba veinte minutos a una serie de ejercicios ligeros, bebía un poco de café que acompañaba con pan tostado, se duchaba, se metía en su uniforme y se iba a trabajar.

El día se le iba en una sucesión de imágenes que parecía que vivía en piloto automático. Despachaba cafés, capuccinos, refrescos, pasteles de queso, galletas de chocolate y se escondía en el closet, como lo hizo desde que cumpliera los dieciséis años y descubriera que le gustaban las chicas.

Amanda. Ese era el nombre de la primera chica que besó. Aun recordaba ese beso, habían estado viendo Querida, encogí a los niños, bebían coca-cola y comían galletas. Cuando la podadora de césped casi asesinaba a los niños Szalinski y a los Thompson, Amanda había tragado un pedazo de galleta y había dicho:

—¿Alguna vez te he dicho que me gustan las chicas?

Georgina no supo qué responder, tan solo le dió un sorbo a su coca-cola y pensó en que nunca había pensado. Tenía solo dieciséis años, no había tenido novio ni novia y nunca se había sentido atraída hacia nadie. Aunque de repente recordó lo que pensó la primera vez que vio a Amanda: «Hermosa» había gritado en su mente.

—Tienes dieciséis años, a esta edad tenemos las hormonas alborotadas, quizás solo estas confundida.

—No, no lo estoy —le respondió Amanda con una sonrisa. «Es preciosa»—. ¿Sabes? Nunca he estado tan segura de algo antes.

—¿Cómo puedes estar tan segura? ¿Siquiera has besado a un chico o a una chica? —Amanda volvió a sonreír.

—Sí, una vez besé a un chico. Él era amable y lindo, pero —Meneó la cabeza, sus cabellos ondulados se sacudieron suavemente, Georgina sintió la tentación de enredar sus dedos en aquella mata de cabello ondulado—. No sentí nada, fue solo: baba y movimiento, y algo de aliento a menta. Pero no sentí lo que dicen en las películas, ya sabes. Cosquillas y eso —Georgina asintió, aunque en realidad nunca había besado a nadie, así que no podría decir que supiera de lo que hablaba su amiga.

—¿Y... a una chica? —preguntó con cierta inseguridad, tragó el nudo que se le había formado en la garganta y sintió el regusto que le había dejado la coca-cola. Amanda sacudió la cabeza.

—¿Y tú? —Georgina sonrió con timidez.

—Ni chico ni chica —Ambas se rieron.

—Tu amiga mía, no has vivido nada —anunció Amanda con la mano derecha en un puño frente a su boca, fingiendo tener un micrófono. Georgina sintió el calor cubrirle la cara. Después de un silencio de varios segundos, Georgina preguntó.

—¿Crees que deberíamos...? —Amanda la miró, el cabello ondulado le enmarcaba el rostro y una sonrisa le dibujaba la belleza en la cara.

«Los ojos le brillaban». Recordó Georgina.

También recordó como Amanda se había inclinado hacia ella, recordó su perfume a duraznos, recordó el roce de sus narices y recordó cuando sus bocas se juntaron y bailaron. Recordó el sabor de aquel beso.

«Sabía a galletas y a coca-cola, jamás pensé que el amor sabía a refresco de cola y galletas».

Sonrió al recordar todo aquello, y se mordió el labio mientras le entregaba la taza de café a un señor de rostro arrugado que lo había ordenado. El hombre canceló y se bebió su café en la barra. Entonces Georgina recordó lo que pasó después. Su madre las había encontrado a mitad del beso.

Habían pasado años desde entonces y Georgina aun no lograba saber qué había sido lo peor de todo aquello. La decepción en la mirada de su madre, las lágrimas de Amanda cuando la echaron de la casa, las palabras de su padre cuando su madre se lo contó.

—¿Dime qué hice mal, Georgina? —le había gritado. Y no fue lo único. Miles de frases de decepción, de enfado, de rechazo le siguieron a esa.

Georgina las recordaba, todas y cada una. También recordó lo que vino después. Esteban, el nombre del único novio que iba a existir en su vida y el cual no fue más que una farsa. «Él también era gay», recordó.

Ambos necesitaban del otro, él para que dejaran de molestarlo en la escuela, ella para que su padre volviera a hablarle. Había funcionado por un tiempo. Pero cuando se graduaron ya no tenían necesidad de continuar con aquella farsa. Los dos se fueron de la ciudad, la última noticia que tuvo Georgina de él era que se había ido a vivir con un muchacho que trabajaba en una feria o algo así.




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