Pasó bastante tiempo sin que Yim y Yam encontraran una sola pista sobre el niño misterioso.
El relicario permanecía en silencio… demasiado.
Mientras tanto, su fama seguía creciendo, pero con ella también llegaron las sombras.
La repentina muerte del dueño de la productora cambió todo. Su hijo tomó el control, un hombre ambicioso, soberbio y con una mirada que incomodaba desde el primer instante.
Durante la reunión, habló de “nuevos términos”, pero pronto dejó claro que aquello no era una negociación.
—Podrían agradecerme mejor —dijo, acercándose demasiado.
Ethan dio un paso al frente, furioso, pero Yim levantó la mano para detenerlo.
El hombre sonrió con arrogancia.
—Si no aceptan, las canciones serán mías. Las despediré y nadie volverá a pronunciar sus nombres. Pasarán al olvido.
Yim y Yam se levantaron al mismo tiempo.
Lo miraron… y sonrieron.
El escalofrío fue inmediato.
—No aceptamos —dijo Yam con calma.
—Y cancelamos el contrato —continuó Yim.
Antes de salir, Yim se giró una última vez.
—Toda acción—
—Tiene una reacción —terminó Yam.
La puerta se cerró.
La venganza no tardó.
La productora comenzó una campaña de difamación brutal: robo de canciones, traición, ingratitud.
Los seguidores se dividieron. Algunos dudaron. Otros permanecieron fieles.
Yim observaba las noticias en silencio.
—¿Y si esta vez no podemos con todo? —susurró Yam por primera vez.
Yim no respondió, pero apretó el relicario con fuerza.
Las canciones comenzaron a sonar… en la voz equivocada.
Nayara las interpretaba, pero algo faltaba. No encajaban. El público lo sentía, aunque no supiera explicarlo.
Hasta que llegó la noche del gran concierto.
Las luces se apagaron.
Y entonces aparecieron ellas.
Yim y Yam, entre la multitud.
El murmullo fue inmediato: sorpresa, rabia, emoción.
Cantaron canciones nuevas. Propias.
Y anunciaron su regreso… con una nueva productora.
—Nuestro camino no terminó —dijo Yam.
—Solo volvió a donde pertenece —añadió Yim.
Ethan observaba desde las sombras.
Esta vez, él era quien movía los hilos.
La verdad salió a la luz como siempre lo hace.
Amenazas, acoso, fraudes, cuentas ocultas.
El nuevo dueño intentó huir. Nayara cayó con él.
La justicia humana hizo lo suyo.
Pero no fue eso lo que inquietó a Yim y Yam.
Fue el relicario.
Esa noche… vibró.
En otro lugar, el niño de ojos azules leía las noticias con una sonrisa tranquila.
—Es hora —dijo.
Se giró hacia uno de sus sirvientes.
—Escríbeles.
Universidad de Ramna.
Facultad de Historia Antigua.
Aula sellada.
El niño acarició algo oculto bajo su abrigo.
—Ahora sí… nos volveremos a ver.
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Editado: 11.02.2026