Pasaron algunas semanas hasta que llegó el día del concierto.
El estadio vibraba.
—¡Volkan! ¡Volkan! ¡Volkan! —coreaba el público a un solo ritmo.
Las luces se apagaron de golpe y un silencio expectante se extendió por el lugar. Entonces, un único reflector se encendió.
Allí estaba él.
Volkan, con el cabello rojo como una llama viva, vestido con un traje oscuro que realzaba su figura. Apenas abrió la boca para cantar, el público estalló. Las chicas gritaban, el aire ardía de emoción.
En medio de la canción, algo cambió.
Dos siluetas aparecieron sobre el escenario.
Yim y Yam.
Avanzaron con paso firme hasta situarse a su lado y, sin pedir permiso, tomaron la otra parte de la canción. Sus voces se entrelazaron con la de Volkan como si siempre hubieran pertenecido a ese lugar.
Volkan las miró… y sonrió.
El reto fue inmediato.
El baile se volvió intenso, provocador. El público enloqueció al ver cómo los tres parecían compenetrarse a la perfección, como si compartieran un mismo pulso.
Pero Yim y Yam lo sintió.
El relicario ardía contra su pecho.
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Editado: 11.02.2026