Durante años, Felipe Escartín vivió solo en una vieja casa a las afueras de Aínsa, un pequeño pueblo en el Pirineo aragonés. La casa, construida en piedra oscura y con tejas vencidas por el tiempo, quedaba a unos cinco kilómetros del casco urbano. Rodeada de bosques y niebla casi constante en invierno, era fácil pasar por alto su existencia. Quienes aún recordaban a Felipe sabían poco de él. Hombre reservado, de trato escaso y mirada esquiva, parecía más un fantasma que un vecino real.
Nunca hablaba de su pasado. Nadie sabía si tenía familia o de dónde venía. Pagaba en efectivo, apenas pisaba el centro del pueblo, y cuando lo hacía, era para comprar lo justo y marcharse sin más. Nunca dio motivos para preocuparse, pero tampoco para generar confianza. Su presencia provocaba silencio.
Y un día, sin más, desapareció. Así de simple. Nadie lo vio irse, no dejó carta ni cerró la puerta. La casa quedó como congelada en el tiempo: una cafetera a medio uso, una manta doblada en el sofá, las botas aún junto a la puerta. No hubo denuncia oficial, solo chismes y una breve nota en el tablón del ayuntamiento. Con el tiempo, la casa fue quedando en el olvido, hasta que la niebla la reclamó por completo.
Cinco años después, los rumores resurgieron con fuerza. Algunos hablaban de luces que se encendían solas, otros juraban escuchar una radio vieja sonando a todo volumen durante la madrugada. Fue entonces cuando tres vecinos —Juan Holgado, farmacéutico; Sergio Muriel, abogado, y Andrés Pardo, maestro jubilado— decidieron averiguar qué ocurría.
No eran precisamente aficionados al ocultismo. Se conocían de toda la vida, hombres racionales y prácticos, cansados de escuchar las mismas historias una y otra vez. Una noche fría de noviembre, se citaron para pasar la noche en la casa de Felipe.
Pero Andrés nunca llegó. Lo esperaron más de media hora antes de decidir seguir sin él.
Al llegar, la casa parecía aún más abandonada que en los relatos: ventanas tapiadas con tablones rotos, la puerta medio encajada, y dentro, un aire tan denso como el silencio. Encendieron un fuego en la chimenea y colocaron una grabadora antigua sobre la mesa del salón.
No pasó mucho tiempo antes de que algo rompiera la calma: crujidos en el pasillo, como pasos lentos, una puerta que se abrió sin motivo. Y entonces, apareció Andrés.
Entró sin mirar a nadie, sin decir una palabra. Llevaba el rostro pálido y los ojos vacíos, como si no reconociera ni el lugar ni a los hombres frente a él. Atravesó la estancia con una lentitud extraña, abrió la puerta principal y salió al exterior. Juan y Sergio lo siguieron de inmediato, pero cuando salieron, no había ni rastro de él.
La nieve cubría el camino, pero lo más extraño fue esto: al revisar el suelo, vieron sus propias huellas... pero ninguna de Andrés. Ni una sola marca en la nieve.
A la mañana siguiente, la Guardia Civil rastreó la zona. Las huellas de Andrés llegaban hasta la parte trasera de la casa, desde su vivienda en el pueblo. Pero una vez dentro, desaparecían por completo. Nadie supo explicar qué pasó esa noche.
El periódico local tituló: “Escartín se lo llevó”. Nadie se atrevió a corregir la frase. Hoy, la casa sigue allí, medio hundida, medio tragada por el bosque. Nadie se acerca. Dicen que, si uno se queda en silencio bajo la niebla, puede escuchar pasos... y una puerta que se abre, despacio.