Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

EL SECRETO DE LA CASA DELUSE

Durante años, en las afueras de Gallipolis, Ohio, hubo un tipo raro llamado Herman Deluse. Un viejo solitario, con la pinta de haber salido de una película de piratas: manos llenas de cicatrices, una colección de garfios, espadas oxidadas y pistolas antiguas. La gente del pueblo contaba que había sido corsario, aunque nadie tenía pruebas; era más bien una leyenda alimentada por el misterio que rodeaba su vida.

Deluse vivía en una casa al borde del colapso, en medio de un terreno lleno de piedras y maleza. La casa era puro escombro, apenas mantenida en pie para sobrevivir a la lluvia y el frío. Cultivaba un par de huertos descuidados y compraba lo mínimo en el pueblo, siempre pagando en efectivo, siempre en diferentes tiendas. Eso solo alimentaba los rumores: todos decían que tenía un tesoro enterrado, un botín escondido quién sabe dónde.

El 9 de noviembre de 1867, encontraron su cadáver. No había señales de violencia, ni heridas, ni enfermedades. Los forenses del pueblo se encogieron de hombros: muerte por "castigo divino", dictaminó el juez. Enterraron al viejo y el administrador del condado selló su casa, esperando la subasta de sus bienes.

Pero en Gallipolis, el mito no murió con él.

La noche del 20 de noviembre, una tormenta brutal arrasó la zona. Árboles arrancados, ventiscas que hacían temblar las casas, una noche de esas que no quieres pasar fuera.

Al día siguiente, Henry Galbraith, un pastor luterano de regreso en el pueblo después de unas semanas en Cincinnati, llegó a su casa hecho polvo. Había perdido la calesa entre los árboles caídos y tuvo que caminar bajo la tormenta. Su esposa le preguntó dónde había pasado la noche.

En la casa del viejo Deluse, —respondió como si nada—. Me dejó entrar, pero no dijo una palabra.

La familia y un amigo, el abogado Robert Maren, lo miraron como si estuviera loco.

Galbraith explicó: durante la tormenta, vio luces en la casa abandonada. Llamó, no obtuvo respuesta, pero la puerta estaba abierta. Encendió una vela, se acomodó junto al fuego que hizo en la chimenea rota, y trató de dormir. Dijo que durante la noche vio al viejo Deluse varias veces, deambulando como un zombi, los ojos inmóviles, buscando algo. El viejo nunca habló, solo caminaba, arrastrando los pies, como si todavía estuviera vivo... o como si no supiera que estaba muerto.

Maren, intentando mantener la calma, le dijo que seguramente todo había sido un sueño.

Pero la curiosidad pudo más. Al día siguiente, Maren, Galbraith y el hijo de este último fueron juntos a la casa de Deluse.

Desde fuera, vieron luces moviéndose por las ventanas.

Cuando se acercaron, escucharon un caos imposible: espadas chocando, disparos, gritos desgarradores, como si dentro se librara una batalla. La puerta estaba trabada. Galbraith, con una fuerza inesperada, la derribó de un golpe.

Adentro: solo oscuridad y silencio.

Nada estaba fuera de lugar, todo cubierto de polvo, sin señales de que alguien hubiese entrado.

Recorrieron la casa entera hasta llegar a la última habitación. Justo cuando abrían la puerta, la vela se apagó de golpe. Un ruido seco los sobresaltó. Al encenderla de nuevo, encontraron al joven Galbraith tirado en el suelo, muerto. En su mano, apretaba un saco lleno de antiguas monedas españolas, descubierto detrás de un falso panel en la pared.

Una nueva autopsia. Ninguna explicación.
Otra vez: "castigo de Dios".

La casa fue demolida años después, pero aún hoy en Gallipolis, hay quienes juran que, en noches de tormenta, se siguen viendo luces bailando entre los escombros...
Y que si te acercas demasiado, puedes escuchar el sonido del acero chocando... y los gritos.



#162 en Paranormal
#1849 en Otros
#396 en Relatos cortos

En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.