Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

CALABAZAS EN EL TRASTERO

Encontré la calavera un sábado, cuando ya hacía unos meses que nos habíamos mudado a la mansión de la colina. Estaba dentro de un saco lleno de huesos, atado con una cuerda, en el altillo del armario del trastero, detrás de la caja con la colección de libros de Tintín rescatados de las llamas del último incendio. Me miró con el asombro de sus órbitas vacías, de su mandíbula descoyuntada. Despedía un tufillo putrefacto. La cargué como si fuera un balón y con la otra mano arrastré el saco por el corredor. Los huesos se chocaban entre ellos con un sonido de caracolas. ¿No sabes jugar sin hacer aquel ruido infernal?, gritó mamá mientras cruzaba frente a la puerta de la cocina. Cuando vio la calavera me señaló con el cucharón de las lentejas,

–¿Cómo has trepado hasta el altillo? ¿Es que no sabes que puedes romperte la cabeza?

Dejé el saco sobre las baldosas y la calavera en un estante, junto a los cereales del desayuno.

–¿De quién son los huesos mamá?

–No lo sé, de algún muerto olvidado en la fosa común del cementerio. Tu padre los recogió allí cuando estudiaba Medicina. No quiero que juegues con ellos.

–Es que me aburro. ¿Y Alicia? ¿Me ha llamado? ¿Ya ha dicho cuándo su madre la va a dejar a venir a casa?

–No, cariño, ¿por qué no invitaba a otra niña de tu nuevo colegio?

–Porque ninguna quiere ser mi amiga, mamá.

Soltó el cucharón sobre la tabla en la que picaba los ajos. Frotó sus manos en el delantal y cortó con los dientes un trozo de hilo de bramante con el que ataba en Nochebuena las patas del pavo relleno antes de meterlo en el horno. Cogió la calavera y ensartó el hilo entre el hueso de la mejilla derecha y la mandíbula, hizo un nudo y volvió a repetir la misma operación en el lado contrario. Después tiró abajo y arriba del mentón un par de veces, “así está mejor, mucho mejor, gracias y mil veces gracias”, dijo, con una vocecita repelente que me hizo reír, como si la calavera fuese su muñeca y ella una ventrílocua. Me la devolvió con la boca ya cerrada, tranquila, un poco distante.

–Ahora métela en el saco y llévalo al trastero.

Cuando mi hermana le echó un vistazo a la calavera, se encaprichó de ella y tuve que prestársela, no fuera que se le desencadenara una crisis. No soportaba que se quedase otra vez quieta y callada, sus ojos verde uva fijos aunque le pasara mi mano por delante, convertida en una copia terrorífica de su muñeca Wanda. Me prometió que la cuidaría muchísimo, que no le contaría nada a mamá. Un rato después regresé a su cuarto, el cráneo, vuelto del revés, era un jarrón adornado con geranios del jardín, que presidía la mesa en que mi hermanita tomaba el té cada tarde con sus muñecas. El agua se había filtrado por las hendiduras de las órbitas y parecía una isla de hueso, coronada de vegetación, flotando en un lago diminuto.

–Esto no está bien —sequé la mesa con el bajo de mi falda.

–¿Crees que a ella le molestará? –frunció los labios como si fuera a llorar.

–…No creo, cariño, seguro que le encantan las flores.

Sonrió y me dieron ganas de comérmela a besos. Me senté en una de las sillitas, entre ella y su muñeca Wanda, las dos con vestidos blancos de organdí, zapatos de charol, cintas rosa prendidas de sus tirabuzones castaños, como si fuéramos gemelas.

Al mediodía cunado mi hermano mayor regresó de su castigo en el colegio. Le había pegado un par de puñetazos a uno de sus compañeros de clase en una pelea en el patio. Los escalones retumbaron bajo sus botas de fútbol mientras subía al segundo piso pero, en vez de entrar en su cuarto, irrumpió en el mío. Me pilló sentada sobre la alfombra, entre un reguero de huesos y un atlas de Anatomía que había birlado de la biblioteca de mi padre.

–¿De dónde los has sacado?

–Shh…No grites. Son de papá.

Cerró la puerta. Le alcancé un fémur pero no lo quiso, se arrodilló de golpe sobre la alfombra, su flequillo negro apartado de la frente con un soplido, empezó a toquetear un par de falanges y una tibia. Al final, su elección fue un húmero que blandió por encima de su cabezón como un bate de béisbol.

–Así que te gustan los huesos, hermanita.

–Suéltalo, bruto, vas a estropearlo.

Entonces me lanzó un golpe por sorpresa con el húmero, pero lo paré con el fémur que aún sostenía en la mano. Los huesos chasquearon entre sí con un crujido violento, que sonó a cañas huecas. Hecha una furia, le estampé el fémur en la barbilla. Aulló de dolor, me miró con rabia asesina y, cuando iba a abalanzarse sobre mí, mamá abrió la puerta y nos arrebató los huesos de un manotazo, ¿es que acaso éramos cavernícolas?, acabaríamos abriéndonos la cabeza, nos dijo. Nos obligó a recogerlo todo y a guardarlo en el saco. Quedaba confiscado hasta nueva orden, dijo, mientras arrastraba por la camiseta al bestia de mi hermano fuera de la habitación.

A la mañana siguiente mi hermano amaneció con un morado del tamaño de un huevo de paloma en su mentón. Aunque papá no no se dio cuenta de aquel detalle y eso que hubo comida familiar, Primogénito y yo, frente a frente, en la mesa del comedor, pateándonos las espinillas por debajo del mantel cuando nadie miraba. Después del flan, mamá cogió a la Nena en brazos y la sentó encima de papá.

–¿No notas que está un poco pálida? Esta semana ha tenido dos crisis.

Papá enarcó las cejas, él no había visto nunca ninguna. Pues ahora que lo mencionaba, dijo mamá, era cierto que siempre sucedían cuando él estaba fuera… que era la mayor parte del tiempo.

Papá no dijo nada. Tiró hacia abajo con su índice de los párpados de la Nena y le observó el blanco de los ojos, luego la hizo abrir la boca y enseñarle la lengua, golpeó sus rodillas con el mango de un tenedor y las piernitas de mi hermana, embutidas en calcetines blancos de crochet, se dispararon hacia delante como si tuvieran resortes.

–Está perfectamente–sentó a la Nena en su silla.

Pero mamá no estaba de acuerdo, había que llevarla al hospital y hacerle pruebas, podría tratarse de crisis de ausencia, por algo era enfermera y las había visto con sus propios ojos. Y él había sido su profesor y creía que estaba equivocada.



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En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

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