Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

EL APRENDIZ DE BRUJO

Como si fuera un eco de otros tiempos, los nómadas visitaban nuestro pueblo cada ciertos años. Llegaban con sus ropas desgastadas, sus collares de cuentas y esos ojos negros, profundos como pozos, que parecían leerte el alma. No nos asombraron con tecnología, porque ya estábamos acostumbrados a ella, pero sí nos trajeron algo que no se puede comprar: el arte secreto de ver lo que aún no ha ocurrido. Acampaban siempre en un terreno baldío junto al río, justo antes de que el agua entrara al pueblo. Eran tierras de nadie donde levantaban sus carpas de lona bajo el sol furioso del día y las lluvias tropicales de la noche. Mi único contacto con ellos ocurrió una tarde en la que me aventuré hasta su territorio, ignorando las advertencias de mi madre. Ella decía que robaban niños para venderlos en tierras lejanas, pero yo aún no conocía el miedo. Aproveché la siesta de mis padres y caminé con decisión hacia el campamento prohibido. Frente a una de las carpas, sentada en un tronco de palma, vi a una gitana vieja y desdentada llamada Micaela. Me miró con ojos turbios y me hizo señas. Su olor era una mezcla de licor barato y hojas podridas. —¿Cómo te llamas? —me preguntó con una voz que parecía salir de una cueva. —Iván —respondí, escondiendo las manos tras la espalda y cruzando los dedos, un truco que mis tías me enseñaron para evitar el "mal de ojo". Ella sonrió, adivinando mi gesto, y empezó a hablar en una lengua gutural. De pronto, sentí un mareo. Una red invisible me envolvió, dejándome paralizado como una estatua. No podía moverme, solo escuchar su voz que parecía venir de un lugar remoto. Entonces, un gitano inmenso, de barba gris y ojos penetrantes, apareció de la nada. Con una orden tajante, hizo que Micaela se detuviera. Ella recogió su "red invisible" y se retiró a la carpa. El hombre me puso una mano en el hombro. —Perdona a Micaela —dijo con voz cálida—. A veces olvida que no todos son como nosotros. Tiene más de doscientos años y ya no distingue la broma de la realidad. Me llevó a la orilla del río y nos sentamos en una roca. Me preguntó qué había sentido y, al decirle que me sentí atrapado en una red, se quedó pensativo. —Eres muy perceptivo, Iván. Extraordinariamente perceptivo. Me propuso un experimento. Su voz era tan persuasiva que acepté sin dudar. Me ordenó mirar fijamente su pupila izquierda y no pensar en nada. En cuanto lo hice, sentí que mi cuerpo perdía peso: me elevé diez centímetros sobre la roca, flotando en el aire. —¡Increíble! —exclamó él—. Tienes condiciones únicas. Con mi ayuda, podrías dominar el espacio y el tiempo. Me explicó que aquello era levitación, un poder de la mente que muy pocos logran despertar. Me dijo que podría aprender a desaparecer, a viajar a lugares distantes y, lo más importante, a adivinar el futuro. "El futuro no es más que un viaje en el tiempo", me dijo. "Podrás ver lo que viene y el mundo será tuyo". Asustado y emocionado a la vez, salí corriendo hacia mi casa. Al llegar a los laureles del jardín, en un impulso de inspiración, di un salto y pasé volando sobre las copas de los árboles, entrando por la ventana de mi cuarto directamente hasta mi cama. A los pocos días, empecé a practicar por mi cuenta. Primero, la traslación. Me concentré en una cabaña frente al mar que no visitaba desde niño y, en segundos, sentí la arena tibia bajo mis pies y el olor a salitre. Luego, probé con el tiempo. Me concentré en mi primer día de escuela y volví a sentir la mano de mi madre, joven y sin arrugas, despidiéndose de mí en el portón. Pero la prueba definitiva llegó el domingo siguiente. Fuimos al cementerio municipal a llevar flores al panteón familiar. Mientras colocaba las rosas en el jarrón, mi mirada se desvió hacia los nichos vacíos. Mi sangre se heló. Sobre una de las lápidas de mármol que aún no debería estar allí, leí claramente el nombre de mi padre. Debajo, una fecha exacta: un mes y tres días a partir de hoy. Cerré los ojos con fuerza y, al abrirlos, la lápida había desaparecido; solo estaba el cemento desnudo. Pero la convicción quedó grabada en mi mente: a mi padre le quedaban treinta y tres días de vida. Verlo tan alegre los días siguientes, haciendo planes para el futuro, fue la peor de las torturas. Yo me levantaba de la mesa llorando en silencio, sabiendo que su final estaba cerca. La tensión me fue consumiendo. Perdí el apetito, dejé de dormir y mi salud se desmoronó. Al acercarse la fecha fatal, yo estaba realmente enfermo. Mis padres, angustiados, llamaron al médico. Yo los miraba desde mi cama, sintiéndome morir de pena por el destino que le esperaba a mi padre, pero decidido a no revelarle su trágico secreto. El día señalado en la visión, amanecí sin fuerzas para respirar. Mis padres pasaron la noche en vela junto a mí. Y finalmente, a las tres de la tarde de ese día, morí. Morí sin comprender, hasta el último segundo, la importancia del error en mi interpretación: mi familia tenía la vieja costumbre de bautizar al hijo primogénito con el mismo nombre que el padre. La visión era exacta, pero el "Iván" que debía morir ese día... era yo.



#162 en Paranormal
#1849 en Otros
#396 en Relatos cortos

En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.