Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

EVELYN

Hacía tres años que Evelyn se había ido, y mi apartamento se había convertido en un santuario dedicado a una ausencia que no terminaba de cuajar. No es que yo fuera un hombre obsesivo por naturaleza; simplemente, la tecnología se encargaba de mantener la herida abierta. El algoritmo de mis fotos me lanzaba recordatorios de "tus mejores momentos de hace cuatro años" y su cuenta de Spotify, que yo seguía pagando por miedo a perder sus listas de reproducción, seguía sugiriéndome canciones que ya no tenían a quién hacer bailar.

La primera vez que la vi no fue en un sueño, ni en una fotografía vieja. Fue un martes cualquiera en el metro de las seis de la tarde.

Iba sentada frente a mí, envuelta en ese abrigo gris de lana que compramos en un mercado de pulgas y que ella llamaba su "armadura contra el invierno". Tenía un libro entre las manos y mantenía esa forma tan suya de morderse el labio inferior cuando la lectura se ponía interesante. No era un espectro translúcido ni una aparición de luz fría; era Evelyn, sólida, real, con el cabello ligeramente alborotado por la humedad del túnel bajo las luces fluorescentes del vagón.

Me bajé en su misma estación, con las piernas pesadas como si caminara bajo el agua. La seguí a una distancia prudente, con el corazón golpeándome las costillas con tal fuerza que temía que los demás pasajeros pudieran oírlo. Salió a la superficie y caminó con paso ligero hacia una pequeña cafetería de techos altos. Se sentó en una mesa al fondo y pidió un té verde, sin mirar el menú.

Me acerqué, temblando, y me senté frente a ella sin pedir permiso.

—¿Evelyn? —susurré, con la voz quebrada.

Ella levantó la vista del libro. Sus ojos eran los mismos que me habían mirado durante una década, pero no había rastro de reconocimiento en ellos. Eran ojos que me veían, pero no me miraban.

—Perdone, creo que me confunde con alguien —dijo. Su voz tenía el mismo timbre aterciopelado que yo recordaba, pero le faltaba el matiz de nuestra intimidad, ese tono cálido que solo usaba conmigo.

Me disculpé y me marché, convencido de que el duelo me había roto finalmente la lógica. Pero a la semana siguiente volvió a suceder. La encontré caminando por el parque, observando los patos en el estanque. Esta vez no me permití dudar.

—Sé que eres tú —le dije, bloqueándole el paso—. No sé cómo es posible, no sé si esto es una falla en el universo o un milagro cruel, pero no voy a dejar que te desvanezcas otra vez.

Evelyn sonrió de una manera triste, una expresión que no recordaba haber visto en su rostro de viva.

—No soy exactamente la Evelyn que tú conociste —me explicó mientras empezábamos a caminar sin rumbo—. Aquella mujer se fue hace mucho. Yo soy... lo que queda cuando alguien se niega a olvidar. Soy un eco atrapado en este barrio porque tú me llamas con tu tristeza cada noche.

Durante los meses siguientes vivimos una rutina extraña y hermosa. No vivía conmigo, pero nos veíamos casi a diario. Paseábamos por la ciudad, me hablaba de cosas que no recordaba habérselas escuchado nunca —ideas sobre la arquitectura de las nubes o la soledad de los monumentos— y me escuchaba contarle nuestra historia como si yo fuera un narrador contándole la biografía de dos desconocidos.

—Aquí nos besamos por primera vez —le decía yo frente a una fuente vieja.

—Parece un lugar agradable para empezar algo —respondía ella, con una cortesía que me dolía más que un insulto.

Ella no recordaba nuestro aniversario, ni el olor de nuestra casa, ni la canción que bailamos en nuestra boda. Era un fantasma sin memoria, una cáscara perfecta de la mujer que amé, pero vacía de nosotros. Yo estaba intentando reconstruir un edificio con escombros de humo.

Una noche de niebla, frente al río, ella se detuvo y me tomó de la mano. Su piel estaba fría, no como el hielo, sino como el mármol de una estatua que ha pasado la noche al raso.

—Me estoy cansando, —me dijo con dulzura—. Cada vez me cuesta más ser sólida, cada vez me pesa más este abrigo. Estás intentando llenar tu vida con una sombra, y eso te está impidiendo ver el sol que sale para los que siguen vivos. Tu amor me trajo de vuelta, pero tu necesidad me está encadenando.

—No me importa —repliqué, apretando su mano fría—. Prefiero esta sombra de ti que el vacío absoluto.

—Pero no es a mí a quien tienes —dijo ella, y por primera vez vi una lágrima correr por su mejilla, aunque no dejó rastro de humedad—. Tienes un recuerdo que camina. Déjame ser solo eso. Un recuerdo silencioso que no tiene que dar explicaciones. Déjame ir, para que yo pueda descansar y para que tú puedas, por fin, volver a estar solo. Porque solo en la soledad real se puede empezar de nuevo.

Esa noche, cuando regresé al apartamento, no encendí las luces. Fui a la caja donde guardaba sus pertenencias y, por primera vez en tres años, la cerré con cinta de embalar. Borré las fotos del móvil que me servían de ancla y abrí de par en par los ventanales para que el aire frío de la noche barriera el aire estancado del duelo.

Sentí una caricia repentina en la nuca, un roce leve como el ala de una mariposa, y luego el silencio del apartamento cambió de textura. Ya no era un silencio opresivo; era un silencio limpio.

Evelyn no volvió a aparecer en el metro ni en el parque. Pero a veces, cuando camino solo y el viento sopla de cierta manera, sonrío. Ya no la busco en las caras de las desconocidas, porque ella finalmente está donde pertenecen los grandes amores: en esa parte del corazón que no necesita pruebas físicas para saber que lo vivido fue real.



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En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

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