Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

LA TRANSPARENCIA DE JULIAN

Julián se despertó con una sensación de ligereza absoluta, como si durante la noche hubiera perdido todo el peso de sus preocupaciones. El dolor sordo que le había martilleado el pecho durante meses había desaparecido. Se incorporó en la cama y estiró los brazos, disfrutando de una agilidad que no recordaba haber tenido desde los veinte años.

A su lado, Elena seguía durmiendo. Julián sonrió. Quiso acariciarle el hombro, decirle que el malestar finalmente había pasado, pero decidió dejarla descansar. Se levantó y, por un segundo, le pareció que sus pies no hacían ruido contra el parqué de la habitación. "Es la alfombra", pensó, aunque sabía que la alfombra estaba dos metros más allá.

Fue al baño. Se situó frente al espejo para lavarse la cara, pero se detuvo con las manos en el aire. El espejo no le devolvió su rostro cansado ni su barba de dos días. El espejo solo reflejaba la pared blanca de enfrente, el toallero de acero inoxidable y la puerta entreabierta. Julián parpadeó. Dio un paso atrás, luego otro hacia adelante. Tocó la superficie fría del cristal; sus dedos no dejaron huella de vaho, no hubo rastro de grasa dérmica.

—Qué extraño —murmuró. Pero no escuchó su voz. Escuchó el pensamiento de su voz, una vibración interna que no llegaba a mover el aire.

Regresó al dormitorio. Elena se estaba despertando. Él se sentó en el borde de la cama, que no cedió bajo su peso.

—Elena, cariño, mira esto. Creo que me pasa algo —dijo Julián, gesticulando con entusiasmo.

Elena se incorporó, bostezó y miró directamente hacia donde él estaba. O mejor dicho, miró a través de donde él estaba. Sus ojos se posaron en el perchero que estaba justo detrás de Julián. Ella se levantó, atravesó el cuerpo de su marido con la naturalidad con la que se cruza una ráfaga de aire, y fue hacia la cocina.

Julián sintió un escalofrío que no era de frío, sino de asombro. "Estoy muerto", se dijo. La idea no le produjo terror, sino una curiosidad científica. Se miró las manos: eran visibles para él, pero tenían la consistencia de la luz filtrada a través de un vaso de agua. Podía ver las venas, los poros, pero también podía ver el dibujo del suelo a través de sus palmas.

Decidió poner a prueba su nueva condición. Elena estaba preparando café. Julián se acercó y trató de agarrar la taza de cerámica. Sus dedos la rodearon, pero la atravesaron como si la taza fuera un holograma. Lo intentó con una cuchara, con el borde de la mesa, con el pomo de la puerta. Nada. El mundo material se había vuelto una película que él podía ver, pero no editar.

—Elena —gritó con todas sus fuerzas mentales—. ¡Elena, estoy aquí!

Elena soltó un suspiro, se pasó la mano por la frente y miró por la ventana hacia el jardín.

—Qué viento hace hoy —susurró ella, abrochándose la bata.

Julián comprendió que lo que ella sentía no era su voz, sino una leve alteración en la presión atmosférica de la habitación. Se sintió invadido por una melancolía insoportable. No era el miedo a la oscuridad o al infierno; era el miedo a la irrelevancia. Estaba condenado a ser un espectador eterno de la vida de los demás.

Salió a la calle. El mundo moderno era un caos de estímulos que ya no le pertenecían. Un coche pasó a toda velocidad por el lugar donde él caminaba; sintió el desplazamiento de aire, pero el metal no lo golpeó, simplemente fluyó a través de sus moléculas. Vio a un hombre mirando su teléfono móvil, a una mujer discutiendo con un vendedor, a un niño corriendo tras un perro. Nadie lo evitaba, nadie lo saludaba. Julián era el único punto de silencio en una ciudad que gritaba.

Entró en un bar donde solía desayunar. Su mesa de siempre estaba ocupada por un desconocido. Julián se quedó de pie a su lado. Intentó leer el periódico que el hombre tenía abierto, pero las letras le parecieron distantes, como si pertenecieran a un idioma que ya no necesitaba hablar.

Entonces, ocurrió lo más terrible. Vio a Elena entrar en el bar una hora después. Tenía los ojos rojos y caminaba con una pesadez que le rompió el alma. Iba acompañada de su hermano.

—No puedo creer que se haya ido así, durmiendo —decía ella mientras se sentaba—. Lo encontré esta mañana... parecía tan tranquilo.

Julián se arrodilló a su lado. Intentó gritarle que no estaba lejos, que seguía allí, que solo había cambiado de frecuencia. Quiso tomar su mano para consolarla, pero su mano fantasma solo conseguía enfriar el café de Elena. Ella se estremeció y se arropó más con su abrigo.

—Siento como si Julián estuviera aquí —dijo ella, mirando al vacío—. Hay un frío extraño en esta mesa.

El hermano le apretó la mano.

—Es la sugestión, Elena. Necesitas descansar.

Julián se dio cuenta de que su presencia no era un consuelo, sino una molestia térmica, una inquietud en el aire que solo traía tristeza. Comprendió el castigo del fantasma moderno: no es ser un monstruo que asusta, sino ser un recuerdo que no sabe cuándo marcharse.

Miró por última vez a Elena y, haciendo un esfuerzo de voluntad que le dolió más que la muerte, decidió dejar de mirar. Se concentró en la luz que entraba por la ventana, en el polvo que bailaba en los rayos de sol, y poco a poco, dejó de intentar ser sólido. En ese momento, la transparencia de Julián fue total. Ya no era un hombre muerto en un bar; era, simplemente, el silencio que queda cuando una conversación importante se termina.

Elena dejó de temblar, bebió su café ahora tibio y, por primera vez en toda la mañana, respiró hondo, sintiendo que el aire, finalmente, volvía a estar en calma.



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En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

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