Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

LA VISITA DEL PASILLO

Ya estaba acostumbrado a las anomalías de la morgue. En aquel oficio, uno aprende a convivir con sombras que se deslizan por los pasillos, con espasmos post mortem que agitan extremidades inertes y con algún que otro lamento que se escapa de las cámaras frigoríficas. Eran gajes del oficio en un lugar donde la muerte se acumulaba; sin embargo, nunca había ocurrido que un cadáver se incorporara para preguntar por alguien.

Aquel día fue extenuante. Los cuerpos llegaban sin pausa y el trabajo parecía no tener fin. Eran casi las diez de la noche cuando él y su ayudante, concentrados en redactar los últimos informes, escucharon pasos firmes en el pasillo. No le dieron importancia; a esa hora solía pasar el guardia de seguridad para saludarlos. Pero algo resultaba extraño: nadie cruzó la puerta. Supusieron que el guardia, al verlos ocupados, habría decidido continuar su ronda sin interrumpir.

Dos horas más tarde, el guardia apareció finalmente en la oficina.

—Buenas noches —saludó—. ¿Ya están por terminar?

—Buenas noches. Sí, solo nos falta cerrar este informe —respondió él.

—Me parece bien. Por cierto, ¿dónde se metió la practicante?

El ayudante y él se miraron, desconcertados.

—¿Cuál practicante? —preguntó.

—La chica que encontré en el pasillo. Me dijo que estaba trabajando con ustedes.

—Qué raro… no tenemos permiso para traer a nadie, y menos a estas horas.

—No me vengan con bromas —insistió el guardia, visiblemente molesto—. Estuve hablando con ella hace un momento.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo era? —intervino el ayudante.

—Blanca, alta y con un lunar muy marcado cerca de la boca…

El ayudante palideció ligeramente y, con voz tensa, preguntó:

—¿Por casualidad no tenía también una cicatriz junto al ojo derecho?

—¡Exacto! —exclamó el guardia—. Ya ven que sí estaba con ustedes. ¿Dónde está?

—Aquí —respondió el ayudante, señalando la plancha metálica en el centro de la sala—. Ven a verla tú mismo.

El guardia se acercó y, al reconocer el rostro inerte de la mujer que acababa de ver caminando, salió corriendo sin decir palabra, desencajado por el terror. Él salió tras él intentando calmarlo, pero el hombre estaba fuera de sí. Cuando regresó a la sala, encontró al ayudante revisando nuevamente el historial clínico del cuerpo.

—Déjalo ya —dijo—. Nuestro turno terminó. El relevo acaba de llegar y están afuera tratando de tranquilizar al guardia.

El ayudante asintió y se disponía a cubrir el cadáver con la sábana cuando, de repente, el silencio de la morgue se rompió. Con un movimiento seco y antinatural, la chica se sentó en la plancha. Sus ojos, fijos y vidriosos, buscaron los de ellos mientras de sus labios gélidos brotaba una pregunta:

—¿Dónde está mi novio?

El ayudante retrocedió un paso, con la sábana temblando en sus manos. El hombre sintió cómo su respiración se aceleraba y un sudor frío recorría su espalda. La chica permanecía sentada, inmóvil y fría, pero con una presencia que parecía llenar la sala. Cada segundo se estiraba hasta volverse insoportable.

—Yo… yo no sé dónde está —balbuceó él, intentando mantener la voz firme—. Quizá… quizá debería esperar a que…

La chica lo interrumpió con un susurro que parecía venir de otra dimensión:

—No mientas.

Sus ojos vidriosos recorrieron la sala, y por un instante, los cuerpos inertes alrededor parecieron inclinarse hacia ellos, como si quisieran escuchar. El aire se volvió más pesado, y un hedor a metal y frío envolvió la habitación. El ayudante dio un paso atrás y tropezó con la plancha, dejando caer la sábana.

Ella se levantó lentamente, con un movimiento antinatural, y caminó hacia ellos. Cada paso resonaba con un eco que parecía provenir de todas partes a la vez. Cuando estuvo frente a ellos, inclinó la cabeza y sonrió, pero no era una sonrisa humana: era la expresión de alguien que conoce secretos que deberían permanecer ocultos.

—No hace falta que busquen más —dijo—. Ya lo encontré.

El hombre sintió que la sangre se le helaba en las venas. La chica se desvaneció de repente, como si nunca hubiera estado allí, y la sala quedó en un silencio tan absoluto que hasta el zumbido de las luces parecía un rugido ensordecedor. Solo quedó la sábana caída sobre la plancha, como un recordatorio de que algo había ocurrido, algo imposible de explicar.

Cuando finalmente el guardia del relevo entró, encontró a los dos hombres temblando, mirando fijamente el cuerpo cubierto, sin poder articular palabra. Nadie más volvió a ver a la practicante. Pero, a veces, cuando los pasillos están en silencio y la morgue en penumbra, alguien jura escuchar pasos que vienen del pasillo… preguntando por un novio que nadie puede encontrar.



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En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

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