Mis Queridos Fantasmas. Relatos de Ultratumba.

La Ingravidez de Marcos

Todo empezó con una gripe mal curada. Marcos se quedó en cama un par de días, y cuando finalmente se sintió con fuerzas para levantarse, notó que sus pasos tenían una elasticidad inquietante. No le dio importancia; pensó que era la debilidad propia de la convalecencia, ese estado de flotación que dejan las medicinas fuertes.

Pero a la mañana siguiente, al salir de la ducha, Marcos se dio cuenta de que no necesitaba hacer esfuerzo para mantenerse erguido. De hecho, le costaba mantener los talones pegados al suelo.

—Sofía —llamó a su esposa, que estaba en la cocina—, creo que las vitaminas me están haciendo demasiado efecto. Me siento… ligero.

Sofía se rió desde el otro lado de la puerta. —Eso es que has perdido peso con la fiebre, exagerado. Desayuna algo sólido.

Pero cuando Marcos intentó sentarse a desayunar, ocurrió lo imposible. Al soltar el borde de la mesa para alcanzar el café, su cuerpo se elevó lentamente, como un globo de helio. Sus rodillas golpearon la parte inferior del tablero y sus pies empezaron a balancearse en el aire, buscando desesperadamente el apoyo del suelo.

—¡Sofía! ¡Ayúdame! —gritó Marcos, aferrándose a la pata de la mesa para no seguir subiendo.

Sofía entró y se quedó petrificada. Su marido estaba allí, flotando a medio metro del suelo, agarrado desesperadamente a un mueble como si se estuviera ahogando en el aire. No era un truco de magia, ni una broma. Marcos se estaba volviendo ingrávido.

Durante semanas, la vida de la pareja se transformó en una lucha constante contra el cielo. El médico no encontró explicación: el corazón de Marcos latía bien, sus pulmones estaban sanos, pero su densidad parecía estar desapareciendo. Era un fantasma que aún respiraba, un ser que el mundo ya no quería sujetar.

Para que pudiera caminar por la casa, Sofía le cosió pesas de plomo en el dobladillo de los pantalones y le compró unas botas de seguridad industriales, de esas con punta de acero. Aun así, Marcos caminaba con una lentitud lunar, como si cada paso fuera un esfuerzo por no caerse hacia arriba.

—Tengo miedo, Sofía —decía él por las noches, atado a la cama con unas correas especiales que ella había instalado—. Siento que el techo es lo único que me separa del infinito. Siento que ya no pertenezco a la tierra.

Marcos empezó a volverse transparente en un sentido metafórico. Ya no podía salir a la calle por miedo a que una ráfaga de viento lo arrastrara. Se pasaba el día mirando por la ventana, viendo a la gente caminar con su pesadez envidiable, con sus pies hundidos en el asfalto. Él, en cambio, se sentía cada vez más hecho de humo, de luz, de nada.

Una tarde de primavera, Sofía decidió abrir las ventanas para que entrara un poco de aire fresco. Fue un error de cálculo. Marcos estaba sentado en su sillón, pero se había quitado las botas porque le dolían los tobillos. Una corriente de aire entró de golpe, levantando las cortinas y, con ellas, el cuerpo sutil de Marcos.

—¡Sofía, la ventana! —gritó él.

Ella corrió, pero fue tarde. Marcos ya estaba pegado al techo del salón, batiendo los brazos como un pájaro asustado. Sofía se subió a una escalera, intentando agarrarlo por la cintura, pero Marcos era ahora tan liviano que sus dedos no encontraban agarre. Se le escurría como un pensamiento.

—¡Sujétame! —suplicó él.

Pero el impulso del viento fue más fuerte. El cuerpo de Marcos rodó por el techo hacia la ventana abierta. Sofía llegó a rozar sus dedos, pero fue como intentar atrapar una pelusa de diente de león. Con una lentitud agónica, Marcos salió al exterior.

No cayó. Empezó a subir.

Sofía se asomó al balcón, gritando su nombre. Vio la figura de su marido recortada contra el azul del cielo. Marcos ya no luchaba; había extendido los brazos y las piernas, rindiéndose a su naturaleza. Parecía un astronauta perdido, un ángel involuntario.

—¡Marcos! —chillaba ella, viendo cómo su figura se hacía cada vez más pequeña, un punto oscuro que se confundía con las aves.

Él no respondió. En lo alto, donde el aire es más delgado, Marcos sintió una paz que nunca había conocido. La tierra, con sus deudas, sus gravedades y sus dolores, se volvía un mapa borroso. Él ya no era un hombre, era puro espacio.

Sofía se quedó mirando el cielo hasta que anocheció. No hubo entierro, porque no hubo cuerpo. Simplemente, un día, Marcos dejó de pesar lo suficiente para este mundo y se convirtió en parte del paisaje que todos miramos, pero nadie toca.



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En el texto hay: fantasma, suspenso, terror

Editado: 12.01.2026

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