Bueno, ¿Cómo podría describirte a Tayta Perseo? Pues, primero que nada decirte que es de raza mestiza, su padre era un hacendado blanco y su madre una indígena otavaleña con anaco y todo, por lo mismo tenía rasgos mezclados, era altote, con un oscuro y trenzado cabello apenas pintado por las canas, una tez broncínea, unas manos de gañán, ojos zarcos casi del tono del cielo, y un bigote bien peinado. Mestizo tenía que ser, hablaba con kichwismos, usaba mucho el ca, asentaba las "r"; en sus costumbres ni se diga, era fervientemente católico, vestía con pantalones de 3001, camisas de lino, un ya viejo sombrero de Fedora que ya había perdido la forma, estaba calzado con botas rodilleras casi como los militares de hace dos siglos.
Apenas llegamos a la casa, me hizo apearme en un bordo para poder descender del burro, después llevó a los animales hacia lo que creo yo era el establo, mientras tanto, me mantuve de pie en la puerta de la casa. No era una casa muy grande, a lo mucho tendría tres cuartos, parecía que se caía el ya viejo techo de tejas y no tenía ventanas. No había ningún perro ni gallinas que suelen ser comunes en el campo. Cerca de la puerta se hallaban dos piedras de moler, una para ají y otra para maíz. La puerta estaba cerrada con un candado y amarrada con una pequeña piola.
Mientras me mantenía curioso en toda la casa por fuera, el abuelo me observaba extrañado, era obvio, imagínate que nunca habías visto a tu nieto y te lo mandan con 14 años y porque se peleó con alguien.
-¿Te gusta la casa?
-No mucho, pero se ve interesante. La forma que tiene está muy cool.
-¿Cómo?
-Cool. -Me miró con ojos raros. -Eh, significa chevere, bacán, buena, bonita.
-Ah, ya veo, guambra pendejo, hablarás bonito ¿no? -Dijo riéndose un poco. -Por poco y creo que dices que la casa parecía culo.
-No quise decir eso, abuelo. -Respondí avergonzado.
-No te preocupes, ustedes mocosos hablan distinto.
En ese instante, de su bolsillo, sacó una gran sarta de llaves y como si fuera poco, en medio de toda la cantidad que estaban, escogió la llave correcta. Abrió la casa y me hizo una seña para que pasara tras de él. Si me deslumbró por fuera, por dentro me dejó perplejo, tenía una gran cantidad de cosas viejas, títulos, fotos de gente que no conocía yo y varios trofeos. Una cama con las cobijas bajo las que creo que mi abuelo dormía. En una de las esquinas, estaban las otras puertas. La primera, supongo para otra habitación y la segunda, hacia la cocina.
-Pues bien. -Dijo sentándose en la cama. -Primero que nada, tu mama me llamó y me conversó el porqué te manda.
-Entonces, ¿es cierto que le llama a usted?
-Claro, pes. -Miró hacia el suelo. -Lo que sucede es que cuando se casó con tu papá, le prohibieron que vuelva a verme, pero aún así me manda cositas y me llama. -Dijo levantando la cara y sonriendo. -Y creo que tu tayta tan te ha mandado, porque sabe que aquí te voy a educar bien en dos meses.
-¿Dos meses?
-Sí, tu mama dice que para que te comportes mejor debes aprender lo dura que es la vida y además debes relajarte un rato en el campo.
-Pero abuelo. Solo traje ropa para dos semanas.
-¿Trajiste ropa vieja para trabajar? -Preguntó con cara seria.
-Sí.
-Entonces, nada de peros, desde mañana me ayudas a trabajar y punto.
En ese instante se puso de pie y sacó de nuevo sus llaves, y abrió la puerta que según yo daba a la habitación. No pude contener mi sorpresa al tener un cuarto para mi solo, pero había un pequeño detalle.
-Ya tengo tu primera tarea.
-¿Cuál es abuelo?
-Te vas a pasar el día limpiando este cuarto.
-Pero...
-¿Acaso querís dormir en el suelo?
-No.
-Entonces, a trabajar, que para eso te voy a dar de comer.
Me resigné, puse mi mochila sobre el duro colchón viejo de la cama y fui por la escoba, la habitación estaba apenas iluminada por la luz que entraba por la puerta principal.
-Abrirás la ventana. -Dijo mi abuelo mientras abría la cocina.
-¿Ventana tendrá este cuarto?
-Sí, pues. Todos tienen, solo que están en los lados que no se ve al llegar.
-Con razón, yo creí que vivía a oscuras.
-Tonteras creís.
Busqué a tientas la ventana y cuando la hallé, la halé hacia mi. La luz entró como intentando recuperar el espacio que le había sido robado hace tiempo, mostró ante mis ojos una realidad que no creí. Por milagro vi un tomacorrientes, creo que tal vez aquí había una computadora o una tv. No me importó, se enfrasqué en ver lo que había en mi nueva habitación, no era mucho, pero era cómodo, una mesa hecha a mano y su respectiva silla, la cama de plaza y media, un cajón para mi ropa y el foco para la noche. No estaba mal, a fin de cuentas, el cuarto era para mi solo. Los tediosos de mis hermanos menores no estaban ahí, lo peor es que mis padres dicen yo soy la mala influencia en casa. Tomé la escoba que estaba a lado de la puerta y empecé a barrer el piso entablado.
Tuve que ponerme una mascarilla para que todo ese polvo en el aire no me hiciera mal, tras sacar todo el polvo barriendo, me dirigí a la cocina y tomé un trapo, me dispuse a limpiar la mesa, la cama y el cajón. Con la misma escoba recogí las telarañas en las esquinas. Me creas o no, me tardé tres horas en dicho proceso, mi abuelo ya tenía la comida lista para ese instante, me veía desde la puerta, yo en cambio estaba descansando sobre el colchón de la cama, no sudando, pero sí cansado de darle a la limpieza sin parar.
-Bueno, ya te ganaste la comida, hijo. -Exclamó mi abuelo desde su posición.
-Es lo mínimo, ¿no cree?
-No, la comida es derecho, pero solo la merecen los que trabajan, ven a la cocina.
No me importó su frase que sonaba a empresario capitalista, me levanté y corrí lo más pronto posible hacia la cocina. Sobre la mesa me esperaba un buen plato de mazamorra de maíz con camotes, en ese instante, me sentí abrumado. Nunca había probado eso en mi vida, de seguro sabía feo, pero recordé que en mi casa aprendí. "Aunque no te guste, comes." Metí la cuchara y empecé a comer con nervios de que tal vez el sabor era feo.