Mis vacaciones con Tayta Perseo.

Empiezo a creer que no es una tortura

Tras mal dormír en ese pinche colchón todo duro, el despertador del abuelo me hizo despertar obligatoriamente a las 4 de la mañana, me puse mis jeans viejos que tenían algunos descosidos, mi camisa de leñador que no era vieja, pero la usaba siempre que hacía trabajo de jardinería, mis zapatillas viejas y mi gorra tipo kepi de color caqui. Ni te imaginas el frío que hacía, me puse una chompa, pero ni así, mi abuelo tuvo que prestarme un poncho que fue de uno de mis tíos cuando era niño para no morirme de frío.

Tuve que volver a montarme en el burro, mientras andábamos, bostezaba por hambre y sueño; tal vez no sepas como es el aire a esa hora, en la zona en dónde vive mi abuelo, el aire es pesado, frío y húmedo. Sobretodo a esa hora, el resto del día suele ser un aire normal. Tras una hora de camino, se abrió frente a nosotros un enorme bosque de eucaliptos, el camino que traspasaba el bosque estaba empedrado y me hizo sentir relativamente de vuelta a la civilización. A esas alturas me resigné que no podría volver a dormir, mis ojos estaban muy abiertos y mis oídos atendían al sonido de los pájaros que cruzaban de rama en rama de los árboles.

-Ve, Marcos ¿Por qué te peleaste? -Preguntó de la nada.

-Me hicieron una broma, lo grabaron y me peleé. -Dije acordándome.

-Ah, entonces está bien.

-¿Cómo? ¿No me irá a sermonear?

-¿Por qué? Yo creí que te peleaste por pelionero.

-Suelo pelearme, pero porque me molestan.

-Mira, hijo. No seas cojudo, no te pelees por tonteras, avísale a un profesor o tus papás. -Dijo el abuelo tomándo un tono reflexivo.

-Yo soy el malo para todos, tengo buenas notas, pero no les caigo bien a los profesores creo, y mis papás me dicen que soy mala influencia.

El abuelo se quedó callado. Como si intentara comprender como soy, suspiró y volvió a hablar.

-No te preocupes, mijo. -Era la primera vez que me decía mijo. -De seguro te tienen envidia, por eso es.

-Así ha de ser.

Nos pusimos a conversar bastante, mucho más que el día anterior, me enteré de todo el lore familiar básico, mi abuelo tenía una hija y dos hijos, mis tíos murieron en la guerra del 95, mi padre antes tenía dinero y por eso prohibió que mi madre volviese a contactar a mi abuelo hasta ahora. De lo que se entera uno cuando se conversa con los mayores. Ya al final del bosque, apareció la puerta de la hacieda en donde mi abuelo trabajaba, era el mayoral.

-Hacienda "Capulispungo" -Leí en voz baja. -Vea abuelito, ¿la hacienda se llama en honor al pueblo?

-No, que va. Más bien es al revés, la parroquia se llama Capulispungo por la hacienda, el dueño donó la zona en donde está la iglesia y el parque y vendió parcelas a precios bajos.

-Ah, ya veo. ¿Y por qué el nombre así? -Pregunté con muchas dudas.

-Porque en dónde está la vía principal, antes había dos matas grandótas de capulí, esa era la vieja entrada a la propiedad, y por eso le pusieron el nombre en Kichwa. Capulispungo, significa "La puerta de los capulís"

Quedé con la boca abierta, nunca me imaginé el origen del nombre, para serte sincero, el vivir en un país que tiene como segundo idioma al kichwa, no hace que hables el idioma ni que entiendas la razón de algunas palabras o nombres de lugares.

Ya casi eran las 5:30 de la mañana, cuando llegamos a la casa de la hacienda, era un conjunto enorme, mi abuelo me explicó que los dueños era muy ricos y que tenían por lo menos unas cinco haciendas así, además que dentro de la misma había un ingenio de caña para trago y una fábrica de productos lacteos. Para este punto, ya había aprendido a apearme del burro, me bajé solo y ayudé a mi abuelo a amarrar los animales en un árbol. Luego entró un rato a la casa mayor y se tardó un rato, después salió con un cuaderno y un esfero en manos para tomar la lista. Casi media hora después, empezó a nombrar a todos y cada uno de los trabajadores, en total escuché unas 150 personas, más hombres que mujeres, un grupo cosmopólita, indigenas, mestizos y blancos. Adultos y adolescentes. Al final tras decir el último nombre que creo que era Joselo Zambrano, mi abuelo escribió con el esfero algo en el cuaderno y gritó mi nombre.

-¡Marcos Santander! -No respondí. -¡Marcos Santander!

-Presente. -Dije con vergüenza, esto porque toda la gente se giró a verme cuando hablé.

-Perfecto, estamos todos. -Dijo cerrando el libro. -Al comedor, después de eso divido los grupos.

Pasamos al comedor, que era un galpón tremendísimo, con bastantes mesas y con una extensión que le daba una forma de L, esta extensión era la cocina. Mi abuelo, me dijo que lo siguiera y así hice, no conocía a nadie como para sentarme con ellos. Fuimos a la cocina en donde estaban las cocineras que contaban cinco mujeres: tres chicas, una cuarentona y una anciana, todas cocinando y ya poniendo la comida en algunos platos.

-¿Cuánta gente está pes don Perseo? -Preguntó la anciana que al parecer era la jefa de cocina.

-Estamos ciento cincuenta y dos, con ustedes ciento cincuenta y siete.

-Ele. -Dijo una de las cocineras que creo que tenía mi edad. -¿Ese plato más es para el chico que está tras de usté cierto?

-Sí, por favor. -Dijo a secas. -Por cierto, es mi nieto, les presento. -Saludé con mi mano.

-¿Su nieto será? -Preguntó la cuarentona.

-Sí, pues.

-Yo ca creí que era su hijo. Igualito está.

-Qué va, ya estoy viejo para eso. -Respondió mi abuelo riéndose de buena gana.

Salimos de allí y mi abuelo me mandó a sentarme en una mesa llenita de peones que tenían cara de bravos. Me quedaron viendo y yo con los nervios de punta, me senté entre dos costeños altotes, me miraban de una manera desinteresada ya que al instante se pusieron a revisar sus teléfonos.

-¿Vos por qué venís ve? -Preguntó un otavaleño que estaba sentado frente de mi sonriendo.

-Me mandaron a trabajar aquí de castigo.

-¿Castigado? ¿Qué hicistes? -Replicó.




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