¿Sabes? Los hombres machos y recios también lloran, lo digo por experiencia; ayer mientras estaba en la cocina, llegó una llamada a la oficina en donde mi abuelo suele llevar la contabilidad con la ayuda de alguien que desempeña dicho oficio; llamaba el dueño de la propiedad, pidió que se alistase el salón central de la casa, había muerto alguien de la familia de los patrones. De seguro era alguien que le importase a mi abuelo porque apenas colgó, apareció en la cocina con la cara pálida, las pupílas adentro y con una prosa como si le hubiesen dado de a palos.
-¿Está bien don Perseo? -Preguntó doña Zoila.
-Sí, todo bien. -Dijo con una voz quebrada. -Solo que toca alistar para un velorio.
-Ele, ¿quién se ha muerto? -Preguntamos todos casi en coro.
-La niña Flora. -Dijo él empezando a llorar y cayendo al suelo de rodillas y con las manos en la cara.
A pesar de que estábamos consternados, todos nos lanzamos a hacerlo levantar o llevarlo a que se sentase, ¿Quién sería la niña Flora? Pero eso no importaba ahora. Mi abuelo lloraba y se quejaba de que debió haberle hablado la última vez que estuvo en la propiedad, pero la mujer ya está muerta, ¿qué se le puede hacer? Doña Zoila también empezó a llorar, incluso Julia lagrimeaba. Se que tal vez digas que finjo no tener sentimientos, pero te soy sincero, yo también me quebraba por dentro al ver a mi abuelo llorar. Creeme que cuando vez llorar a un hombre, es porque algo va a salir muy mal.
-No llore, abuelo. -Dije fingiendo ser muy fuerte.
-Esque la niña Flora, la niña Flora. -Dijo mientras se ponía pálido.
-No llore don Perseo. La niña Flora ya no sufrirá más. -Dijo doña Zoila con sus ojos muy rojos.
Ese día tuvimos que llamar a un médico, porque a ambos mayores se les bajó la presión. Durante todo el día, mi abuelo pasó como deprimido, con los ojos mostrando tristeza desde sus más profundos adentros. Cuando llegamos a la casa ni siquiera me preguntó si quería comer. Solo se dirigío a su cama, se desvistió, se metió en las cobijas y se acurrucó contra la pared.
Sin decir ni preguntar nada, me dirigí a la cocina y calenté la comida solo para mí. -Lo que son las cosas. -Dije mientras esperaba a que la sopa se calentara. Poniéndome a pensar, agardezco que Dios y mis padres me enviaran aquí, porque de seguro que si ocurría esto y yo no estuviese aquí, mi abuelo estaría en una situación peor, aunque a su vez creo que tampoco es que estaría solo, tiene mucha gente que lo quiere. Pero ¿Quién es la niña Flora? De seguro es la mamá de los dueños o algo así.
Al ver que la sopa empezó a hervir, apagué la cocina y me dirigí hacia el cuarto de mi abuelo, y le pregunté si quería comer. Respuesta negativa. Ese día comí solo, pensé en que a veces la muerte nos quita oportunidades con alguien y eso es lo que nos duele cuando ese persona muere. Para serles sincero, he ido a velorios, pero nunca he perdido a nadie que me importe, por eso es que nunca he sabido como reaccionar frente a tal sentimiento.
Terminé de comer y yo también me dirigí hacia mi cuarto, al recostarme, no pude dormir en toda la noche, respondí a varios mensajes de mi mamá contándole sobre lo que sucedió y respondiendo sobre que iría con mi abuelo al velorio. Aún así no pude dormir, Julia también me escribía muchas cosas, sobre todo preguntándome sobre el progreso del libro, algo me decía que iba a tener una gran revelación para la siguiente parte pronto.
En dos días llegaron unas camionetotas de esas que a mi me gustarían tener, unas Ford 150, de ellas bajaron toda la montonera que conforma a la famila del propietario, mi abuelo se había puesto un traje todo negro, incluído la camisa y me obligó a que yo también portase algo de dicho color. Me puse una chompa negra y lo acompañé, al entrar, todos los peones, las cocineras y los familiares llenaban el enorme salón de la casa en cuya mitad se encontraba sobre una mesita bien decorada con rosas blancas y rojas, una urna blanca, con una placa con el nombre de la difunta que contenía. " Flora Lucía Gomez Gangotena" se llamó en vida aquella mujer por la que mi abuelo lloró con fuerza y por la cual abrazó a los hijos de la misma.
Julia estaba sentada junto a su familia, me acerqué y con un poco de vergüenza saludé a sus papás, como había unas sillas ahí, decidí sentarme a su lado para conversar.
-Julia, ¿Quién era la señora vea?
-Era la mamá del dueño, vivía en España, vino aquí por última vez en navidad, se le veía tan sanita. -Dijo mientras uno de sus hermanitos se sentaba en sus piernas y me miraba de una manera algo extraña.
-Oiga ¿y qué tenía mi abuelo con ella?
-No sé, pero creo que gracias a ella Tayta Perseo trabaja aquí. Bueno, eso le entendí a doña Zoila el otro día.
En ese instante me puse a pensar que mi abuelo en realidad nunca me ha contado completamente su vida, muchas veces los mayores han tenido historias de película y uno los ve de otra manera, a veces por falta de conocimento y otras por negación. Mi abuelo estaba sentado en el grupo de los dolientes principales junto con los familiares, no se les hizo raro, a mí sí. Julia me decía algunas cosas, pero no la entendía, solo observaba al abuelo, me preocupa a pesar de lo poco que lo conozco.
-Marcos.
-Mande.
-Coja un vaso de agua de canela. -Dijo Julia mientras una de sus amigas de la cocina pasaba frente a nosotros y nos entregaban sendos vasos de Té de canela y galletas Ducales.
Esa vaina de té hervía como no te imaginas, me tocó aguantar la quemazón en mis manos y seguir tomando el agua hirviendo. A eso de las 10 de la noche, llegó una vieja cubierta la cabeza con una enorme chalina negra, a mis ojos, rememoré el instante en que una amiga de mi mamá que practica el Islam llegó a la casa con su velo. Bueno, eso es lo de menos, el asunto es que empezó a rezar el rosario, y yo que no me acuerdo bien las oraciones, solo seguía las partes que recordaba. Hasta los hermanitos de Julia se las sabían de memoria y yo ni me sabía el "Ave María".