Mis vacaciones con Tayta Perseo.

Crónicas de un pasado del cual no deseo acordarme

No sé si acaecerá a todos los hombres, pero esta mañana del 11 de Julio del 2025. Yo, Juan Perseo Tocachi, he perdido a la persona a quién más le debo el quien soy hoy en día. Mientras su urna ingresó en el lugar destinado para ello en el sementerio viejo de la parroquia, lloré apegado a mi nieto y a Doña Zoila. Lo sé, mi nieto de seguro os ha explicado lo que ha sucedido antes de los hechos que te narro en este instante, no soy el único que llora, los hijos de quien en vida fuese mi amada Niña Flora también liberan su tristeza en las lágrimas, no sé por qué me han aceptado ellos, de seguro ella les enseñó a respetar a todos sin importar su condición. Ella era así, por esa misma razón, es que llegó a conocer a este ser que te habla en este momento.

Aún recuerdo claramente el instante en que la viera por primera vez. Ese día yo tenía la cara llena de moratones y la cabeza colmada de chibolos, únicos recuerdos de la última visita de mi padre, solo con recordarlo se me acaba de erizar la piel. A veces preferían llamarme Juan como otras prefiriesen llamarme simplemente cholo o guambra. Mi otro nombre les era chistoso y a veces confuso su pronunciación. En este instante con mis setenta años, creo que mi segundo nombre es el único regalo que me ha dado mi padre. Perseo, cuando se me narró el mito de dicho héroe, desee el poseer la cabeza de la Medusa para terminar por una vez el sufrimiento compartido entre mi madre y yo. Las visitas de mi padre eran escasas, pero cuando llegaba, no traía ningún regalo, en ese momento no lo entendía bien, pero a veces escuchaba el como mi mamá lloraba y después de un tiempo que él me enviase fuera yo entrara, la encontrara llorando y con varios moratones. Yo solía ser el siguiente. Hoy entrelazo cabos, uno mis ideas y concuyo distintas hipótesis acerca de ello.

Retomando la historia, ese día, mientras se me llamó para ayudar en la casa para mover algunas cajas para el pesebre, sin querer, entré al cuarto de la Niña Flora creyendo que era la bodega, ella en ese instante estaba leyendo algo, no sabría decirte qué, solo se que en ese entonces con 14 años no sabía yo leer. -Disculpe. -Pronuncié mientras cerraba la puerta y corrí hacia el cuarto correcto. Mientras ayudaba con el pesebre a Zoila que en ese entonces era una chica un tanto mayor que yo, la señora Justina y su hija aparecieron en la sala.

-Cholito, ven un rato. -Dijo la señora mientras a mi se me congelaba el espinazo.

-Sí, señora. -Respondí levantándome y acercándome cabizbajo. -Mande usted.

-Levanta la cara.

Hice lo que se me ordenó, en ese instante pensé que de seguro se me daría una cachetada por mi equivocación de haber ingresado a la recámara de la Niña Flora.

-Florita, ve por las cosas, este chico lo han dejado mal. -Dijo apenas me vio.

-Sí, mamá. -Respondió ella apresurándose a su cuarto.

-No debes pelearte, cholito.

-No me he peleado, señora. -Respondí en ese instante.

-¿Entonces cómo es que te has hecho semejantes moratones?

-Mi papá me pegó ayer y no ha habido razón alguna para hacerlo. -Exclamé como si las preguntas que me hacían eran para soltarle todo el caldo.

-Es bueno pegarles a los chicos, pero no tanto así. -Exclamó mientras recibía de su hija una caja de primeros auxilios y empezaba a curar algunas de las lastimaduras con aguardiente. -Si no me hubieras insistido Florita, este chico se pudo haber empeorado.

Al parecer la niña Flora, vio mis heridas y se lo hizo saber a su madre, santa mujer. Ella fue tan buena hasta cuando vivió, a ella también le debo mucho. Después de eso, la niña casi siempre pedía mi ayuda en tareas menores como ayudarla a organizar sus libros, ella parecía indiferente de mí, no me hablaba mucho, pero casi siempre tras ayudarla, colocaba en mi mano un billete de 10 sucres como si fuera una tarea aparte y yo no fuera un huasipunguero anexo a su finca. Antes de irme, un día me preguntó mi nombre y yo se lo respondí completo.

-Juan Perseo Tocachi. -Respondí algo con vergüenza.

-Perseo. -Dijo ella lenta y suavemente como saboreando la palabra y escuchándose a sí misma. -¿Y tu otro apellido?

-No tengo, soy ilegítimo. -Respondí como si fuera mi culpa el que mi padre se hubiese aprovechado de mi madre hace 14 años.

-Ya veo. Veo tu cara y me recuerda al dueño de la hacienda "El guayabal". Don Fernando Espaderos.

-Eso no importa, niña. -Respondí sabiendo al fin el nombre de mi padre a quien solo había visto y mi madre no solía nombrar.

-Bueno, si no importa, entonces, dejame decirte que tu nombre me gusta.

-¿Por qué?

-Perseo es el nombre de un héroe.

-¿Un hérue?

-Sí, que mató a un monstruo y salvó a una princesa.

En ese instante, fue la primera vez que alguien no creía que mi nombre era de otro lugar, más bien me hizo sentir que mi nombre era único, especial. Después de eso, gracias a la misma niña es que aprendí a leer y a escribir, me enseñó en privado, a cambio de que yo le leyera a su madre cuando esta me lo pidiera, así es como he aprendido a leer y a escribir de manera relativamente civilizada, pero eso sí, el acento nunca logró quitármelo. -Eres un burro. -Me decía. -Debes aprender a hablar como es debido. -Pero a pesar de sus esfuerzos, nunca dejé de usar mi tosco acento mestizo.

Cierto día mientras ambos nos encontrábamos en el jardín, su padre, todo lo contrario a ella o a su señora madre, se acercó.

-Conque me has salido comunista. -Dijo él sin que yo supiera lo que era un comunista.

-No, papá, solo que le enseño a leer para que él le lea a mi madre.

-Ya veo, un par de perezosos, tú por no querer leer a tu madre y él por aprender en vez de trabajar.

-Disculpe patrón, me retiro si no le gusta y si quiere nunca más leo.

-¿Quién te dio permiso de hablar? Cholo estúpido. -En ese momento bajé la mirada. -Enseñale si quieres, porque quién sabe y le sirva para trabajar.

Tras irse, me di cuenta de una cosa, si yo en algún momento quisiera ser como él, debería hacerme mala persona. Todo lo que te narro, nunca se lo he dicho a Marcos o a alguien más. Poco tiempo pasó hasta que quedé sin mi madre, al parecer mi papá en una de sus visitas, él la golpeo mal y quedó ella ahí tendida en el suelo. Agradezco a la señora Justina el préstamo de 50 sucres para darle sacra sepultura a la mujer que me dio la vida.




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