Miserables entre alas

Capítulo 12

Esa noche, aunque dejó a Toffe acomodado en su cama bien envuelto entre mantas como si fuera un bebé, Kahiry no podía dormir.

No importaba cuánto intentara cerrar los ojos, la misma escena volvía una y otra vez:
Liam saliendo a media noche, regresando completamente cansado y ocultando algo.

La preocupación le presionaba el pecho, así que tomó una decisión, si Liam no quería decirle qué estaba pasando, entonces ella misma lo averiguaría.

Apagó la luz de su habitación como de costumbre, se metió bajo las cobijas, se quedó quieta…y esperó.

A la 1:03 de la madrugada, el sonido de la puerta principal la sacudió.
Se levantó de un salto tomando un cárdigan ligero y saliendo al pasillo, esperó unos segundos más hasta estar completamente segura de que Liam ya se había alejado.

Entonces abrió la puerta con cuidado y salió de la casa, la calle estaba fría y tranquila, iluminada solo por un par de faroles que parpadeaban de vez en cuando.

Liam iba a paso firme con las manos en los bolsillos, de vez en cuando se detenía y miraba por encima del hombro como si sintiera una presencia, pero ella sabía esconderse.

Se pegaba a los muros, se movía entre autos estacionados esperando a que él avanzara para seguirlo desde una distancia exacta, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

Liam finalmente se detuvo frente a las puertas de hierro, desde las sombras de un callejón cercano, Kahiry observaba cada uno de sus movimientos.

Sobre la entrada, letras doradas brillaban :
EL EDÉN.
Elegantes, perfectas, prometiendo un paraíso.

La fachada era impecable: piedra oscura pulida, ventanas emplomadas que impedían ver el interior, hiedra cuidadosamente podada bordeando la entrada como si realmente fuera la puerta hacia un jardín secreto, nada en el exterior sugería la podredumbre que contenía.

Kahiry vio a Liam detenerse y abrir su maleta para sacar una máscara de venado.
Hermosa en su diseño, elegante… pero con grietas profundas, como cicatrices, Liam pasó los dedos por ellas antes de ajustársela al rostro.

Autos lujosos se detenían uno tras otro con vidrios polarizados, de ellos descendían figuras envueltas en seda y terciopelo: un lobo de plata con traje, una pantera con vestido ceñido hasta el suelo, un tigre blanco acompañado de dos conejos temblorosos.
Todos enmascarados, todos con secretos.

Kahiry decidida a entrar cerró los ojos y su esencia se condensó: un vestido elegante se materializó sobre su piel, cayendo como niebla suave hasta sus pies, para la máscara, eligió una grulla blanca y delicada.

Las puertas se abrieron y el interior la golpeó como una bofetada, el vestíbulo se abría al salón principal, con techos altos decorados con molduras doradas y frescos que representaban escenas del paraíso, candelabros enormes derramaban luz ámbar sobre terciopelos rojos, mármol y espejos barrocos.

Pero debajo de toda esa belleza, algo oscuro palpitaba, el aire era espeso, casi sólido: perfume caro, alcohol añejo, sudor… y algo más pesado.
Deseo.
Desesperación.

A su derecha, mesas de ajedrez con piezas de marfil y ébano, un león estudiaba el tablero mientras una hiena susurraba al oído de su oponente, una cebra que sudaba bajo la máscara.
—Jaque mate—declaró el león.

La hiena rió con ese sonido agudo y cruel, arrastrando al perdedor de la silla.
A su izquierda, mesas de póker y blackjack. Torrecillas de fichas que valían más que un sueldo entero. Una pantera empujó todas al centro.
—All in— anunció apostando todo con seguridad.

Cartas reveladas.
Gritos de victoria.
Lamentos de derrota.

Más allá, ruletas girando eternamente, dados rodando sobre terciopelo, dealers sin rostro barajando cartas con precisión mecánica.

Pero el juego era lo de menos, entre las mesas, cuerpos rozándose con intención.
Una hiena tiraba de una máscara negra hacia unas cortinas carmesí.
Un oso esnifaba polvo blanco del cuerpo desnudo de una máscara roja mientras otros aplaudían y reían, botellas de champagne de miles de dólares se vaciaban como si fueran agua.

Las risas sonaban huecas, demenciales, la música de piano en vivo era hermosa, una melodía clásica, Mozart y hacía todo aún más obsceno por contraste.

Todos los pecados en un solo lugar, pensó Kahiry con horror, buscó con desesperación hasta que lo vio.

Liam, al fondo, moviéndose con habilidad entre botellas y hielo, sirviendo martinis, whisky escocés, cócteles que brillaban como joyas, su máscara destacaba bajo las luces.

Parecía ajeno al caos, concentrado, Kahiry avanzó, abriéndose paso entre la multitud .

Un oso la rozó y se detuvo a observarla, ella se apartó, una pantera de plata inclinó la cabeza hacia ella con una ligera sonrisa bajo la máscara, un jaguar murmuró algo, ambos siguiéndola con interés depredador.

Más adelante, vio drogas pasando de mano en mano sin disimulo, escuchó gemidos tras puertas laterales, sintió miradas evaluándola como mercancía fresca, las almas del lugar eran heridas abiertas, rotas, perdidas.
¿Cómo puede Liam trabajar aquí sin volverse loco ?, pensó tragando con dificultad.

Estaba a metros del bar cuando un lobo se interpuso.
—No te he visto antes —dijo con voz ronca extendió una mano enguantada hacia ella— ¿Primera vez en El Edén?

Cuando la tocó, Kahiry retrocedió como si la hubieran quemado, el lobo dio otro paso, bloqueando por completo su vista del bar.
—Vamos, no seas tímida, aquí todos somos amigos.

Su otra mano se alzó, intentando tocar su rostro, a su alrededor, ojos se volvieron hacia ella, miradas hambrientas.

La música se distorsionó, el aire se volvió viscoso mientras los espejos multiplicaban la escena, no podía respirar, la oscuridad del lugar trepaba por su piel, intentando apagar su luz.

—Discúlpame… —susurró, alejándose.

—¿Tan pronto te vas? —sonrió el lobo—pero si acabas de llegar…




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