Miserables entre alas

Capítulo 15

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo era aún joven, un grupo de peces contemplaba la cascada más alta, entre risas y juegos, uno de ellos propuso un reto: "¿Quién puede llegar hasta arriba?"

Era solo por diversión, un desafío entre amigos, muchos lo intentaron al principio, la corriente era feroz y el camino largo.
Uno tras otro regresaba agotados, riendo de lo imposible que era, pronto, casi todos dejaron de intentarlo, convencidos de que era solo un juego tonto.

Pero uno fue diferente, no importaba si era grande o pequeño, la diferencia no estaba en qué tan fuerte nadaba, sino en que seguía haciéndolo, aún después de ser arrastrado, volvía a intentarlo una y otra vez, aprendía cada curva del agua, cada obstáculo de la corriente, no luchaba contra el río, aprendía a moverse con él, y cuando finalmente sus aletas tocaron la roca de la cima, algo extraordinario sucedió.

Los cielos se abrieron, la voluntad celestial había estado observando en silencio, ese pez con espíritu inquebrantable, había mostrado algo que el mundo necesitaba ver, de pronto su cuerpo comenzó a brillar, sus aletas se volvieron alas y sus escamas se convirtieron en una armadura.

Así nació el primer dragón, destinado a cuidar y ayudar a los ángeles en su labor, en ese momento, la voluntad celestial estableció una nueva ley: cualquier pez que lograra nadar contra la corriente hasta la cima de cualquier río, sin importar dónde estuviera, sería transformado en dragón.

Por eso, los dragones no nacen siendo dragones, nacen en el fondo de los ríos, cuando un pez decide mirar hacia arriba en lugar de conformarse con lo que tiene alrededor.

—Y bien —dijo Zdena en voz baja— ahora que ya cumplí con mi parte… es hora de dormir.

Se inclinó para arroparlos uno por uno, acomodando las mantas con cuidado,
Kahiry, con los ojos brillantes y la voz cargada de emoción, se incorporó un poco.

—Algún día… —dijo soñadora— me gustaría ser un dragón.

Antes de que Zdena pudiera responder, Léiden, mucho más pequeño, volvió a sentarse de golpe en la cama.

—Tonta —dijo sin pensar— Eso solo les pasa a los peces.

Zdena soltó una risa y negó con la cabeza.
—No le hables así.
Kahiry frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—Es solo una metáfora… pero parece que tú no entendiste nada.

Léiden la miró con total seguridad.
—La que no entendió fuiste tú.
Se bajó de la cama y sin ningún remordimiento, agarró el peluche de mapache con el que Kahiry dormía y lo arrojó al suelo.
—¡No! —Kahiry soltó un sollozo inmediato al ver a su peluchito tirado.

Zdena lo miró seria… aunque por dentro luchaba por no reírse ante la escena.
—Léiden —dijo con tono firme—Devuélvele el peluche a tu hermana,ahora, y pídele perdón.

Él frunció el ceño, miró a Kahiry llorando y chasqueó la lengua.
—Por eso las niñas son débiles… —murmuró entre dientes.

Aun así, levantó el peluche del suelo y se lo tendió de mala gana.
—Toma tu trapo… perdón por botarlo.

Kahiry lo abrazó con fuerza, aún llorosa, y lo miró seria.
—No.
Pídele perdón a él también.
Léiden parpadeó, confundido.
—¿A quién? ¿Al peluche?
—A Toffe
Léiden suspiró derrotado, se inclinó un poco y dijo:
—Perdón, Toffe.

El silencio duró apenas un segundo… y luego Zdena volvió a arroparlos, sonriendo.

—De todas maneras… —murmuró mientras se acomodaba— todo eso es inventado.
Zdena lo miró de reojo, divertida.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo sabes?

Él se encogió de hombros, seguro de sí mismo.
—Porque es solo un cuento.

Zdena abrió la boca, buscando una respuesta rápida.
—Bueno… aunque no fuera real —dijo al final— lo importante no es si existe o no, sino lo que te enseña.

Kahiry apretó a Toffe contra su pecho y negó con la cabeza.
—Yo sí creo —dijo con voz suave, pero convencida.

Léiden resopló.
—Cuando crezca voy a ser arqueólogo —anunció orgulloso— y voy a buscar huesos y cosas viejas, y ahí voy a comprobar que los dragones no existen.

Kahiry frunció un poco el ceño, pensativa, y luego sonrió.
—Entonces yo… —dijo abrazando más fuerte a su peluche— voy a ser profesora… o famosa, no sé… pero les contare la historia a muchos niños, para que sí crean.

Zdena los observó en silencio, con una sonrisa cálida que le apretaba un poco el pecho.
—Eso suena bien —dijo al fin—
Yo solo quiero estar ahí cuando eso pase.

Zdena despertó de golpe, el aire le faltó por un segundo, como si hubiera estado conteniéndolo demasiado tiempo. Se incorporó llevándose una mano al pecho, con el corazón acelerado y un dolor punzante latiéndole en la cabeza.

—…qué fue todo eso —murmuró, cerrando los ojos un instante.

Encendió la lámpara junto a la cama, la luz cálida le devolvió una vista clara de la habitación, caminó despacio hasta la mesa, sirviéndose un vaso de agua y lo bebió con cuidado, apoyando la frente contra el vidrio frío, intentando calmar ese nudo extraño que aún no se iba.

A la mañana siguiente, el clima estaba tranquilo, Kahiry llegó con una pequeña bolsa de papel en la mano y se detuvo apenas al ver la escena frente a ella: Zdena estaba sentada en una banca, con los brazos cruzados, junto a Zane y Mateo, ambos hombres parecían igual de aburridos… o de mal humor.

—Buenos días… —saludó Kahiry con cautela— ¿Y esas caras?

Zane fue el primero en responder, encogiéndose de hombros.
—Decidimos trabajar para ustedes —dijo— no pasar tiempo juntos.

—A mí no me molesta tanto —añadió Mateo, mirando de reojo a Zane— pero sinceramente, su actitud no ayuda.

Zane chasqueó la lengua.

—Ya que estamos todos aquí —interrumpió, mirando a Zdena—¿por qué no nos dice de una vez para qué nos reunió tan lejos del Edén?

Zdena levantó la vista con calma.
—Es una excelente pregunta, solo es para conocernos mejor ,ya saben, tener confianza mutua.




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