Miss Kallas

Capítulo Dos: No la mejor sorpresa

Capítulo Dos

No la mejor sorpresa

ESTO ES UNA COMPLETA PÉRDIDA DE TIEMPO, si me lo preguntas, —murmuró Adrián mientras la larga limusina negra conducía entre grandes puertas de hierro forjado. —Nunca antes nos habíamos quedado con un cliente. No me parece muy profesional. Helena contempló el extenso y bien cuidado césped.

—Tampoco hemos tenido nunca un cliente millonario. Es un castillo, ¿no lo ves? Esta es una oportunidad única en la vida. Nadie te está obligando a sufrir las indignidades del puro lujo. Vuelve a nuestra ciudad de caravanas en el aeropuerto si eso te hace feliz.

Su hermano la fulminó con la mirada.

—Sabes que papá me mataría si no estuviera cerca para vigilarte.

—Tengo veintiocho años, Adrián—respondió ella—En algún momento vas a tener que reconocer que soy toda una adulta.

—Eso no va a pasar.

Helena negó con la cabeza ante el sentimiento familiar. Ya era bastante difícil ser el bebé de la familia, pero ser la única niña empeoraba las cosas. Aun así, se había acostumbrado a ese trato prepotente desde años y en su mayor parte fue capaz de ignorarlos. Cuando no le importaba de una forma u otra, por lo general cedía. Pero no esta vez. No cedería tan fácilmente cuando había una bañera en la línea.

La limosina dobló una esquina y Helena abrió mucho los ojos.

—No puedo creerlo—susurró mientras observaba el castillo rústico de varios pisos que se extendía frente a ella.

El edificio frontal principal era enorme...del tamaño de un museo o un edificio del parlamento. Los balcones rodeaban cada piso. Había torres, almenas y ventanas arqueadas y tres guardias en unas enormes terrazas en el suelo y exuberantes jardines hasta donde alcanzaba la vista.

—No está mal—dijo Adrián.

Helena cerro su mano sobre la de él.

—Estás impresionado. Es asombroso. Papá y los muchachos también lo estarían si estuvieran aquí para verlo.

Su padre estaba en Canadá asistiendo a una conferencia multinacional y sus tres hermanos mayores tenían asignaciones en Abu Dabi. Lo que dejó a Adrián y a ella a cargo del trabajo de Marshall. Trabajo fácil, pensó Helena. Podría entrenar a un piloto de carreras mientras dormía. Las carreras eran algo que amaba y una de las pocas cosas que hacía bastante bien.

La limusina se detuvo y un guardia uniformado se adelantó para abrir la puerta trasera. Adrián salió primero. Helena agarró a Venus y se deslizó en los resbaladizos asientos de cuero. Cuando salió a la luz del sol, sus ojos tardaron un segundo en adaptarse. Durante ese segundo o dos, su mirada se posó en Christian Marshall y habría jurado que lo vio bañado en oro reluciente.

Buen truco, pensó ella mientras su mente giraba en torno a la belleza del castillo y su cuerpo se desmayaba por la belleza del hombre.

—Señorita Kallas. —Christian asintió.

—Helena—dijo ella con una sonrisa. —Cómo voy a sacarte de la carretera a empujones de vez en cuando, no tiene sentido ser tan formal.

Ella pensó que el millonario podría haber hecho una mueca ante sus palabras. Sin duda él pensó que sería lo suficientemente bueno como para ganarle. Todos pensaron eso, y todos estaban equivocados, como de costumbre.

Lo que significaba que se pondría más y más nervioso a medida que avanzaba el entrenamiento. No había nada que ella pudiera ser al respecto. Había sucedido antes y ella había sobrevivido muchas veces.

Christian Marshall intercambio algunas palabras con una joven uniformada que asintió y luego se acercó a Adrián. Su hermano le guiñó un ojo a Helena mientras seguía a la doncella al interior del castillo. Helena se quedó a un lado esperando a su escolta y trató de no babear ante la idea del lujo y los tesoros que había dentro.

—Por aquí, —dijo Christian.

Helena parpadeó.

—¿Disculpa?

—Seré yo quien te muestre tu habitación.

¿Los millonarios hacían eso? ¿No tenían un arca de personal dispuesto a cumplir sus deseos? Helena creía que lo único que hacía un millonario por sí mismo era respirar. ¿No había leído en alguna parte que algún millonario de la familia Marshall tenía un sirviente especial para poner pasta de dientes en el cepillo de dientes?

—No tienes que hacer eso, —dijo Helena pensando en su baño y en el tiempo que se iba a remojar…. Al menos una hora. Tenía un buen libro que quería terminar y un...

—¿Es esta tu primera visita a esta parte del país? —preguntó.

—Umm, sí. —Cambió a Venus a su otro brazo y caminó junto a él. —Yo no estaba en parte de la presentación de ventas cuando nuestra firma presentó una oferta para el trabajo de entrenamiento.

Entraron en un vestíbulo del tamaño de un área pequeña. El techo con incrustaciones de oro se elevaba unos cincuenta por encima de ellos. Figuras de mármol recubrían las paredes curvas. No exactamente como el papel tapiz flecado en el hotel en Botsuana. Christian la notó interesada y asombrada frente a un mural de varios hombres montando caballos.

—Mis antepasados ​​siempre han sido grandes cazadores, inversores, aventureros etc...

Ella lo miró por el rabillo del ojo.

—Esos seríamos nosotros, ¿verdad?

—Solo si eres europea.

—Soy un poco de todo. Incluido europea, soy griega.

Miró el elaborado candelabro y los vitrales.

—Tienes un lugar hermoso.

—Gracias. Este castillo es un tesoro para nuestra familia, incluida la ubicación privilegiada y el entorno.

—¿Cuántos de la familia Marshall se quedan aquí regularmente?

El millonario la sorprendió sonriendo.

—Lo tenemos en fideicomiso.

—Estoy segura de que están agradecidos.

Empezó a caminar por el pasillo principal. Helena lo siguió, sin dejar de mirar los tapices de varios metros de longitud.

—Estuve investigando un poco sobre este lugar y la isla. —dijo ella, —sus sandalias de tacón alto resonando en el suelo de baldosas.




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