Miss Rebel

1: Nada fuera de lo normal

POV RHEA

Como siempre digo, no seas una perra, sé la perra.

El altoparlante vibraba bajo mis pies como un corazón desbocado, y yo bailaba sobre él con la naturalidad de quien sabe que todas las miradas le pertenecen. Las luces estroboscópicas cortaban el aire en colores violentos, el bajo me trepaba por las piernas y la multitud gritaba mi nombre aunque no lo supiera.

Juno y Chloe estaban abajo, observándome.

Juno siempre parecía fuera de lugar en sitios como este, aunque nunca lo admitiera. Tenía una melena ondulada color trigo que caía sin esfuerzo por su espalda, ojos entre grises y verdes que parecían analizarlo todo, y una belleza silenciosa que no necesitaba ruido para imponerse. No era extrovertida. Jamás lo fue. Pero sabía divertirse cuando quería, y eso la hacía peligrosa.

Yo era todo lo contrario.

Mi cabello ocre, degradado en tonos ámbar hacia las puntas, se movía con cada giro. Algunos mechones se escapaban y me caían sobre el rostro. Mis ojos cafés brillaban con desafío, mi estatura apenas rozaba el metro sesenta y mi personalidad... bueno.
Demasiado extrovertida, demasiado intensa. Extremista, según Juno y Chloe. Yo prefiero decir que no sé vivir a medias.

Chloe, en cambio, era equilibrio. Alta, de complexión endomorfa, con el cabello azabache cortado hasta la barbilla y siempre revuelto, como si el caos la siguiera a todos lados. Sus ojos topacio y su sonrisa ladeada dejaban claro que, aunque amaba el desorden tanto como yo, sabía cuándo frenar. Un talento que nunca logré dominar.

Primera cosa que tienes que saber sobre mí:
me gusta ser el centro de atención.

Y cuando noté que la oleada de chicos que me rodeaban comenzaba a dispersarse, supe que algo andaba mal.

La atención se había desplazado.

Hacia ella

Solté una sonrisa cargada de fastidio al verla. Gea.
Si tuviera que describirla... ¿Conocen a los trolls? Es broma. No sería tan cruel. Los trolls no se lo merecen.

Bajé del altoparlante sin dudarlo y avancé entre la multitud.

Segunda cosa que tienes que saber sobre mí:
no soy tolerante. Mucho menos con Gea.

Tenía una ventaja sobre ella. Un secreto. Beneficios de asistir a la misma academia. Y jamás perdía la oportunidad de recordárselo.

Me acerqué lo suficiente para que el estruendo de la música no se tragara mis palabras.

—¿No te avisaron que los burdeles quedan en la próxima calle? —dije, llevándome un dedo al mentón como si pensara—. O capaz son los alucinógenos. Viste que la memoria falla.

Su expresión se tensó.

Tercera cosa que tienes que saber sobre mí:
si dejas que descubra tus secretos, los voy a usar en tu contra.

Porque esta no era la primera vez.

Una noche cualquiera, en este mismo lugar, la encontré en el tocador, metiéndose porquerías en el cuerpo con manos temblorosas.

—Estabas jodida —le dije entonces—. Y ahora lo estás aún más.

Me fui antes de que pudiera responder. Triunfante.

—¿Te quedaste sin argumentos, Rhea? —escupió ahora, acercándose—. Porque hablas mucho para alguien que no hace nada más que repetir lo mismo.

—¿Argumentos? —sonreí—. No sabía que hacía falta inventarlos cuando la verdad se cae sola.

Miró hacia Juno y Chloe.

—¿Por qué no vuelves con tus fieles seguidoras?

—Se llaman amigas —corregí—. Deberías probar tenerlas. Quizá hasta te ayuden con tu problemita.

Sus labios se curvaron con molestia.

—No creo que quieras que esto termine como siempre.

Cuarta cosa que tienes que saber sobre mí:
la comisaría es prácticamente mi segunda casa.

Cada enfrentamiento con Gea terminaba igual. Gritos, golpes, policías. Yo salía en pocas horas por ser menor y porque mi tío, el sargento Bell, trabajaba en la estación. Me daba una charla interminable sobre autocontrol, yo me dormía a la mitad, y me mandaba de vuelta a casa.

—Será un placer —respondí, divertida—. A menos que te hayas cansado de perder.

—¿Perder ante ti?—bufó—. Tienes suerte de que tus perros falderos siempre te rescaten.

Las peleas se habían vuelto aburridas. Predecibles.

Gea se lanzó primero. Sentí el impacto de su golpe y reaccioné por instinto. La tomé del cabello y la arrojé al suelo. Limpié el piso de la discoteca con ella mientras Juno y Chloe observaban entre risas. No era novedad.

Fue entonces cuando vi el vaso.

Estaba cerca de la barra. Brillaba bajo las luces.

Sam, el guardia de seguridad, apareció antes de que pudiera pensar demasiado.

—¿Habrá algún día en que no se peleen? —gruñó, cansado.

—Cierra la boca y sácala de mi vista —pedí, sin soltar el cabello de Gea.

—Ya sabes cómo termina esto —dijo, mirando mi mano—. A la estación otra vez. Y esta es la última. No vas a volver a entrar.

—Hay más discotecas, imbécil —me burlé.

—Vamos a ver cuánto duras sin que te echen.

El vaso seguía en mi mano.

Cambié de plan.

Lo quebré contra su cabeza. Sam cayó al suelo, inconsciente. No era mi intención... pero tampoco me arrepentía.

Minutos después llegaron los agentes. Y con ellos, el sargento Bell.

Mi tío.

Genial.

Una regañada histórica me esperaba.




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