Miss Rebel

2: Antecedentes

La estación policial volvió a recibirme con ese silencio cargado que solo existe en los lugares donde nadie espera nada bueno.

Estaba sentada frente a mi tío, el sargento Bell, mientras su rostro decepcionado se clavaba en mí como si acabara de cometer el peor crimen imaginable. Me observaba con una mezcla de incredulidad y cansancio, como si no me conociera en absoluto.

Eso era lo que más me irritaba.

Solo tenía que mirar mi historial para entender que lo de esta noche había sido leve.
Había incendiado lugares.
Había provocado que el directivo de la academia me expulsara después de destrozar mobiliario y convertir los almuerzos en zonas de desastre.
Había encerrado a un guardia de seguridad en una discoteca solo porque me negó la entrada.

Y eso era apenas la mitad.

¿De verdad pensaba que esto era grave?

—¿Cuánto tiempo vas a seguir mirándome así? —espeté, perdiendo la paciencia—. Ya deja de actuar como si estuvieras en una tragedia griega y dime lo que tengas que decir.

—¿En serio, Rhea? —preguntó con una serenidad que no le creí ni por un segundo—. ¿Dejar inconsciente al guardia de seguridad?

—En mi defensa —respondí, encogiéndome de hombros— apunté mal. No era su cabeza. Y además, no debió meterse donde no lo llamaron.

—¡Estabas en medio de una pelea! —alzó la voz por primera vez—. Evitar enfrentamientos es literalmente su trabajo.

Me limité a alzar los hombros, desinteresada.

—Esto se suma a tus antecedentes —continuó, más firme—. Ya no es una broma. Estás por cumplir dieciocho y no voy a poder sacarte de cada lío en el que decidas meterte.

—Tienes una habilidad impresionante para exagerar —dije, girando lentamente en la silla.

Me observó con una molestia que ya no intentaba ocultar.

—¿Crees que todo esto es un juego? —preguntó—. Deje que hicieras todo lo que deseabas, confié en ti, estuve ahí cada vez que necesitaste protección. Y tú... te llevas el mundo por delante. No te importa nada. No valoras nada. Tienes una grave falta de atención, Rhea.

Repetí lo último al mismo tiempo que él, imitándolo con una sonrisa burlona.

—Uh, cuánto extrañaba esa frase.

Me levanté de la silla.

—Si ya terminaste tu charla moralista, me voy. Tengo cosas bastante más interesantes que hacer que escucharte.

—No terminé —aclaró, carraspeando—. Hay alguien que quiere verte.

Me detuve.

Salió de la oficina y regresó minutos después. Algo en su postura había cambiado. Estaba tenso.

—Sé que va a ser difícil —dijo—. Solo te pido que escuches antes de reaccionar. Tiene sus razones. Nos mantuvimos en contacto todos estos años y ahora, decidió que era tiempo de volver.

—Ya. ¿Quién es?

Se acercó a la puerta de la oficina, la abrió y se hizo a un lado.

—Adelante.

Cuando lo vi, algo dentro de mí se quebró.

Si existía una persona que deseaba borrar de mi vida, era exactamente la que estaba parada frente a mí.

Sentí cómo el odio se me subía al rostro sin permiso, cómo la sangre me ardía en las venas. No hice el mínimo esfuerzo por disimularlo.

Sonreí. Una sonrisa cargada de ironía.

—¿Te acuerdas de las clases de tiro que tomé como defensa personal? —pregunté, sin quitarle los ojos de encima—. Porque de repente me dieron ganas de practicar. Y vos serías un blanco perfecto. ¿Qué dices?

Me observó con temor, aunque se mantuvo erguido.

Sabía que eso era lo mínimo que podía hacer después de aparecer como si nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.