Miss Rebel

3: Cruces inesperados

Elian cruzó la puerta de la oficina y sentí cómo el calor me subía al rostro de golpe.

No fue sorpresa.
Fue ira pura.

Ahí estaba. Entero. De pie. Como si no hubieran pasado años. Como si el tiempo no hubiera hecho su trabajo. Como si no hubiera dejado un hueco imposible de tapar.

Voy a matarlo, pensé.
No era una metáfora. En mi cabeza ya estaba eligiendo métodos.

—¡Rhea! —pronuncio.

Mi nombre salió de su boca como algo que no le pertenecía. Sus ojos se humedecieron de inmediato, una lágrima tembló en el borde inferior, indecisa, patética.

—¿Rhea? —exhalé con fastidio—. ¿Cómo te atreves siquiera a pronunciar mi nombre?

Avancé hacia él. No grité. No hizo falta. Mi voz era firme, peligrosa.

—Tú y yo no somos nada —dije—. La sangre no significa absolutamente nada. Así que ni sueñes con decir que estás relacionado conmigo. Eres un maldito.

Sentí el ardor en los ojos, pero no bajé la mirada.

—Y te odio tanto como odio a esos que se hacen llamar padres.

El silencio cayó pesado.

Quise abrazarlo.

Ese pensamiento me dio asco.

Era mi hermano.
Y aun así, nadie me había lastimado como él.

—¿Cómo pudiste abandonarme? —la voz se me quebró sin permiso—. Me apoyé en ti porque dijiste que me ibas a proteger. Me prometiste que no me ibas a dejar sola. Y simplemente te fuiste.

Las lágrimas empezaron a deslizarse por mi rostro.

—¿Cómo te atreves a pararte frente a mí como si nada?

—No fue así, Rhea —respondió, dando un paso adelante—. No te abandoné.

Su voz temblaba. Lo odié más.

—No sabía qué hacer cuando ellos nos dejaron. Estaba destrozado. Sí, fue cobarde irme, lo sé. Pero no eras la única que estaba sufriendo. Pensé en ti todos los días. Cada uno.

Sus palabras se quebraron. Las lágrimas ya no se escondían.

—Hasta hoy.

—¡Entonces, ¿por qué no volviste antes?! —grité.

Mi voz rebotó contra las paredes de la comisaría.

—Porque me lo prohibieron —respondió en el mismo tono—. Dijeron que si te buscaba nos separarían definitivamente. Y eso no era una opción para mí.

Solté una risa corta, amarga.

—Eres igual a ellos —dije—. Igual que tus padres.

Giré el rostro hacia mi tío, que observaba la escena sin intervenir.

—Porque ya no los considero mis padres.

Mis palabras cayeron como plomo.

—Y tú, tío Jan... la verdad no me sorprendes.

No me quedé a escuchar respuestas.
Di media vuelta y salí.

Apenas crucé la puerta, la lluvia comenzó a caer con fuerza, como si el cielo hubiera estado esperando ese momento. Me quité la cazadora y la sostuve sobre mi cabeza, inútilmente. El agua me empapó igual.

Caminé rápido hacia la casa de mi tío. No quería pensar. No quería ver a nadie. Si alguien se cruzaba en mi camino, iba a pagar el precio.

A lo lejos vi una silueta corriendo en dirección contraria, intentando resguardarse de la lluvia. No le presté atención. Hasta que, a pocos metros, resbaló.

Y cayó directamente sobre mí.

—Perfecto —murmuré.

Era un chico. Más alto que yo. Cabello azabache completamente alborotado, ojos almendrados de un verde llamativo, nariz pequeña, labios alargados teñidos de rojo por el frío. Nos quedamos mirándonos unos segundos bajo la lluvia, respirando, agitados.

—¿Una roca se te cruzó en el camino? —pregunté con evidente molestia.

Soltó una risa sincera.

—En realidad fue algo bastante más atractivo.

—Como digas —respondí—. ¿Te importaría levantarte? Estoy a segundos de ahogarme.

—Lo siento —dijo, ayudándome a ponerme de pie.

Quedamos frente a frente, completamente empapados.

—Mi auto está ahí —señaló detrás de mí—. Puedo llevarte si quieres.

Negué.

—Tengo piernas.

—No me molesta.

—Estoy bien.

Sonrió, como si mi mal humor le resultara entretenido.

—De acuerdo —dijo—. Entonces me voy.

Lo vi alejarse. Seguí caminando.

Fue entonces cuando un auto pasó demasiado rápido, rozó el cordón inundado y me bañó por completo con agua helada.

—¡Maldito imbécil! —grité—. Si te cruzo con mi auto, te hago alfombra, te pongo de recuerdo en mi habitación y—

—¿Aceptarías que te lleve ahora? —interrumpió una voz conocida.

Era él. Esta vez no se molestó en disimular la risa.

Temblaba. El frío empezaba a calarme los huesos.

—Bien —bufé—. Es tu día de suerte.

—Puedo dejarte acá —comentó—. Empapada, de noche, congelándote.

—De acuerdo, llévame.

Sonrió victorioso.

—Ponte esto.

Me tendió una cazadora seca. Dudé un segundo y la acepté.

—Gracias.

Subí al auto. El interior estaba cálido. Él seguía mirándome.

—¿Qué miras? —le lancé.

—Nada —dijo—. Es solo que te ves graciosa.

—¿Te parece gracioso verme así?

—Sí.

Mi expresión lo hizo corregirse rápido.

—Digo... no. Para nada gracioso —aclaró—. ¿Cómo te llamas?

—Rhea Bell.

Asintió, arrancando el auto.

—¿Y tú?

Sonrió de lado.

—Te lo diré cuando lleguemos a tu casa.

El vehículo avanzó por la calle mojada.

Y por primera vez en toda la noche, algo había cambiado el rumbo de mis planes.




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