Miss Rebel

4: Entre luces y sombras

Luego de un viaje que se me hizo más largo de lo que esperaba, finalmente llegamos a mi casa. El auto se detuvo y por un segundo ninguno dijo nada.

—Bueno... aquí estamos —dijo, apagando el motor.

Me quedé un segundo más dentro del auto, observando cómo el agua resbalaba por el parabrisas. No tenía ganas de bajar. No tenía ganas de nada.

—Soy Athan... Athan Onisse —se presentó, estirando la mano hacia mí con una sonrisa tranquila.

Lo miré unos segundos antes de corresponder el gesto.

—Rhea Bell. ¿Onisse? —repetí mientras la aceptaba—. No me suena.

De verdad no me sonaba. Y eso era raro, porque Beazley no era precisamente un lugar enorme.

—¿De dónde eres? —pregunté, sin poder evitar la curiosidad.

— Beazley. Viví toda mi vida aquí, desde que tengo memoria.

Lo observé con más atención, casi sin disimular. Tenía esa cara que parecía conocida, como cuando reconocés a alguien de un sueño o de un recuerdo mal acomodado. Pensé que tal vez nos habíamos cruzado alguna vez y simplemente no lo había registrado.

—Es extraño —admití—. Conozco a casi todos en Beazley y no te recuerdo.

—Entonces soy la excepción —dijo, divertido—. Por el contrario, yo sí sé quién eres.

—¿Ah, sí? —arqueé una ceja—. Porque hace unos minutos ni siquiera sabías mi nombre.

—No sabía tu nombre —se defendió rápido—, pero sí había escuchado acerca de ti. Eres... bastante conocida por acá.

Eso hizo que algo se me apretara en el pecho.

¿Y qué se supone que escuchó?, preguntó mi conciencia, siempre inoportuna.

Sí, hablo con mi conciencia. Se llama Meg. No es la mejor consejera del mundo, pero aparece justo cuando no la necesito. Y antes de que juzguen... sí, lo sé. Eso dice mucho de mí.

—Dicen que no eres nada agradable —comentó, claramente divertido—. Que has incendiado lugares, dejado a un guardia encerrado y causado un caos en tu escuela.

Lo miré de reojo, conteniendo una sonrisa.

—¿Y tú qué piensas? —pregunté, cruzándome de brazos, más orgullosa que ofendida.

—Que nada de eso puede ser verdad —respondió sin dudar, con una sonrisa segura—. No pareces ese tipo de persona.

Solté una risa corta.

—Definitivamente no me conoces —dije con altivez—. Sí hice todo eso.

—No te creo.

—Es porque ahora mismo estoy pensando en cómo asesinar a alguien —comenté con una sonrisa exageradamente psicópata—. ¿Te dijeron también que estuve en un manicomio y en prisión por asesinato?

Juro que se puso rígido, como si estuviera evaluando la posibilidad de salir corriendo del auto.

—N-no... eso no me lo dijeron —respondió con la voz ligeramente temblorosa.

—Tranquilo, era una broma —dije soltando una carcajada.

—Estás completamente loca —dijo, riendo aliviado—. Casi me das un infarto.

El auto se detuvo frente a mi casa.

—Es aquí —anuncié mientras abría la puerta—. Gracias por traerme.

Bajé del vehículo aún sonriendo, dejándolo atrás... y con la duda de si realmente sabía en qué se estaba metiendo.

Entré a la casa y, apenas cerré la puerta, saqué el teléfono. El silencio era casi incómodo. Esa casa necesitaba ruido, luces y gente. Mucha gente. Abrí el grupo que compartía con Chloe y Juno y escribí sin pensarlo demasiado.

Mensaje nuevo
Para: Desquiciadas
Mensaje:
"Queridas, consigan todo el alcohol que puedan. Vamos a hacer una gran fiesta en mi casa. Pasen la voz a quien quieran, incluso si quieren invitar a un vagabundo. Yo me encargo del resto. Las quiero acá en una hora. Las amo".

Dejé el celular sobre la mesa y fui directo a ducharme. El agua caliente me despejó lo justo para entrar en modo fiesta. Me vestí con ropa adecuada para la ocasión y empecé a moverme por la casa, organizando todo. Llamé a un DJ para la música, a otro para las luces. Chloe y Juno se encargarían del alcohol y de avisarle a medio Beazley. Ahora solo quedaba esperar.

No pasó mucho tiempo antes de que la casa comenzara a llenarse. Primero llegaron Chloe y Juno, y detrás de ellas apareció una avalancha de personas. Algunos rostros me resultaban desconocidos, otros eran los de siempre, los que nunca se perdían una de mis fiestas. En cuestión de minutos, la casa volvió a sentirse viva.

La música empezó a retumbar por toda la casa. Había botellas por todos lados, vasos medio llenos, risas que se mezclaban con las luces de colores que parpadeaban sin descanso. Todo era un caos hermoso. Exactamente como me gustaba. Y aun así, sentía que faltaba algo.

El alcohol ya me había subido a la cabeza. Sin pensarlo demasiado, me quité la ropa que llevaba encima, quedándome de la forma más cómoda posible, y me subí a la mesa del comedor. Las risas aumentaron, alguien gritó mi nombre y yo empecé a moverme al ritmo de la música, torpe, desinhibida, completamente entregada al momento. No pensaba, solo existía.

Todos parecían divertirse tanto como yo... hasta que el timbre sonó.

Bajé de la mesa con más entusiasmo que equilibrio y caminé hasta la puerta. Al abrirla, fruncí el ceño, intentando enfocar.

—¿Quién eres? ¿El idiota de Elián? —solté, arrastrando un poco las palabras. En ese punto, era un milagro que siguiera de pie.

—¿Rhea? ¿Qué haces así? —preguntó Athan, claramente alarmado.

Lo miré durante unos segundos, como si mi cerebro necesitara reiniciarse.

—¿Quieres entrar a la fiesta? Está buenísima —dije, sonriendo sin entender del todo la situación.

—No... solo vine por mi cazadora. Dejé el móvil ahí —respondió, mirándome como si no supiera si reírse o entrar en pánico.

—¿Athan? ¿El guapo que hoy me trajo a casa? —pregunté, acercándome más de la cuenta.

—Sí. Y ahora mismo tú vas a darte una ducha —anunció sin darle muchas vueltas al asunto.

Antes de que pudiera protestar, me cargó sobre sus hombros.

—¡No quiero bañarme! —me quejé, pataleando inútilmente.




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