Miss Rebel

5: El inicio del juego

POV Galen

Ya no podía soportarla.

Sus insultos, sus burlas, la manera en que convertía cada día en un espectáculo donde yo era el chiste principal… todo eso se había acumulado dentro de mí como una bomba a punto de estallar. Pero había algo que tenía claro: no iba a seguir quedándome quieto.

Me voy a vengar de ti, Rhea Bell.
Y cuando lo haga, vas a sentir exactamente lo mismo que siento cada vez que decides humillarme.

Estaba de pie frente al espejo de mi habitación, observando mi reflejo con una mezcla incómoda de vergüenza y determinación.

No solo era un nerd. Parecía el estereotipo completo.

Camisas demasiado prolijas. Tirantes perfectamente acomodados. Cabello peinado con una precisión ridícula. Y los lentes… los malditos lentes que parecían anunciarle al mundo que yo era un blanco fácil.

No era extraño que Rhea usara mi existencia como material de comedia.

Abrí el ropero y comencé a revisar la ropa que rara vez utilizaba, buscando algo que se sintiera… distinto. Algo que no gritara mi nombre antes siquiera de presentarme.

Saqué unos jeans negros ajustados, una camisa gris de tela liviana y unos zapatos de cuerina que apenas había usado. Los dejé sobre la cama mientras mi pulso comenzaba a acelerarse.

Antes de cambiarme, caminé hacia el lavabo dentro de mi habitación. Abrí uno de los cajones y tomé la pequeña caja que había llegado semanas atrás y que había permanecido escondida como un secreto.

Lentes de contacto color verde.

Dejé mis lentes sobre la mesada y, con cuidado, coloqué los contactos. Parpadeé varias veces hasta acostumbrarme a la sensación extraña. Cuando volví a levantar la mirada hacia el espejo, algo había cambiado. No era solo el color de mis ojos. Era la persona que me devolvía la mirada.

Luego vino el cabello.

Pasé mis manos entre los mechones, despeinándolo a propósito, intentando que luciera natural, despreocupado… aunque el resultado inicial parecía más un desastre que otra cosa. Ajusté algunos mechones hasta quedar conforme.

Finalmente, me cambié de ropa. Los tirantes y los pantalones de siempre quedaron abandonados sobre la silla, como si pertenecieran a otra versión de mí.

Cuando terminé, observé el reflejo completo.

Un desconocido me miraba desde el otro lado del espejo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, ese desconocido me gustó.

Salí de casa sintiendo el peso del plan sobre mis hombros. Tenía que comprobar si funcionaría. Si realmente podía acercarme a ella sin que sospechara nada.

La lluvia caía con fuerza, golpeando el pavimento con un ritmo caótico. Corrí hasta el auto, cubriéndome apenas con el brazo, cuando choqué contra alguien.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

Era ella.

Rhea Bell.

La misma chica que convertía mis días en un infierno dentro de la preparatoria. La misma que ni siquiera notaba cuando me rompía un poco más.

Pero esta vez… no me reconoció.

Claro que no lo hizo.

No es tan observadora como cree.

Respiré hondo, obligándome a mantener la calma. No podía fallar ahora. No después de todo lo que había preparado.

Este era el comienzo.

Mi nombre ya no era Galen.

Ahora era Athan Onisse.

—¿Una roca se ha atravesado en tu camino? —preguntó con ese tono seco que usaba cuando hablaba con alguien que consideraba irrelevante.

Sentí cómo mi respiración se volvía irregular, amenazando con traicionarme. Inspiré despacio, buscando estabilidad, y dibujé una sonrisa que esperaba que pareciera natural.

—En realidad… se me cruzó algo mucho más atractivo que eso —respondí con ligereza.

Tenía que hacerlo bien. Tenía que ganarme su confianza.

—Como digas. ¿Me harías el favor de quitarte de encima de mí? No sé si has notado que estoy a nada de ahogarme con agua de lluvia.

La observé unos segundos. Empapada, molesta, completamente ajena a quién tenía delante.

Tal vez… esto iba a ser más fácil de lo que imaginaba.

No era una mala idea.

—Lo siento —dije mientras me incorporaba y le ofrecía la mano para ayudarla a levantarse.

Nos quedamos mirándonos unos segundos bajo la lluvia. Esperé. Una parte de mí casi deseaba que me reconociera, que frunciera el ceño, que dijera mi nombre con desprecio. Pero no ocurrió.

Claro que no iba a hacerlo.

Para ella, yo no era más que aquel nerd insignificante al que le había hecho la vida imposible. Y ese chico no merecía ser recordado.

Me acerqué un poco más. Tenía que hacerlo. Si quería cumplir mi plan, necesitaba saber más de ella, de su vida, de sus debilidades. Todo podía servirme más adelante.

—Voy a buscar mi auto, está allí —señalé el vehículo negro estacionado frente a la estación—. Puedo llevarte, si quieres —ofrecí con una sonrisa tranquila.

No tenía idea de lo que estaba por comenzar.

—No, gracias. Tengo dos bellas piernas que me llevarán de regreso a casa —respondió, fingiendo una sonrisa que desapareció casi de inmediato.

Yo solo sonreí, sin insistir demasiado… todavía.

—No es problema para mí llevarte —dije con naturalidad.

—No, estoy bien.

—De acuerdo, como tú desees. Entonces me despido.

Caminé hasta el auto, pero no encendí el motor. La observé comenzar a alejarse bajo la lluvia, empapándose cada vez más. Entonces ocurrió.

Un coche pasó a toda velocidad junto a ella y levantó un enorme charco de agua, bañándola de pies a cabeza.

No pude evitar soltar una risa.

Me acerqué de nuevo y alcancé a escuchar la avalancha de insultos que salían de su boca, tan coloridos como amenazantes. Era evidente que ahora sí estaba furiosa… y congelándose.

—Maldito idiota, si te cruzo por la calle en mi auto, no dudaré en hacerte alfombra para luego ponerla de recuerdo en la entrada de mi habitación y—

—¿Aceptarás que te lleve? —la interrumpí, conteniendo una carcajada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.