El dolor de cabeza era insoportable.
Sentía que alguien estaba golpeando mi cráneo desde adentro con un martillo. Cerré los ojos con fuerza, intentando reconstruir la noche anterior.
Fiesta. Música. Luces. Alcohol.
Y entonces lo recordé.
Athan.
Abrí los ojos de golpe y giré la cabeza hacia el otro lado de la cama.
Vacío.
Por un segundo me quedé mirando el espacio donde había estado.
¿Qué estaba pasando conmigo?
¿Ese idiota me gustaba?
Qué asco. No. El amor es una trampa ridícula inventada para personas débiles. No es para mí.
Me incorporé lentamente, llevándome una mano a la frente.
Y como si el universo quisiera rematarme, recordé la fecha.
Mi cumpleaños.
El día que más detesto del año.
Me cambié con el uniforme de la preparatoria y salí de mi habitación. Al llegar a la escalera, me detuve al escuchar voces desde abajo.
Elián.
Y mi tío Jan.
—Elián, ya no puedo controlarla más —decía mi tío con evidente agotamiento—. Mira este desastre. Es así todos los días. La han expulsado varias veces, sus antecedentes siguen creciendo y... creo que es la mejor opción.
Me quedé inmóvil.
¿La mejor opción?
—Déjame intentarlo, tío —respondió Elián—. Tal vez yo pueda hacer algo. Déjame hablar con ella.
—¿Justamente tú? —la incredulidad en la voz de Jan era evidente—. No creo que cambie. Esto ya se salió de control.
—Por favor. Sé que me detesta... pero dame una oportunidad.
Hubo un silencio breve.
—De acuerdo. Solo una. Y a la primera que falles, Elián, tomaré esa medida sin dudarlo.
—Gracias, tío.
¿Medida?
¿De qué estaban hablando?
Sentí cómo la irritación me recorría el cuerpo.
Maldito Elián.
Cree que puede arreglarme. Cree que voy a hacerle las cosas fáciles.
Vas a lamentarlo, "hermanito".
Bajé las escaleras con paso firme. La casa era un desastre absoluto. Botellas vacías, vasos tirados, restos de la fiesta. Ya me estaba preparando mentalmente para el sermón.
—Buenos días, Rhea... feliz cumpleaños —dijo Jan.
Lo miré sin emoción.
—Sabes que detesto mi cumpleaños. Tanto como a Elián. Así que puedes imaginarte cuánto me importa.
Elián dio un paso al frente.
—Buenos días, Rhea. Feliz cumpleaños.
—¿Tienes las orejas tapadas? —respondí fría—. No te hagas el imbécil conmigo.
Jan suspiró.
—Linda fiesta la de anoche.
—Lástima que te la perdiste —respondí con ironía—. Tómalo como un festejo anticipado. Estuvo increíble... hasta que me embriagué y un hombre me llevó a la cama. Ya sabes. Después me quedé dormida. O me dieron algo. Una de dos.
El silencio que siguió fue delicioso.
Observé sus expresiones cambiar al mismo tiempo.
Sí. A veces disfruto el caos.
—Rhea Bell, no digas tonterías.
—Es verdad, tío. Pero se cuidó, no te preocupes.
Su mirada podría haber arrestado a alguien sin orden judicial.
—Vas a llegar tarde. Y cuando regreses, limpiarás todo este desastre. Quiero la casa impecable.
—¿Tengo cara de empleada doméstica?
—No me importa. Es una orden.
—Yo puedo ayudarte —intervino Elián.
Me giré hacia él con una sonrisa afilada.
—Desaparece antes de que te arranque cada órgano inútil que tienes.
—No puedes tratarlo así. Es tu hermano. Es tu sangre.
—No empieces con tus jueguitos psicológicos. Me fastidian. Sí, compartimos sangre. Mala suerte. Yo soy así y nadie me va a cambiar. Y si tanto te molesta, debiste deshacerte de mí cuando pudiste.
—Rhea, necesito hablar contigo —insistió Elián.
Me acerqué y lo tomé de la camisa, aunque me sacara varios centímetros.
—¿No entiendes o finges ser estúpido?
—Lo siento...
Solté su camisa y miré a Jan.
—Devuélvemela.
—¿De qué hablas?
—Mi auto. Lo vi en el aparcamiento.
Su mandíbula se tensó.
—Hoy cumplo dieciocho. No puedes negármelo.
—Exacto. Ya eres mayor de edad. También significa que eres responsable de tus actos. Y no como jefe policial.
Cerré los ojos. Los abrí.
—Perdón, me dormí cuando dijiste "exacto".
—¡Rhea!
—Lo entendí.
Me lanzó las llaves. Las atrapó mi mano antes que su paciencia se agotara.
Salí sin mirar atrás.
En la preparatoria, Chloe y Juno me esperaban.
—Buena fiesta... felices dieciocho, ya eres libre —dijo Chloe abrazándome.
—Todos la pasaron increíble. Ya eres legal —añadió Juno con una sonrisa torcida.
—Gracias. Aunque no recuerdo mucho. Me emborraché y después... nada.
—¿Quién era el chico que te cargaba en sus hombros? —preguntó Juno.
Mi estómago hizo algo extraño.
—Athan Onisse. Lo conocí ayer. Está muy bien, ¿no?
—Tú sí sabes elegir —rió Chloe—. ¿Y el regaño del tío?
—El mismo de siempre. Cree que puede reformarme con discursos.
—A mí me encanta cómo eres. Así, impredecible.
Reímos. Hasta que apareció nuestro pasatiempo favorito.
Galen.
—Miren quién está aquí. El nerd más triste del universo.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó Chloe.
—Que lama el piso —sugirió Juno.
Lo rodeamos. Él no decía nada. Solo nos miraba con miedo.
—Hoy haremos algo diferente —me acerqué—. Tus anteojos son horribles.
Se los arranqué y los tiré al suelo. El crujido bajo mi zapato fue casi satisfactorio. Le devolví los restos.
Entonces lo miré a los ojos.
Y algo... no encajó.
Una sensación extraña. Como si me estuviera mirando alguien que no debía.
Reacciona, idiota.
—Dime —sonreí con veneno—. ¿Ves mejor ahora?
—Me voy a vengar —respondió, y esta vez no sonó tembloroso.
Me acerqué más. Tomé su camisa.
—No eres capaz de matar ni a un mosquito. No te conviene meterte conmigo. ¿Entendido?
Asintió. Pero su mirada no bajó.
¿Qué le pasa ahora?
Esto no termina aquí.
Entramos a literatura. Examen.